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martes, 13 de enero de 2015

EL ABRