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miércoles, 30 de noviembre de 2011
El cierre de Àgora
Hoy ha cerrado definitivamente las puertas la conocida librería palmesana Àgora. Su caída llevaba tiempo gestándose. Ha sido la crónica de una muerte anunciada, como para tantísimos pequeños negocios que estos días echan el cierre uno tras otro con los sueños destrozados. Àgora nació hace unos años, no demasiados, para vivir casi al margen de la ola de los best sellers. Ha sido una librería de referencia para autores locales y para pequeñas editoriales con un catálogo muy escogido lejos de las modas de las grandes firmas, pero sin olvidar que es necesario llegar a final de mes. Un proyecto desde luego atractivo complementado con multitud de actividades, de encuentros, de complicidades... Un proyecto que se mantuvo a flote en aquellos lejanos tiempos de bonanza y que el tsunami de la crisis ha barrido del mapa. La odiosa selección natural que permite a los más fuertes sobrevivir y a los oportunistas tomar posiciones. Lo malo es que detrás de esta crisis parece que hay mucha mano negra. Nadie ha acudido al rescate de Àgora. Nadie la ha indultado. Eso se reserva para otros cuyos objetivos no son la cultura, el arte, el desarrollo del tejido social, la solidaridad, la salud pública, la sostenibilidad ni nada por el estilo.
Pero Àgora no es la única. Ni siquiera es la primera. Y creo que no me equivoco al pensar que a las que sobreviven les tiemblan las piernas. Hace ya muchos años que no compramos en las tiendas de comestibles de nuestras barriadas porque dejaron de existir. Ya no podemos comprar discos si no es en las grandes superficies. Ahora le llega el turno a las librerías. La maldita selección natural, pero manipulada y dirigida con precisión quirúrgica para extirpar el cáncer del pequeño negocio familiar, de los emprendedores de baja cuna, de todo aquello que no huela a mucho dinero. En realidad, el mundo cambia menos de lo que parece. Primero fue la nobleza, después la burguesía industrial y ahora la oligarquía financiera. Un mundo de grandes y poderosas compañías entrelazadas ejerciendo de gobierno en las sombras. Quizás no está lejos el día en que, como imaginó Ridley Scott en Blade Runer hace ya tiempo, las corporaciones sustituyan a los estados. Aún así, no conseguiran matar nuestros sueños ni nuestras ilusiones. Àgora se resiste a vivir en el mundo de los recuerdos y se reinventa a sí misma buscando su camino como asociación cultural arropada por los muchos amigos que ha sabido fidelizar en su travesía literaria. Buena suerte, Àgora. Buena suerte, Ramona.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Mentiras
Salí del colegio con un regusto áspero en la boca. No me sentía orgulloso de lo que acababa de hacer. Ni orgulloso ni satisfecho, pero había escuchado toda la vida que ese era mi deber y una especie de remordimiento me corroía las entrañas si me rondaba la tentación de saltármelo a la torera. El mismo remordimiento que sentía cuando pecaba de niño e imaginaba el sufrimiento en el infierno, en esa verdad absoluta con la que nos machacaban día y noche para asegurar nuestra sumisión. Tenía demasiado interiorizada la obligación de ser un buen ciudadano y todas las cosas que ello conlleva y ahora me pregunto cuántas de esas cosas son mentira. Y me pregunto también cuántas mentiras son necesarias para convertirnos en la coartada de un sistema al que importamos un pepino porque el gobierno -ese órgano que nos damos para dictar las normas de convivencia, para redistribuir la riqueza, para garantizar el bienestar- solo es el segundo peldaño en la jerarquía del poder. O el tercero, o el cuarto. No lo sé, pero ahora comienzo a ver algo más allá de ese peldaño que marca el límite de decisión de los ciudadanos. Podrían haberme dicho la verdad en lugar de engañarme con el infierno. Quizás así habría votado más tranquilo. O me habría dedicado a pecar.
jueves, 17 de noviembre de 2011
La dulce oscuridad de la noche
El mundo, cansado de dar vueltas para repartir el sol, se acercaba a esa hora en que todo comienza a dormirse. La luna de los locos ansiaba ya cabalgar por el cielo como si aquí abajo hubiéramos perdido la luz y el norte. ¿Por qué me domina la necesidad de escribir historias nocturnas? Quizás porque, en la oscuridad, la ciudad respira con un latido letárgico parecido al de nuestros mortales corazones. Quizás porque la noche transporta en su quietud miedos tan antiguos e irracionales que nos empujan a cerrar las puertas con cuatro llaves, a activar las alarmas y a descansar con un ojo abierto. No lo sé. Pero de lo que estoy seguro es de que la noche convierte el espíritu en un timonel cruzando el arrecife. La mayoría de las personas pasa esas horas de desasosiego abandonándose al mal menor de las pesadillas del sueño, algunos venden su alma a una red social virtual que les permita proyectar una versión mejorada de sí mismos y los menos intentan ahogar sus miedos acodados en la barra de cualquier antro. A mí, raro como pocos, me da por escribir historias extrañas, oscuras, deprimentes. Cuentos que hacen que uno mire con recelo incluso a su propia sombra. En lugar de huir del miedo, lo miro a la cara parasitando su esencia para escupirla sobre una página en blanco. A veces me pregunto qué historias me saldrían de escribir a la luz amable y vital del sol. Lo malo es que solo siento la llamada de las musas cuando Venus me avisa de que es la hora. Bueno, pongo esto por decir algo, que Venus anuncia la llegada de la noche durante la mitad del año y el resto nos avisa de la proximidad del amanecer. Además, no creo en las musas. Así somos los escritores. Nos pasamos la vida rellenando páginas de tonterías por poner algo. Después de todo, la gente lee porque no tiene otra cosa mejor que hacer, así que todos contentos. Pero la noche… Eso es otra cosa.
Andaba yo paseando a la luz solitaria de las farolas de uno de los barrios acomodados de la ciudad a esa hora en que todo comienza a dormirse (creo que esto ya lo he puesto en otro sitio como creo también que ya estaba todo más que dormido). Un barrio comercial donde la calidad de los escaparates llama a todos a soñar y solo a un puñado de agraciados a abrir el bolsillo. Es una buena zona para deambular cuando los negocios han echado la barrera liberando a sus galeotes. La gente desaparece como las moscas cuando se acaba la miel y la luz que tan amablemente derrocha allí el ayuntamiento se cuela bajo las arcadas creando sombras sugerentes entre los cristales blindados y la calzada. Ni la selva, ni la sabana ni el desierto experimentan una metamorfosis tan radical como la de ese barrio que renuncia a su esencia, como si se negara a sí mismo, al caer la noche. Entonces, uno puede pensar. ¡Qué peligro! Mi mujer se pregunta una y otra vez cómo puede dormir con una persona a la que le pasan por la mente ideas tan oscuras que repelen solo imaginarlas. Con la de cosas bellas que hay en este mundo ya le puedo explicar yo que sin conflicto no hay historia. A veces me pregunto si es que soy incapaz de hablar sin más de la felicidad y de la belleza, del amor, de la amistad y de tantas maravillas sin meterme en asuntos truculentos, dolorosos y tristes. ¿Acaso el mal es un camino necesario para encontrar la luz? He comenzado el párrafo con eso de "Andaba yo paseando..." Sin embargo, tengo que reconocer que hacía algo mucho más vulgar. En realidad, había sacado a pasear el perro. Una mierda de caniche presumido al que mi mujer se empeña en repeinar, hacer coletas y colgar lazos. Ella lo pasea cuando las calles hierven de actividad, cuando la ciudad palpita a toda leche. El animalito se dedica a mirar a la gente con desdén y a montar pollos por menos de nada. Yo lo saco por la noche para que se cague en los portales de las franquicias lujosas de ese puto barrio que tiene a mi señora con el seso loco. El caniche, además de presumido es un cobarde. Cuando va con ella, levanta la cola y el hocico que parece que va a despegar. Por la noche, esconde el rabo entre las piernas y tiembla de pies a cabeza como un flan. Caminábamos muy juntos cuando nos cruzamos con un gato tan oscuro como la más oscura de las mazmorras. El maldito caniche se escondió detrás de mis piernas sin decir esta boca es mía. Los ojos del felino brillaban como una amenaza. Detuvo el paso y fijó en mí su mirada penetrante como si me odiara de toda la vida, enseñó un momento unos dientes finísimos y aguzados como estiletes y continuó su camino. Aquellos ojos expresaban una advertencia: “Anda con cuidado”. Fue como un aviso de que el mal rondaba las esquinas. Esperaba agazapado una presa desprevenida.
Mientras desayunaba esta mañana y mi cuerpo aún parecía una calle a medio poner (barreras a media altura, bostezos, aceras baldeadas, olor a pan recién hecho…), reflexionaba sobre el peligro de convertirme en un escritor maldito. Para aspirar no solo a crear relatos sino también a venderlos, tenía que quitarme de encima las sombras y todo eso. Pero no es fácil fabricar historias claras como un día agraciado por un cielo azul de primavera. Historias de esas que transmiten alegría y esperanza. Divertidas, tiernas, románticas… Sé que algunos lo consiguen. Sin duda, son mejores que yo.
Pero habían pasado las horas, las de ese estúpido reloj de Fridberg que dice que todas hieren y la última mata, y la noche había tomado el relevo. Una brisa helada recorría las arcadas pintando su aliento en los cristales oscuros. El peso del tiempo había cargado mis hombros y mi cuerpo se encogía sobre sí mismo como si quisiera esconderse de su propio ser. Un coche oscuro y largo, de esos que llaman familiar y que más que familiar parecen fúnebres, atravesaba el boulevard lentamente, como observándolo todo en busca de no se sabe qué. Un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba abajo sacudiendo cada rincón, tensionando cada músculo. Como la precaución nunca está de más, me escondí detrás de una de las columnas levantando las solapas de mi gabardina. “¿Tiene usted fuego?”, me preguntó un desconocido surgido de la nada y con aspecto de espíritu errante que se manifiesta sin ser invocado. Al puto caniche le entró un ataque de valentía y tuve que sujetarlo como a un león. Miré fijamente al individuo hasta que pidió perdón y continuó su camino. Quizás no era más que un solitario como yo. O quizás era un enviado del mal en busca de un alma perdida. Comenzaba a llover. Salí al encuentro del agua para observar las gotas a la luz de la farola más cercana. Eran como minúsculas saetas que se clavaban en mi cara. ¿Qué belleza podía esconder aquello? ¿Qué tipo de historia podía emanar de una situación así?
Por el extremo de la calle apareció la luz amarillenta y espiralada del camión de la basura, que se detenía y arrancaba mientras dos diablos recogían las inmundicias que nadie quiere ver para hacerlas desaparecer en su insaciable panza con una coreografía macabra. El humo del escape y el calor del motor que la fría noche condensaba creaban una nube sobre la que el camión parecía flotar. Aquella máquina infernal podía comenzar a vomitar guerreros del averno en cualquier momento. Desde luego, cómo estaba yo aquella noche. Entonces pensé que era la hora de coger al maldito caniche en brazos y regresar a casa para ponerme la tele por sombrero. Tragarme un programa de cotilleo, la teletienda o la bruja echacartas de turno, a ver si así podía expulsar las sombras y todos los demonios de mi cabeza. Cualquier cosa antes que ponerme a escribir. Mi mujer, como siempre, tiene toda la razón del mundo. ¿Cómo puede dormir con alguien que ve la boca del infierno en el camión de la basura?
Andaba yo paseando a la luz solitaria de las farolas de uno de los barrios acomodados de la ciudad a esa hora en que todo comienza a dormirse (creo que esto ya lo he puesto en otro sitio como creo también que ya estaba todo más que dormido). Un barrio comercial donde la calidad de los escaparates llama a todos a soñar y solo a un puñado de agraciados a abrir el bolsillo. Es una buena zona para deambular cuando los negocios han echado la barrera liberando a sus galeotes. La gente desaparece como las moscas cuando se acaba la miel y la luz que tan amablemente derrocha allí el ayuntamiento se cuela bajo las arcadas creando sombras sugerentes entre los cristales blindados y la calzada. Ni la selva, ni la sabana ni el desierto experimentan una metamorfosis tan radical como la de ese barrio que renuncia a su esencia, como si se negara a sí mismo, al caer la noche. Entonces, uno puede pensar. ¡Qué peligro! Mi mujer se pregunta una y otra vez cómo puede dormir con una persona a la que le pasan por la mente ideas tan oscuras que repelen solo imaginarlas. Con la de cosas bellas que hay en este mundo ya le puedo explicar yo que sin conflicto no hay historia. A veces me pregunto si es que soy incapaz de hablar sin más de la felicidad y de la belleza, del amor, de la amistad y de tantas maravillas sin meterme en asuntos truculentos, dolorosos y tristes. ¿Acaso el mal es un camino necesario para encontrar la luz? He comenzado el párrafo con eso de "Andaba yo paseando..." Sin embargo, tengo que reconocer que hacía algo mucho más vulgar. En realidad, había sacado a pasear el perro. Una mierda de caniche presumido al que mi mujer se empeña en repeinar, hacer coletas y colgar lazos. Ella lo pasea cuando las calles hierven de actividad, cuando la ciudad palpita a toda leche. El animalito se dedica a mirar a la gente con desdén y a montar pollos por menos de nada. Yo lo saco por la noche para que se cague en los portales de las franquicias lujosas de ese puto barrio que tiene a mi señora con el seso loco. El caniche, además de presumido es un cobarde. Cuando va con ella, levanta la cola y el hocico que parece que va a despegar. Por la noche, esconde el rabo entre las piernas y tiembla de pies a cabeza como un flan. Caminábamos muy juntos cuando nos cruzamos con un gato tan oscuro como la más oscura de las mazmorras. El maldito caniche se escondió detrás de mis piernas sin decir esta boca es mía. Los ojos del felino brillaban como una amenaza. Detuvo el paso y fijó en mí su mirada penetrante como si me odiara de toda la vida, enseñó un momento unos dientes finísimos y aguzados como estiletes y continuó su camino. Aquellos ojos expresaban una advertencia: “Anda con cuidado”. Fue como un aviso de que el mal rondaba las esquinas. Esperaba agazapado una presa desprevenida.
Mientras desayunaba esta mañana y mi cuerpo aún parecía una calle a medio poner (barreras a media altura, bostezos, aceras baldeadas, olor a pan recién hecho…), reflexionaba sobre el peligro de convertirme en un escritor maldito. Para aspirar no solo a crear relatos sino también a venderlos, tenía que quitarme de encima las sombras y todo eso. Pero no es fácil fabricar historias claras como un día agraciado por un cielo azul de primavera. Historias de esas que transmiten alegría y esperanza. Divertidas, tiernas, románticas… Sé que algunos lo consiguen. Sin duda, son mejores que yo.
Pero habían pasado las horas, las de ese estúpido reloj de Fridberg que dice que todas hieren y la última mata, y la noche había tomado el relevo. Una brisa helada recorría las arcadas pintando su aliento en los cristales oscuros. El peso del tiempo había cargado mis hombros y mi cuerpo se encogía sobre sí mismo como si quisiera esconderse de su propio ser. Un coche oscuro y largo, de esos que llaman familiar y que más que familiar parecen fúnebres, atravesaba el boulevard lentamente, como observándolo todo en busca de no se sabe qué. Un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba abajo sacudiendo cada rincón, tensionando cada músculo. Como la precaución nunca está de más, me escondí detrás de una de las columnas levantando las solapas de mi gabardina. “¿Tiene usted fuego?”, me preguntó un desconocido surgido de la nada y con aspecto de espíritu errante que se manifiesta sin ser invocado. Al puto caniche le entró un ataque de valentía y tuve que sujetarlo como a un león. Miré fijamente al individuo hasta que pidió perdón y continuó su camino. Quizás no era más que un solitario como yo. O quizás era un enviado del mal en busca de un alma perdida. Comenzaba a llover. Salí al encuentro del agua para observar las gotas a la luz de la farola más cercana. Eran como minúsculas saetas que se clavaban en mi cara. ¿Qué belleza podía esconder aquello? ¿Qué tipo de historia podía emanar de una situación así?
Por el extremo de la calle apareció la luz amarillenta y espiralada del camión de la basura, que se detenía y arrancaba mientras dos diablos recogían las inmundicias que nadie quiere ver para hacerlas desaparecer en su insaciable panza con una coreografía macabra. El humo del escape y el calor del motor que la fría noche condensaba creaban una nube sobre la que el camión parecía flotar. Aquella máquina infernal podía comenzar a vomitar guerreros del averno en cualquier momento. Desde luego, cómo estaba yo aquella noche. Entonces pensé que era la hora de coger al maldito caniche en brazos y regresar a casa para ponerme la tele por sombrero. Tragarme un programa de cotilleo, la teletienda o la bruja echacartas de turno, a ver si así podía expulsar las sombras y todos los demonios de mi cabeza. Cualquier cosa antes que ponerme a escribir. Mi mujer, como siempre, tiene toda la razón del mundo. ¿Cómo puede dormir con alguien que ve la boca del infierno en el camión de la basura?
viernes, 21 de octubre de 2011
El regreso de la bestia
El día languidecía mansamente como una vela que se agota. El ocaso pincelaba las primeras luciérnagas sobre un cielo lívido vomitando oscuridad con su lenta marea. Ya se adivinaba Casiopea. Pronto llegarían las Pléyades, Tauro, Canis Major acompañando al guerrero Orión y toda la cohorte de astros incapaces de alumbrar la lejana perspectiva del amanecer. La paradoja de Olbers, aunque desde mi exigua terraza apenas se adivinan dos docenas de estrellas bajo el sudario sucio y pestilente que cubre la ciudad. Una triste noche de invierno. Un frío de esos que se cuela sin pedir permiso entre los resquicios de la ropa y de la piel enmarañándose en los nervios, en los huesos, en el alma. Una soledad marchita de las que parasitan el frío para incubar en él sus maléficas criaturas y llenar nuestros rincones de vacíos. Esa soledad que se intenta ahogar en un vaso de güisqui que quema las entrañas sin calentar el espíritu.
La ciudad fue despertando a otra realidad. Se transformaba, cambiaba la piel, cambiaba la música y el sonido de su respiración se adormecía como el mar a medianoche. Frente a mí, enormes bloques de hormigón formaban una jungla ordenada, una jungla muerta. Se me antojaron los dientes caídos de una calavera. Una fila de fichas de dominó que un soplo podría tumbar en cadena. Fichas adornadas por recuadros de luz que esconden muertos que se alimentan de su propia carroña. Recuadros tan vacíos como mi propio interior. Sonó una sirena, una alarma a la que nadie hizo caso. Una mujer lloraba en cualquier lugar. Un grupo de jóvenes reía muy cerca. Las tragedias y las alegrías se mezclan en este barrio ignorándose por completo, dándose la espalda. Diez pasos al frente, girar y disparar. Cada cual sigue su camino. Este barrio maldito solo alberga pedazos de nada. De esa nada en la que parece que vivimos aunque en realidad estamos todos muertos. Nadie aquí hará historia, nadie servirá más que para servir. Los genios y los líderes morirán sin sacar los pies del barro porque aquel que lo intente verá rodar su cabeza.
No quedaba más que penumbra. Mi vacío interior y el de la botella crecían. La bestia corría de un rincón a otro devorándolo todo. Penumbra y frío. La calle, diez pisos más abajo, era otro vacío. Un sumidero que absorbía la vida en un remolino insoportable. Asomé a la barandilla. La entrada del edificio proyectaba un trapecio de luz, una piscina de güisqui sobre la acera oscura. Licor amarillo y fresco. O cava, o qué sé yo. Daba lo mismo. Tenía que zambullirme en ella y me senté en la barandilla calculando el salto hacia ese objetivo minúsculo. Como disparar a un mosquito con un tirachinas.
- ¿Qué haces aquí? –preguntó tía Remedios con una expresión a medio camino entre el enfado y la benevolencia.
No respondí. Me limité a mirarla con los ojos llorosos porque sabía que acababa de cometer una travesura. Como cuando me pillaron en la alacena comiéndome las morcillas. Me había escapado para plantarme en casa de mis primos con un puñado de cromos de futbol en la mano. Ingenuidad infantil, había dado por supuesto que me recibirían ellos y todo sería una fiesta. Quizás fue esa la primera vez que sentí el vacío. La tía Remedios telefoneó a mi madre, quien se presentó poco después con mi pijama, una muda de ropa interior y otra exterior, mi cepillo de dientes y todas esas cosas que una madre procura que no falten a un hijo. La regañina fue breve y el fin de semana delicioso con mis primos Carmelo y Margarita. El vacío duró lo que dura un suspiro.
¿Por qué acudió aquel recuerdo a mi mente, tan blanca hasta entonces como la pantalla de un cine cerrado? Fue una ola de vida que recuperó terreno a la bestia rellenando algunos rincones. Pero la bestia me tenía acorralado. Volví a mirar la piscina. Medio cuerpo apuntaba al vacío. La cabeza inclinada hacia adelante y los fantasmas agolpándose a mi espalda y helando mi nuca con su hálito de muerte. Hay personas que nacen con un destino y no hay nada que lo tuerza. El mío era aquel. Sonó el teléfono. Una, dos, tres veces. Me acerqué como un autómata sin alma con la batería a media carga. ¿Desde cuándo sonaba la radio? “Have you ever seen de rain, comin' down on a sunny day?” La voz cascada de Fogerty chispeó la realidad. Estaba empapado. En mi barrio llovía tanto como en mi alma. De las estrellas que despuntaran horas antes no quedaba ni rastro.
Hay momentos en que parece que las cosas de este mundo se paran. Quizás se niegan a seguir con nosotros hartas de soportarnos. La radio sonaba, el teléfono insistía, pero todo estaba tan extrañamente quieto como si el espacio y el tiempo se hubieran olvidado de mí. Mis ojos enfocaron lentamente un mundo que se había difuminado. Fue entonces cuando vi el número que marcaba el display luminoso. Una secuencia conocida que me puso el corazón del revés devolviéndome el pulso. La bestia lanzó un grito que se extendió por todos los laberintos. Creía que me había vencido y, de repente, se encontraba herida de muerte, retorciéndose en mi interior mientras se disgregaba como un globo de harina reventado. Cuatro, cinco veces. Tomé aliento. El aire penetró en mi cuerpo rellenando de vida cada rincón y expulsando a las criaturas para que regresaran a su infierno. Descolgué el auricular.
- ¿Simón? –preguntaron al otro extremo. Simón, sí, ese soy yo –pensé- y he vuelto del lado oscuro.
Un recuerdo, una canción, una voz conocida al otro lado de la línea. Qué pocas cosas bastan para sacarnos del pozo y mantenernos vivos. De esta estúpida historia hace una semana. Desde entonces, soy más riguroso con la medicación y no bebo más que agua, leche, refrescos e infusiones. Y así será hasta… Bueno, como siempre, hasta la próxima. El trapecio de luz es mi destino. Después de todo, la bestia y yo somos viejos conocidos.
La ciudad fue despertando a otra realidad. Se transformaba, cambiaba la piel, cambiaba la música y el sonido de su respiración se adormecía como el mar a medianoche. Frente a mí, enormes bloques de hormigón formaban una jungla ordenada, una jungla muerta. Se me antojaron los dientes caídos de una calavera. Una fila de fichas de dominó que un soplo podría tumbar en cadena. Fichas adornadas por recuadros de luz que esconden muertos que se alimentan de su propia carroña. Recuadros tan vacíos como mi propio interior. Sonó una sirena, una alarma a la que nadie hizo caso. Una mujer lloraba en cualquier lugar. Un grupo de jóvenes reía muy cerca. Las tragedias y las alegrías se mezclan en este barrio ignorándose por completo, dándose la espalda. Diez pasos al frente, girar y disparar. Cada cual sigue su camino. Este barrio maldito solo alberga pedazos de nada. De esa nada en la que parece que vivimos aunque en realidad estamos todos muertos. Nadie aquí hará historia, nadie servirá más que para servir. Los genios y los líderes morirán sin sacar los pies del barro porque aquel que lo intente verá rodar su cabeza.
No quedaba más que penumbra. Mi vacío interior y el de la botella crecían. La bestia corría de un rincón a otro devorándolo todo. Penumbra y frío. La calle, diez pisos más abajo, era otro vacío. Un sumidero que absorbía la vida en un remolino insoportable. Asomé a la barandilla. La entrada del edificio proyectaba un trapecio de luz, una piscina de güisqui sobre la acera oscura. Licor amarillo y fresco. O cava, o qué sé yo. Daba lo mismo. Tenía que zambullirme en ella y me senté en la barandilla calculando el salto hacia ese objetivo minúsculo. Como disparar a un mosquito con un tirachinas.
- ¿Qué haces aquí? –preguntó tía Remedios con una expresión a medio camino entre el enfado y la benevolencia.
No respondí. Me limité a mirarla con los ojos llorosos porque sabía que acababa de cometer una travesura. Como cuando me pillaron en la alacena comiéndome las morcillas. Me había escapado para plantarme en casa de mis primos con un puñado de cromos de futbol en la mano. Ingenuidad infantil, había dado por supuesto que me recibirían ellos y todo sería una fiesta. Quizás fue esa la primera vez que sentí el vacío. La tía Remedios telefoneó a mi madre, quien se presentó poco después con mi pijama, una muda de ropa interior y otra exterior, mi cepillo de dientes y todas esas cosas que una madre procura que no falten a un hijo. La regañina fue breve y el fin de semana delicioso con mis primos Carmelo y Margarita. El vacío duró lo que dura un suspiro.
¿Por qué acudió aquel recuerdo a mi mente, tan blanca hasta entonces como la pantalla de un cine cerrado? Fue una ola de vida que recuperó terreno a la bestia rellenando algunos rincones. Pero la bestia me tenía acorralado. Volví a mirar la piscina. Medio cuerpo apuntaba al vacío. La cabeza inclinada hacia adelante y los fantasmas agolpándose a mi espalda y helando mi nuca con su hálito de muerte. Hay personas que nacen con un destino y no hay nada que lo tuerza. El mío era aquel. Sonó el teléfono. Una, dos, tres veces. Me acerqué como un autómata sin alma con la batería a media carga. ¿Desde cuándo sonaba la radio? “Have you ever seen de rain, comin' down on a sunny day?” La voz cascada de Fogerty chispeó la realidad. Estaba empapado. En mi barrio llovía tanto como en mi alma. De las estrellas que despuntaran horas antes no quedaba ni rastro.
Hay momentos en que parece que las cosas de este mundo se paran. Quizás se niegan a seguir con nosotros hartas de soportarnos. La radio sonaba, el teléfono insistía, pero todo estaba tan extrañamente quieto como si el espacio y el tiempo se hubieran olvidado de mí. Mis ojos enfocaron lentamente un mundo que se había difuminado. Fue entonces cuando vi el número que marcaba el display luminoso. Una secuencia conocida que me puso el corazón del revés devolviéndome el pulso. La bestia lanzó un grito que se extendió por todos los laberintos. Creía que me había vencido y, de repente, se encontraba herida de muerte, retorciéndose en mi interior mientras se disgregaba como un globo de harina reventado. Cuatro, cinco veces. Tomé aliento. El aire penetró en mi cuerpo rellenando de vida cada rincón y expulsando a las criaturas para que regresaran a su infierno. Descolgué el auricular.
- ¿Simón? –preguntaron al otro extremo. Simón, sí, ese soy yo –pensé- y he vuelto del lado oscuro.
Un recuerdo, una canción, una voz conocida al otro lado de la línea. Qué pocas cosas bastan para sacarnos del pozo y mantenernos vivos. De esta estúpida historia hace una semana. Desde entonces, soy más riguroso con la medicación y no bebo más que agua, leche, refrescos e infusiones. Y así será hasta… Bueno, como siempre, hasta la próxima. El trapecio de luz es mi destino. Después de todo, la bestia y yo somos viejos conocidos.
martes, 16 de agosto de 2011
Lucrecia
El mar respira tranquilo la brisa ondulada del ocaso con su ritmo lento, antiguo y sabio. El sol engarza mil destellos en sus aguas doradas para fundirse en ellas donde se abre el abismo. Sobre una amaca en la solitaria cubierta de proa, Lucrecia se alimenta del olor del mar, de su historia, de sus secretos, de los misterios que acechan en su oscuridad primigenia. Espera la noche con el corazón desnudo, acariciada por el sol y por la sal. Arriba, en el puente, Artros Rostropoulos dirige la nave con rumbo firme, la mirada en el horizonte, la mente en Lucrecia en la solitaria cubierta de proa. Sueña con cubrir su corazón de besos. Artros, griego y alto, de negros y rebeldes cabellos, robusto, galán y tierno. Por la noche, en la sala de fiestas del barco, abrirán el baile. Él, con su uniforme blanco de botones dorados, tomará su mano. Ella, con su vestido negro de seda y sus tacones de aguja, levitará sobre la pista reflejada en mil pares de ojos. Ella y Artros, y el mundo a sus pies mientras navegan entre Alejandría y El Cairo. El Pireo, las islas griegas, Estambul en la nave poderosa que corta el mar. Lucrecia enredará los dedos en sus rizos y se acurrucará en su pecho con la felicidad tatuada en cada una de sus células. Penélope y Ulises, Helena y Paris. La noche se acerca sin prisa porque cada segundo de espera es un placer. Cada segundo de ese tiempo que el azar mueve entre las olas, que arroja al viento para que lo eleve en remolinos y se disgrege en las alturas. Ese tiempo que nadie cuenta la acerca a Artros. La sirena aúlla, ruge contra el viento proclamando su poder en ese mar inmenso y profundo. Acunada por el suave vaivén del mar, Lucrecia se duerme con una sonrisa en los labios entreabiertos.
La terraza del jardín del Ritz rebosa de una vida que se enreda en las balaustradas, que resbala por las escaleras, que fluye sinuosa bajo las sombrillas que reparten pedacitos de paraíso. La expresión de los rostros lo dice todo. La felicidad vive allí, lejos de las calles de ese Madrid que se derrite bajo un sol inclemente de verano. No hay prisa porque allí el tiempo se transmuta y fluye a contracorriente, se gana a la vida que a extramuros se pierde. Los camareros reparten cóckteles que colman los sentidos en aquel Olimpo para los elegidos. Lucrecia se abanica lentamente, sintiendo el placer de la brisa. Un mirlo la observa desde una rama. Ella escucha las risas cercanas de una pareja de enamorados, capta la ternura de sus miradas y percibe los latidos de sus corazones. Cierra los ojos y deja que su mente dibuje pasiones etéreas en la nada. Suena La flauta mágica de Mozart. Ambrosio Nuevaluna llegará cuando el jardín se engalane de luciérnagas y el aroma dulce de las flores nocturas se extienda como un velo. Excelso, sibarita, melómano. Embajador desde su juventud, cultiva las mejores amistades, conoce todos los protocolos, practica los más refinados placeres. Un señor de la cabeza a los pies, besará su mano y después su mejilla, y cenarán con cubierto de plata a la luz de las velas. La botella de Möet la pedirán desde la Suite Presidencial y la noche será suya. Allí, en el cielo de Madrid. El Excelentísimo sr don Ambrosio Nuevaluna y doña Lucrecia Pérez reinarán en ese mundo de sutilezas y exquisiteces que les pertenece como el aire que respiran. Lucrecia espera tranquila y se duerme entre música de violines.
Omar Al-Saler, príncipe de profundas raíces persas que penetran lo más profundo de las arenas del desierto, hace la vida entre su palacio y su jaima del oasis. Hospitalario, amable, inteligente y de una moralidad propia solo de las almas más elevadas, desprovista de artificialidades y falsos puritanismos. Solo Lucrecia es destinataria de un amor más intenso aún del que siente por sus caballos. Juntos cabalgan, velos al viento, en el azul intenso del amanecer siempre que sus obligaciones se lo permiten. Porque Omar tiene pozos de ese oro negro que mueve el mundo. Muchos pozos. Tanto que es imposible recordarlos todos. Lucrecia aguarda su regreso en la jaima entre tes aromáticos y sirvientas solícitas. Se recosta en almohadones bordados con hilo de oro sobre alfombras tejidas a mano. En la puerta de la jaima, unos músicos interpretan canciones alegres entre el ajetreo del oasis. Y de fondo el silencio milenario del desierto. Inciensos, perfumes, aceites. El brillo amable de esmeraldas y diamantes. Un cosquilleo interior al pensar en él. Omar regresará cuando las estrellas se anuncien en el este justo antes de que el velo negro de la profunda noche del desierto se extienda sobre ellos salpicado de luciérnagas. Atravesará el umbral de la jaima con su sonrisa limpia y un brillo en los ojos tan vivo como la sangre que fluye entre sus venas. Hará una señal con la mano y las sirvientas se retirarán con una reverencia. Lucrecia se rendirá en sus brazos para ser cubierta de besos y caricias, para ser amada como una princesa de cuento oriental. Y el misterio de la noche se transformará en palabras susurradas, en suspiros, en alientos entrecortados en la brisa tenue de las velas. Soñando en el cercano reencuentro, Lucrecia se duerme.
Una aire helado se cuela por una ventana que no cierra. Un viento triste como una mala noche. Las hojas muertas de los recuerdos de Lucrecia se arremolinan a su alrededor.
La escalera, de paredes ennegrecidas y ajadas, está oscura y huele a orines. El ascensor murió nadie recuerda cuando. Es una de esas fincas de vecinos enorme en las que todo son desconocidos y gentes de paso, arrendatarios que huyen con sus deudas, pisos patera, ancianos de los que nadie se acuerda. Ruina arquitectónica y moral donde las puertas son vigías escudriñando una penumbra que esconde secretos inconfesables, tragedias y vidas clandestinas. Pero el tragín infatigable de miserias se ha transformado en silencio.y soledad. Solo algún mutante lento se atreve a transitar y se cruza sin levantar la cara con la pareja de policías que sube la escalera con parsimonia. La señora Eulalia espera en el cuarto apoyada en el quicio de la puerta. Está pálida como un muerto, aunque es imposible saber si se trata de la impresión, de un efecto de la luz o del tiempo que hace que no ve el sol.
- Es aquí -anuncia con voz nerviosa.
El policía joven, sin decir palabra, empuja la puerta entreabierta y se pierde en la penumbra de la vivienda. El policía viejo se queda fuera haciendo las preguntas.
- Su nombre y su DNI, señora.
- Está harto usted de su trabajo, ¿verdad? -responde Eulalia después de observarlo de arriba a abajo.
- Señora, por favor...
Eulalia le mira a los ojos durante un instante con incredulidad y después se arrastra hacia la entrada de su casa para buscar el documento de identidad.
- Si lo sé, no aviso -gruñe para sus adentros mientras se levanta las solapas del batín. Sus viejas babuchas suenan cansadas sobre el pavimento sucio.
El policía joven sale de nuevo al rellano. Aleja el olor de delante de sus narices agitando la mano como si espantara moscas. El policía viejo espera una explicación sin decir palabra.
- Es una anciana. Debe llevar un par de días muerta. No hay signos de violencia ni de robo.
- ¿Está en la cama?
- No. Sentada en una butaca frente a la ventana. La puñetera la ha palmado con cara de felicidad.
Eulalia regresa con el DNI en la mano y se lo alarga al policía joven. El policía viejo la mira con cara de asombro pero no dice nada. Eulalia sonríe por dentro.
- ¿La conocía usted? -pregunta el policía viejo ignorando el desprecio de Eulalia.
- Somos las más antiguas de la finca -responde Eulalia mirando al policía joven-. Los demás van y vienen. Yo me cuidaba de ella y ella se cuidaba de mi, ¿sabe? Pero yo estoy muy delicada de los pulmones porque en mi juventud me dio por fumar. Y por los hombres guapos como usted -Eulalia ríe y el policía joven mira al viejo con cara de hastío-. Pues resulta que el otro día fui al médico con una tos que no me aguantaba en pie. Me tomó la tensión, la temperatura y me escuchó el pecho con el microscopio desbrochándome la camisa. Mire usted, así.
Los dos policías giran la cabeza y medio cuerpo hacia otro lado en un gesto más que elocuente. El más joven se lleva las manos a la cabeza.
- Señora Eulalia, por favor... -recrimina mirando al techo. Eulalia vuelve a reir- Que estamos aquí por una muerta.
- Bueno, pues la cuestión es que me envió al hospital. Y allí he estado tres días. Me han dado todo hecho, ¿sabe usted? Me han dado de comer, me han lavado... -el policía viejo la mira con mala cara por encima de las gafas y Eulalia detiene su discurso- Lucrecia ha aprovechado mi ausencia para irse de este mundo -pronuncia la última frase arrastrando las sílabas con el ceño fruncido y el dedo en alto.
- ¿Cómo ha sabido usted de su muerte?
- Pues porque tengo una llave de su casa, como ella de la mía. ¿No le he dicho que cuidábamos una de la otra?
- ¿Tiene parientes la difunta? -pregunta el policía viejo haciendo como que no ha escuchado la pregunta.
- Pobre Lucrecia -responde Eulalia-. Toda su vida cuidando de un cerdo borracho y maltratador. Los hijos le salieron rana. Se largaron hartos de gritos y peleas en cuanto pudieron y no volvieron nunca más. Hace dos meses murió el marido. O sea, que le ha dado una vida de perros hasta la vejez. El cabrón se tendría que haber muerto hace veinte años. O treinta, mejor. Lucrecia estaba ya demasiado vieja para comenzar a disfrutar de la vida. Solo morir Ramón, perdió la cabecita. Tenía fantasías, ¿sabe usted? -dice Eulalia con una sonrisa picarona.
- Bueno, pues parece que al final la vieja murió feliz -dice el policía joven-. Tiene una sonrisa de película.
Eulalia va a decir algo. El policía viejo tiene ganas de acabar. La coje de los hombros, le da media vuelta y la empuja suavemente hacia su portal.
- Bueno, señora, muchas gracias. No la molesto más. Ya nos encargamos nosotros de todo.
- Vale, vale... -protesta Eulalia. Antes de cerrar la puerta de su casa se para un instante para dedicarles una última delicia- Cuando me toque el turno a mi, hagan ustedes el favor de enviar a otros.
La terraza del jardín del Ritz rebosa de una vida que se enreda en las balaustradas, que resbala por las escaleras, que fluye sinuosa bajo las sombrillas que reparten pedacitos de paraíso. La expresión de los rostros lo dice todo. La felicidad vive allí, lejos de las calles de ese Madrid que se derrite bajo un sol inclemente de verano. No hay prisa porque allí el tiempo se transmuta y fluye a contracorriente, se gana a la vida que a extramuros se pierde. Los camareros reparten cóckteles que colman los sentidos en aquel Olimpo para los elegidos. Lucrecia se abanica lentamente, sintiendo el placer de la brisa. Un mirlo la observa desde una rama. Ella escucha las risas cercanas de una pareja de enamorados, capta la ternura de sus miradas y percibe los latidos de sus corazones. Cierra los ojos y deja que su mente dibuje pasiones etéreas en la nada. Suena La flauta mágica de Mozart. Ambrosio Nuevaluna llegará cuando el jardín se engalane de luciérnagas y el aroma dulce de las flores nocturas se extienda como un velo. Excelso, sibarita, melómano. Embajador desde su juventud, cultiva las mejores amistades, conoce todos los protocolos, practica los más refinados placeres. Un señor de la cabeza a los pies, besará su mano y después su mejilla, y cenarán con cubierto de plata a la luz de las velas. La botella de Möet la pedirán desde la Suite Presidencial y la noche será suya. Allí, en el cielo de Madrid. El Excelentísimo sr don Ambrosio Nuevaluna y doña Lucrecia Pérez reinarán en ese mundo de sutilezas y exquisiteces que les pertenece como el aire que respiran. Lucrecia espera tranquila y se duerme entre música de violines.
Omar Al-Saler, príncipe de profundas raíces persas que penetran lo más profundo de las arenas del desierto, hace la vida entre su palacio y su jaima del oasis. Hospitalario, amable, inteligente y de una moralidad propia solo de las almas más elevadas, desprovista de artificialidades y falsos puritanismos. Solo Lucrecia es destinataria de un amor más intenso aún del que siente por sus caballos. Juntos cabalgan, velos al viento, en el azul intenso del amanecer siempre que sus obligaciones se lo permiten. Porque Omar tiene pozos de ese oro negro que mueve el mundo. Muchos pozos. Tanto que es imposible recordarlos todos. Lucrecia aguarda su regreso en la jaima entre tes aromáticos y sirvientas solícitas. Se recosta en almohadones bordados con hilo de oro sobre alfombras tejidas a mano. En la puerta de la jaima, unos músicos interpretan canciones alegres entre el ajetreo del oasis. Y de fondo el silencio milenario del desierto. Inciensos, perfumes, aceites. El brillo amable de esmeraldas y diamantes. Un cosquilleo interior al pensar en él. Omar regresará cuando las estrellas se anuncien en el este justo antes de que el velo negro de la profunda noche del desierto se extienda sobre ellos salpicado de luciérnagas. Atravesará el umbral de la jaima con su sonrisa limpia y un brillo en los ojos tan vivo como la sangre que fluye entre sus venas. Hará una señal con la mano y las sirvientas se retirarán con una reverencia. Lucrecia se rendirá en sus brazos para ser cubierta de besos y caricias, para ser amada como una princesa de cuento oriental. Y el misterio de la noche se transformará en palabras susurradas, en suspiros, en alientos entrecortados en la brisa tenue de las velas. Soñando en el cercano reencuentro, Lucrecia se duerme.
Una aire helado se cuela por una ventana que no cierra. Un viento triste como una mala noche. Las hojas muertas de los recuerdos de Lucrecia se arremolinan a su alrededor.
La escalera, de paredes ennegrecidas y ajadas, está oscura y huele a orines. El ascensor murió nadie recuerda cuando. Es una de esas fincas de vecinos enorme en las que todo son desconocidos y gentes de paso, arrendatarios que huyen con sus deudas, pisos patera, ancianos de los que nadie se acuerda. Ruina arquitectónica y moral donde las puertas son vigías escudriñando una penumbra que esconde secretos inconfesables, tragedias y vidas clandestinas. Pero el tragín infatigable de miserias se ha transformado en silencio.y soledad. Solo algún mutante lento se atreve a transitar y se cruza sin levantar la cara con la pareja de policías que sube la escalera con parsimonia. La señora Eulalia espera en el cuarto apoyada en el quicio de la puerta. Está pálida como un muerto, aunque es imposible saber si se trata de la impresión, de un efecto de la luz o del tiempo que hace que no ve el sol.
- Es aquí -anuncia con voz nerviosa.
El policía joven, sin decir palabra, empuja la puerta entreabierta y se pierde en la penumbra de la vivienda. El policía viejo se queda fuera haciendo las preguntas.
- Su nombre y su DNI, señora.
- Está harto usted de su trabajo, ¿verdad? -responde Eulalia después de observarlo de arriba a abajo.
- Señora, por favor...
Eulalia le mira a los ojos durante un instante con incredulidad y después se arrastra hacia la entrada de su casa para buscar el documento de identidad.
- Si lo sé, no aviso -gruñe para sus adentros mientras se levanta las solapas del batín. Sus viejas babuchas suenan cansadas sobre el pavimento sucio.
El policía joven sale de nuevo al rellano. Aleja el olor de delante de sus narices agitando la mano como si espantara moscas. El policía viejo espera una explicación sin decir palabra.
- Es una anciana. Debe llevar un par de días muerta. No hay signos de violencia ni de robo.
- ¿Está en la cama?
- No. Sentada en una butaca frente a la ventana. La puñetera la ha palmado con cara de felicidad.
Eulalia regresa con el DNI en la mano y se lo alarga al policía joven. El policía viejo la mira con cara de asombro pero no dice nada. Eulalia sonríe por dentro.
- ¿La conocía usted? -pregunta el policía viejo ignorando el desprecio de Eulalia.
- Somos las más antiguas de la finca -responde Eulalia mirando al policía joven-. Los demás van y vienen. Yo me cuidaba de ella y ella se cuidaba de mi, ¿sabe? Pero yo estoy muy delicada de los pulmones porque en mi juventud me dio por fumar. Y por los hombres guapos como usted -Eulalia ríe y el policía joven mira al viejo con cara de hastío-. Pues resulta que el otro día fui al médico con una tos que no me aguantaba en pie. Me tomó la tensión, la temperatura y me escuchó el pecho con el microscopio desbrochándome la camisa. Mire usted, así.
Los dos policías giran la cabeza y medio cuerpo hacia otro lado en un gesto más que elocuente. El más joven se lleva las manos a la cabeza.
- Señora Eulalia, por favor... -recrimina mirando al techo. Eulalia vuelve a reir- Que estamos aquí por una muerta.
- Bueno, pues la cuestión es que me envió al hospital. Y allí he estado tres días. Me han dado todo hecho, ¿sabe usted? Me han dado de comer, me han lavado... -el policía viejo la mira con mala cara por encima de las gafas y Eulalia detiene su discurso- Lucrecia ha aprovechado mi ausencia para irse de este mundo -pronuncia la última frase arrastrando las sílabas con el ceño fruncido y el dedo en alto.
- ¿Cómo ha sabido usted de su muerte?
- Pues porque tengo una llave de su casa, como ella de la mía. ¿No le he dicho que cuidábamos una de la otra?
- ¿Tiene parientes la difunta? -pregunta el policía viejo haciendo como que no ha escuchado la pregunta.
- Pobre Lucrecia -responde Eulalia-. Toda su vida cuidando de un cerdo borracho y maltratador. Los hijos le salieron rana. Se largaron hartos de gritos y peleas en cuanto pudieron y no volvieron nunca más. Hace dos meses murió el marido. O sea, que le ha dado una vida de perros hasta la vejez. El cabrón se tendría que haber muerto hace veinte años. O treinta, mejor. Lucrecia estaba ya demasiado vieja para comenzar a disfrutar de la vida. Solo morir Ramón, perdió la cabecita. Tenía fantasías, ¿sabe usted? -dice Eulalia con una sonrisa picarona.
- Bueno, pues parece que al final la vieja murió feliz -dice el policía joven-. Tiene una sonrisa de película.
Eulalia va a decir algo. El policía viejo tiene ganas de acabar. La coje de los hombros, le da media vuelta y la empuja suavemente hacia su portal.
- Bueno, señora, muchas gracias. No la molesto más. Ya nos encargamos nosotros de todo.
- Vale, vale... -protesta Eulalia. Antes de cerrar la puerta de su casa se para un instante para dedicarles una última delicia- Cuando me toque el turno a mi, hagan ustedes el favor de enviar a otros.
jueves, 16 de junio de 2011
La web de El heredero de Aldara
Había escuchado muchas veces eso del vacío del escritor cuando acaba una novela y me parecía un tópico más de esos muchos que condicionan estúpidamente nuestra vida. ¿Vacío de qué? Liberación, diría yo después de tanto trabajo. Por lo general, huyo de esos tópicos como de la peste, pero tengo que aceptar que éste me ha atrapado por más que he intentado evitarlo. Han sido diez años de convivencia intensiva con mis personajes y eso deja huella. He reído con ellos, he llorado, he cruzado las peligrosas Montañas Blancas y he luchado al borde del abismo de un mundo que se hunde. Y, cómo no, he amado. Esos personajes, que son como mis hijos, ya caminan por otros senderos. Ahora son mis lectores quienes los mantienen con vida. Ars, Mirno, Selnia, Armina, Querjam, Saram Huslier y demás vivirán mientras haya lectores que se interesen por sus aventuras porque solo el olvido mata.
Confieso haber intentado llenar el vacío con otros personajes, pero un sentimiento de traición insoportable me ha obligado a desistir. Aún no es el momento. Los hijos se van de casa, sí. Sin embargo, se hace muy difícil no continuar ahí, tendiendo puentes a sus pies para que avancen sin abandonarlos a su suerte. Y más en los tiempos aciagos que corren. No es el momento, no. Aún no puedo hacerles eso. No mientras no esté seguro de que pueden caminar por ellos mismos con paso seguro. Sólo entonces podré respirar tranquilo y comenzar una nueva aventura con otros personajes en otros mundos.
Así pues, tres meses después de la presentación de El heredero de Aldara, inaguro un nuevo puente para sus personajes. Una página web en la que podréis conocer un poco más sobre ellos y sobre la novela leyendo algo de su contenido. En ella iré anunciando las novedades que se produzcan respecto a El heredero de Aldara. Aquí está la dirección:
http://sites.google.com/site/elherederodealdara
domingo, 22 de mayo de 2011
El inqulino del hielo, de Miquel Àngel Lladó.
Miquel Àngel Lladó nos presenta una recopilación bilingue de poemas de una ternura arrebatadora, insólita y casi dolorosa acompañada de los dibujos de los niños del colegio Gaspar Hauser. Los versos del autor nos transportan a un mundo diferente y desconocido, a un mundo que vive encerrado dentro de si mismo entre silencios y miradas perdidas, a una isla oculta tras un muro de hielo. El autismo, esa misteriosa forma de ser, es el eje vertebrador de esta obra que Miquel Àngel Lladó dedica a su hijo fallecido que vivió en esa tierra extraña. Una parte de los beneficios de esta excelente e inquietante obra se destinarán al colegios Gaspar Hauser.
Miquel Àngel Lladó
El inquilino del hielo
Editorial Casabierta
Miquel Àngel Lladó
El inquilino del hielo
Editorial Casabierta
miércoles, 18 de mayo de 2011
Cuentos populares de los gitanos españoles, el nuevo libro de Javier Asensio.
Conocí a Javier Asensio recientemente en un curso de informática en Madrid, pues los dos nos dedicamos a lo mismo y en la misma gran empresa aunque en localizaciones geográficas muy distintas. De inmediato me pareció una persona interesante y, casualmente, preparaba la edición de este estupendo libro que acaba de publicar. Yo, que andaba también con mi proyecto, aproveché el viaje a la capital para firmar el contrato de edición de mi novela, así que tuvimos tema más que suficiente para conversar. Presentamos nuestros respectivos libros con muy poco tiempo de diferencia.
Una estupenda contextualización historica, a modo de introducción, prologa el libro con una técnica de escritura sólida. El trabajo de recopilación se plasma en 79 cuentos recogidos de una tradición oral gitana amenazada por los nuevos tiempos de cónsolas de videojuegos y teléfonos móviles. Un libro de lectura muy amena y culturalmente acertado.
Javier Asensio García
Cuentos populares de los gitanos españoles
Ediciones Siruela
Marzo 2011
martes, 10 de mayo de 2011
Último anochecer
El mar cantaba apacible y el sol extendía sus dedos de fuego arrancando destellos dorados sobre sus aguas azules y verdes. Venus, eterno guardián, resplandecía en el cielo de poniente anunciando la incierta noche. Y allí estábamos nosotros, testigos y cómplices de aquel asombroso ocaso, de ese anochecer salvaje de verano desde el mirador perfecto de la atalaya. La bahía se extendía a nuestros pies bebiendo los últimos rayos de un día que agonizaba sin prisa, y una pandilla de gaviotas, vociferando para dirimir quién sabe qué conflicto junto al acantilado que amurallaba el llano en el este, arrancó nuestras risas. El eco de sus gritos se fundía en el suave frisar del lento vaivén del mar formando parte de ese todo del que nos alimentábamos voraces mientras la noche silenciosa acechaba a nuestras espaldas. Y cuando el sol besó su propio reflejo en el agua para disolverse en sí mismo, nuestras manos se rozaron sin que mediaran las palabras. Solos, arropados por un mundo que detenía su latido para regalarnos aquel momento, apenas me atreví a mirar tus ojos hasta que me atrapó la miel que el último destello del día pintó en tus pupilas. Entonces, el sol se sumergió con sigilo en las aguas profundas para que la noche extendiera sobre nosotros su manto estrellado.
Y aquí estamos de nuevo, una vida después, cerrando el círculo. La bahía ha cambiado su piel como una serpiente. Ya no canta el mar ni las gaviotas cortan el aire con su aleteo sereno porque una nueva y ruidosa fauna de cemento y asfalto se ha apoderado de ella, pero la atalaya resiste sobre el mismo acantilado. Hemos recorrido un camino de rosas y espinas, de triunfos y derrotas, de alegrías y amarguras. Juntos hasta este final que la implacable tiranía del tiempo ha marcado. En este anochecer tan igual a aquel otro, cumpliré tu último deseo. Cuando el sol desfallezca bajo el mismo horizonte oscuro de la lejana adolescencia, dejaré volar tus cenizas al viento que empuja hacia el mar sobre el valle, sobre la bahía que vio nuestras manos rozarse.
De Amor en Paro...
lunes, 18 de abril de 2011
Día del libro
El próximo 23 de abril, Día del libro o Sant Jordi, firmaré ejemplares de El heredero de Aldara en la librería Àgora de 19 a 20 horas. Ramona Pérez, la propietaria de Àgora, y yo estaremos encantados de atenderos. A continuación se ofrecerá un pequeño concierto de arpa japonesa.
Llibreria Àgora
Calle del Jardí Botànic, 2
Palma
Llibreria Àgora
Calle del Jardí Botànic, 2
Palma
miércoles, 30 de marzo de 2011
La noche de la presentación
El pasado día 24 de marzo se llevó a cabo la presentación de la novela "El heredero de Aldara" en la librería Literanta de Palma. El acto fue presentado por Carlos Mas, de la editorial Atlantis, y contó con la presencia de numeroso público. Tras la charla, en la que participó el público con sus preguntas, se procedió a la firma de ejemplares y a la degustación de una copa de vino blanco y unos saladitos. En breve comenzará la distribución de la novela a las librerías.
miércoles, 9 de marzo de 2011
martes, 1 de marzo de 2011
El Heredero de Aldara
"Una Llama para el Oscuro en la Tierra de los Hombres.
Una Llama para uno de los No Hermanos,
para el Señor de los Lobos en las tinieblas de Amrod.
En el final de los Tiempos."
En el remoto reino de Arcoor se suceden las envidias y distintas luchas por el poder. El rey Mirsen ha sido asesinado y su heredero ha desaparecido. Es vital encontrarlo, pues de ello dependerá que el actual rey permanezca en el trono. Pero también otros buscan al heredero: es el elemento que hará renacer el universo de Andol, el Padre de la Creación. Hombres, espíritus benéficos y malignos, adivinos... se unirán, lucharán y morirán por restablecer el bien perdido.
Presentación de la novela:
24 de marzo de 2011
Literanta, 20:00 hs
c/ Ca´n Fortuny 4A Palma (Mallorca)
lunes, 28 de febrero de 2011
Paraísos nocturnos
"No es difícil encontrar
el paraíso en la oscuridad
La fortuna viene en un barco
sin rumbo y sin capitán."
El límite. La Frontera.
el paraíso en la oscuridad
La fortuna viene en un barco
sin rumbo y sin capitán."
El límite. La Frontera.
Ya habían caído casi todas las hojas del calendario y Ramón se refugiaba del frío, en aquella solitaria noche de invierno, detrás de un vaso de JB sin hielo. En la calle llovía. En el alma nevaba. Su enésima relación sentimental acababa de volar por los aires y su espíritu se iba vaciando al ritmo en que lo hacía la botella que le servía de compañía. Ahogar las miserias en alcohol era como huir de un tigre en la selva. Ramón lo sabía, pero no hallaba otra forma de esconderse de aquella realidad asesina. Se sentía vacío, sí. Él, su alma, su mente, su vida... Nada escapaba en aquel laberinto disgregador que le negaba la salida. Lucía se había marchado convirtiendo el vacío en un abismo helado, transformando el hogar en una cueva inhóspita y sin alma. Pero Ramón resistía agarrado a la botella y a una página en blanco en un procesador de texto sobre la que buscar un edén imposible. Una página tan blanca como su propio pensamiento, abandonado y sin álito de vida. Hasta que, de repente, una musa invisible acarició su alma y los dedos de Ramón despertaron como disparados por un resorte automático. El teclado comenzó a escupir su propia historia con rabia, con desespero, sin esperanza. La guitarra de Angus Young desgañitaba rifts imposibles en el pickup.
La noche navegó, sobre una leve brisa de fragancia amarga, lejos de tierras habitadas. Ramón era el Holandés Errante en las agitadas aguas de su propio corazón. Zozobraba y su salvavidas era el juego de caracteres de su ordenador personal, la tabla ASCII que convertía desalmados ceros y unos en la poesía desgarrada de su vida. Caracteres binarios y asesinos que lo atravesaban registrando los rincones más ocultos y oscuros de su espíritu, aquellos que ni él mismo conocía. Jamás había soñado en ser capaz de escribir algo así, de una belleza tan lacerante y pura, tan primigenia que causaba dolor. Las palabras eran espinas que la arquitectura de la sintaxis engarzaba en lacerantes flagelos . Y en aquella noche y en aquellas líneas a vuelapluma, Ramón encontró en ese infierno su paraíso. Y supo que no pasaría por la vida sin dejar huella.
El amanecer encontró a Ramón aletargado sobre el teclado. Abrió un ojo y vio, colgado en la pared, el reloj de diseño que Lucía le había regalado en su último cumpleaños. Farfulló una maldición. Tendría que arreglarse a toda prisa si quería llegar de hora al trabajo, aunque ya perdería el cercanías de las siete y cuarto y el de las siete y media era como una lata de personas en conserva. Al levantar la cabeza, el mundo se convirtió en un torbellino sin fin. Cuando pudo fijar la vista, observó la botella vacía y sintió una arcada. Imposible trabajar. Sus compañeros se acordarían de él ajenos a su tragedia personal. Fue a coger el teléfono para avisar a aquella secretaria cotilla y presumida que se creía el ombligo del mundo, pero no fue capaz de realizar la llamada. El estómago se le estaba poniendo del revés. Aún así, reunió la suficiente entereza para echar un vistazo a la pantalla del ordenador. Tenía un leve recuerdo de la maravilla que había creado en la frontera de la consciencia y no podía irse a la cama sin leer unas líneas.
- ¡Dios! -exclamó llevandose las manos a la cabeza- ¿Qué bodrio es este?
Aquella historia que le había ocupado toda la noche y que le daría gloria por los siglos de los siglos no era más que una colección difusa de frases heterogéneas e inconexas que dañaban la vista sólo mirarlas. Cerró el fichero sin guardarlo y se zambulló en la cama. Ya no podía pensar en nada y lo único que hizo su mente antes de desconectar fue repetir un nombre una y otra vez, aunque sabía que Lucía no regresaría jamás.
El teléfono fijo y el móvil sonaron toda la mañana en una alternancia obsesiva de metrónomo desequilibrado, pero no escuchó nada hasta que el timbre de la puerta aulló al mediodía con desespero. Dentro de su cabeza sonaba como la sirena de un transatlántico desde la cubierta de proa. Ramón, mareado como un marinero en tierra, abrió sin ganas y Lucía se lanzó a sus brazos en medio de un torrente desbordado de lágrimas.
- ¿Qué.. ocurre...? -consiguió balbucear Ramón desconcertado.
- ¿No te has enterado? -preguntó Lucía entre sollozos. Ramón movió la cabeza de un lado a otro sin saber qué pensar.
- El cercanías de las siete y cuarto ha descarrilado. Ha sido un desastre. Te he buscado toda la mañana. En el trabajo, en los hospitales... Te he telefoneado mil veces. No puedo estar sin ti, Ramón. No me dejes nunca.
"Extraño barco el de la fortuna -pensó Ramón-. A unos les quita la vida para dársela a otros." Apretó a Lucía contra su pecho y dejó que también sus lágrimas escaparan como el rebosadero de la felicidad que lo inundaba porque la vida había regresado. Ramón no dejaría huella de su paso por el mundo. O no, al menos, por aquellas líneas desesperadas en su noche más oscura, pero aquella pequeña y frágil botella de qüisqui, que siempre conservaría, dejó en él una huella profunda y perdurable. Había sido como una moneda al aire a vida o muerte.
sábado, 26 de febrero de 2011
Cerveza caliente, una novela de Juan Pablo Caja
Juan Pablo Caja, autor de esta interesante novela, es uno de esos amigos que forman el ranking de los que se pueden contar con los dedos de una mano. Hay muchos más amigos, pero necesitas más dedos si estableces un orden de preferencia. Publicista brillante -seguro que todos conocéis algunos de sus anuncios de televisión-, se dedica también a la literatura. Amigos de la infancia -aunque la vida nos ha separado durante un buen puñado de años-, Juan Pablo y yo hemos mantenido una línea vital muy similar basada en familia, trabajo, música y literatura. Separados desde la adolescencia, el reencuentro en la edad adulta nos ha permitido asombrarnos al comprobar lo poco que hemos cambiado en lo básico, lo mucho que nos sigue uniendo y todo aquello que nos hace diferentes. Os dejo un link a su página personal.
http://www.juanpablocaja.com/
domingo, 20 de febrero de 2011
Viaje a Madrid
Llueve en Madrid, medianoche cercana. La entrada del hostal es tan estrecha que casi hay que palpar las paredes para encontrarla. Misas en el primer piso y habitaciones en el segundo, tan pequeñas que apenas caben viajero y equipaje. El zumbido anunciando la cercanía del amanecer convierte el despertador en un enemigo. El ocaso sólo es una tregua en espera del armisticio. En ese intervalo, la vida se exilia entre cuatro paredes y moqueta en el suelo. Luces suaves y una letanía interminable de siglas y acrónimos tan artificial y absurda que a unos convierte en zombies y a otros en acólitos de una secta demoníaca. Todo muy extraño, sí. Pero sólo es un curso de redes. Canalejas ocho de la mañana, la luz del día desperezándose lentamente. Un hombre con expresión de prisionero de guerra se arrebuja en una manta sobre el suelo mojado con un vaso vacío anhelando el entrechocar de las primeras monedas. Tan vacío el vaso que produce vértigo de abismo. A las ocho de la noche, pasea trajeado por Preciados. Otros hombres ofrecen paraguas a los inconscientes que desafiamos a la lluvia, quieren comprar el oro que no poseemos, que entremos a consumir en sus locales o que nos dignemos a aceptar un papel alargado con mensajes multicolores que acabarán su efímera historia en la papelera más próxima. Y algunos mendigan extendidos en el suelo con un lenguaje servil del siglo de oro. Unos, tarados. La mayoría, simplemente vencidos. En cualquier caso, una auténtica legión de desesperados. En todas las esquinas, en todas las aceras, omnipresentes e invisibles en el centro de un enjambre. ¿Cómo es posible tanta soledad con tanta compañía? Como todo el mundo, los sorteo, los ignoro como si no existieran para seguir disfrutando la torpe ilusión de que la vida es bella y continúo mi deriva entre vestigios de apolilladas grandezas. Pero esto no es lo que quería contar.
Aranjuez, tercer día. Me he escapado sin hacer ruido, dejando mi sombra aburrida en la butaca y abandonando a su suerte a aquella panda de abducidos. En un garaje, cinco jóvenes luchan por sacar su empresa de la selva y llevarla al claro. Justo lo contrario de aquellas almas grises que languidecen en un salón de actos entre aplicaciones, protocolos y tecnologías proyectadas sobre una pared muerta. Hablamos. Convergemos en las ideas, en los proyectos, en las ilusiones. Sin moqueta, sin paredes tapizadas, sin cómodas butacas aterciopeladas en las que adormecer los sueños y acomodar las vidas. En Aranjuez hay luz y firmamos un contrato. Sonrisas, apretones de manos y la maquinaria, bien engrasada, se pone en marcha. La cuenta atrás para la publicación de El Heredero de Aldara ha comenzado. El tiempo justo para saborear el momento y vuelta a Madrid y al hostal. Diez minutos reposando el cuerpo y la mente, y de nuevo las calles mojadas. Los coches molestan tanto como los mendigos, pero cierro los ojos. A fin de cuentas, yo también tengo que continuar. Dos cervezas, una tapa y despertador a las siete. Pero los empujones en el metro, mientras miro mis propios pies como si temiera la mirada de los demás, tienen un sabor distinto. Y una sonrisa adorna mi cara. Días extraños de lluvia y cansancio, de luces y sombras, pero algunos sueños se cumplen. Aunque se tenga que luchar por ellos media vida.
Aranjuez, tercer día. Me he escapado sin hacer ruido, dejando mi sombra aburrida en la butaca y abandonando a su suerte a aquella panda de abducidos. En un garaje, cinco jóvenes luchan por sacar su empresa de la selva y llevarla al claro. Justo lo contrario de aquellas almas grises que languidecen en un salón de actos entre aplicaciones, protocolos y tecnologías proyectadas sobre una pared muerta. Hablamos. Convergemos en las ideas, en los proyectos, en las ilusiones. Sin moqueta, sin paredes tapizadas, sin cómodas butacas aterciopeladas en las que adormecer los sueños y acomodar las vidas. En Aranjuez hay luz y firmamos un contrato. Sonrisas, apretones de manos y la maquinaria, bien engrasada, se pone en marcha. La cuenta atrás para la publicación de El Heredero de Aldara ha comenzado. El tiempo justo para saborear el momento y vuelta a Madrid y al hostal. Diez minutos reposando el cuerpo y la mente, y de nuevo las calles mojadas. Los coches molestan tanto como los mendigos, pero cierro los ojos. A fin de cuentas, yo también tengo que continuar. Dos cervezas, una tapa y despertador a las siete. Pero los empujones en el metro, mientras miro mis propios pies como si temiera la mirada de los demás, tienen un sabor distinto. Y una sonrisa adorna mi cara. Días extraños de lluvia y cansancio, de luces y sombras, pero algunos sueños se cumplen. Aunque se tenga que luchar por ellos media vida.
miércoles, 9 de febrero de 2011
La carta
Algunos días llueve. Y cuando la lluvia llega acompañada de tormenta nos deshacemos por dentro diluyendo nuestro espíritu en ese agua que se apura por alcanzar el mar. Así es la vida. Mucho de nosotros va quedando en el camino por más que tras la tormenta salga el sol. Pero algunos días el sol brilla mucho. Son esos días en que lo que hemos sembrado comienza a germinar dejando atrás el invierno. Y hoy es para mi uno de esos días, así que no me voy a dedicar a martirizar a ninguno de mis personajes. Ni siquiera voy a imaginarlos porque sólo quiero dedicarme a disfrutar lentamente de ese sol que aún me sonríe a pesar de que ya alcanzamos la media noche. Y es que hoy he recibido una carta. Si, una carta de esas que trae el cartero tan raramente cuando uno no espera más que recibir la factura del teléfono. Una carta con franqueo urgente. En el sobre había un membrete que me ha hecho contener el aliento y vacilar un instante como si temiera abrirlo. La última tormenta había dejado una huella profunda y no tenía cuerpo para más. He abierto el sobre con cuidado y de dentro ha salido el sol, así que voy a compartir con vosotros las primeras palabras que he leído:
Estimado Enric C. Pedrón,
Me dirijo a ti con el fin de comunicarte que estoy interesado en editar El Heredero de Aldara.
Así pues, las cosas pintan bien y quizás pronto podáis tener mi primera novela en vuestras manos.
Estimado Enric C. Pedrón,
Me dirijo a ti con el fin de comunicarte que estoy interesado en editar El Heredero de Aldara.
Así pues, las cosas pintan bien y quizás pronto podáis tener mi primera novela en vuestras manos.
jueves, 3 de febrero de 2011
El día de la ira
Hay días en que uno está especialmente cabreado. Creo que ese es un sentimiento humano permisible de tanto en tanto que no tenemos por qué guardar para nosotros solos y hoy voy a compartirlo. Pero yo soy de esos que no quieren que otros paguen su ira, así que la he cargado sobre uno de los personajes de la historia que os dejo a continuación. Bueno, en realidad los dos personajes de la historia están bien jodidos. Que me perdonen. Ja ja ja...
UNA BONITA MAÑANA DE PRIMAVERA
Dicen que el sol no brilla para todos con la misma intensidad. Desde luego, para Juan Pérez no brillaba en absoluto en aquellos días soleados de la primavera de 2032. Por decirlo de una forma suave, Juan vivía atrapado en una tempestad interior desde hacía una semana, aunque sería más correcto calificar su estado anímico de vorágine de furia que lo devoraba sin piedad desde que conociera la noticia. Siete días fatídicos que habían transcurrido a la velocidad del rayo camino del colapso final. Una situación cruel, pues los últimos veintitrés meses habían pasado lentos cual tortuga coja para su desespero. Y es que Juan Pérez estaba a punto de jubilación. A punto de jubilación, sí, pero a los sesentaisiete, no a los sesentaicinco como sus padres, así que aquellos últimos veintitres meses y una semana le parecían de más, como si se los hubieran robado. Estaba cansado. Qué coño cansado. La espera se había hecho eterna y estaba exhausto, agotado, sin aliento... Eterna hasta que llegó la noticia. A un mes de la jubilación, el tiempo había comenzado a resbalar sin freno pendiente abajo. A Juan Pérez le habían detectado un cáncer.
- ¿Cuánto me queda, doctor? Quiero sinceridad. Vivo solo. Necesito arreglar algunas cosas y despedirme de algunas personas.
- Lo siento, Juan. Sólo le queda un mes.
¿Cómo era posible tanto infortunio? Nada peor que morir en el momento en que se alcanza la línea de meta. Bueno, sí. Era peor caer en el camino, pero llegar a la meta y no poder disfrutar del triunfo daba mucha rabia. Tanta que Juan Pérez moría ya en esa cruel y veloz cuenta atrás. Sólo le quedaban tres semanas y había tomado una determinación tan firme e inapelable como su diagnóstico: tenía una pistola e iba a usarla. No contra él mismo, no, que Juan Pérez era un superviviente e iba a resistir hasta el último aliento. El hombre que había tomado la decisión de alargar la agonía laboral de los demás compraba cada día el diario en el quiosco de la esquina mientras disfrutaba, desde hacía algunas décadas, de su dorada jubilación. Ese día, Juan iba a por él. Al menos, las tres últimas semanas disfrutaría de su gesta.
Eran casi las diez de la mañana y Juan tenía visita médica a las once, pero no había problema. Le daría tiempo porque su víctima era un hombre de costumbres. Llegaría puntual a su cita diaria con la quiosquera, entregaría la moneda y partiría hacia el mismo banco del mismo parque de siempre. Juan lo abordaría en el quiosco mismo, a la vista de todos. No tenía ganas de perseguirlo. Mientras se acercaba a su destino, su mente centrifugaba los argumentos que lo justificaban y cada vez lo veía más claro.
El hombre cruzó la calle y se paró un momento en la esquina para cerrar los ojos al sol disfrutando de su calor, se recolocó un poco la chaqueta y se acercó al quiosco. Sólo dijo buenos días y entregó la moneda con su eterna sonrisa de oreja a oreja enarcando las cejas en una maniobra imposible. Las canas y las arrugas habían respetado rigurosamente aquella expresión ingenua que tantas adhesiones recolectó en sus mejores días, aunque los días de los que disfrutaba desde hacía tiempo no estaban nada mal. A Juan no le tembló el pulso. Había esperado un único minuto de perfecta sincronía simulando escoger lectura y ya lo tenía a tiro. Sacó la pistola y apuntó. Sólo dijo una palabra. Diez letras que sonaron como un saludo.
- Presidente...
Tres truenos rompieron la quietud de la mañana. Hacía sol, sí. Un precioso día de primavera también para Juan Pérez, que de repente se sintió recuperado de todos sus males. Respiró hondo y disfrutó el olor de la pólvora. Los pocos testigos que transitaban la escena estaban helados. Sólo una señora se había atrevido a lanzar un grito al aire. La victima miraba a Juan desde el suelo con expresión transpuesta, sin su famosa sonrisa y con las cejas enarcadas hasta el infinito. Se tocaba el pecho en busca de una sangre que se negaba a brotar. No entendía nada. No conocía al pistolero y no sabía por qué lo había hecho, pero Juan no daría ninguna explicación. Sólo se despediría antes de alejarse de allí con una tranquilidad que hacía años que no sentía.
- Yo estoy jodido, cabrón -dijo Juan-, pero a ti el susto no te lo quita nadie.
Desde luego, aquella pistola de petardos que Juan Pérez conservaba desde su infancia era un escándalo. La espera hacia la jubilación final acababa de entrar en una fase de harmonía inesperada. Sí, era una bonita mañana de primavera.
martes, 1 de febrero de 2011
Para empezar...
Llevaba ya tiempo deseando escribir un blog, supongo que por culpa de esa extraña necesidad humana de comunicar a los demás las inquietudes propias. Pero cuando uno es una persona realmente inquieta no se acaba de decidir por un solo camino y corre el riesgo perderse en el laberinto. Me ha costado decidirme, pero al fin me he puesto manos a la obra para compartir mi faceta más artística y la de mis amigos, si es que me dejan. Aunque supongo que será inevitable que de vez en cuando asomen a esta ventana alguna de mis otras inquietudes, intentaré centrarme en mi faceta literaria. Para empezar, aquí os dejo una historia de mi primer libro Amor en paro, editado por Islavaria.
De casa al trabajo, del trabajo a casa -siempre caminando en la pequeña ciudad en que vivíamos por aquel entonces- era la rutina de la que no me desprendía ni los fines de semana. Un paseo, con el tiempo suficiente como para no tener prisa, por el placer mismo del camino. El paseo de las acacias en las lindes de la vía del tren, la calle de los libreros, el viejo puente sobre la riera... Sí, en efecto, daba un buen rodeo, pero la ruta más corta -el boulevard comercial, la avenida, la zona financiera- no despertaba en mi más que un vacío revestido de sabor amargo que no hacía otra cosa que ahuyentarme como el clavo a las moscas. Así que transitaba aquellos parajes huérfanos que mi mujer -y casi todos nuestros paisanos- evitaba con obstinación como si el ajetreo y el humo de los coches formaran parte de su dieta.
Al otro lado del puente, en la ribera norte de la riera, había un jardincito en el que siempre me detenía. Su banco solitario no tenía quien lo ocupara si no era yo. A unos pasos, una fuente adosada a la pared regalaba a los gorriones y los mirlos su agua lenta y cantarina. Un viejo jazminero la enmarcaba con su follaje ligero y con su dulce aroma de verano. La brisa del agua esparcía la fragancia hasta el banco en el que yo esperaba hasta llenarme de ella inspirando, sin prisa, una y otra vez. Entonces, llegaban a mi mente recuerdos de esa infancia lejana en el pueblo, de aquellas interminables vacaciones estivales de juegos, de cuentos, de baños en el río.
En una ocasión, propuse a mi mujer sembrar un jazminero en nuestra exigua terraza y me contestó que los jazmines olían a vieja.
- Sí -añadió-. Las abuelas se ponían un ramillete en el vestido engarzado con un imperdible para disimular el olor de la vejez.
Eso era rigurosamente cierto, y su afirmación sirvió para atarme definitivamente a aquel jardincito de la ribera norte. Aquel rincón pequeño y asilvestrado olía igual de bien que mi abuela.
Saludo a navegantes nocturnos
Un teclado a media luz en el silencio de la noche. El timón de un barco cruzando el océano bajo un cielo estrellado. No hay fronteras. No hay leyes ni reyes ni esclavos. Sólo una brújula y un mar por descubrir. Adelante, marinero...
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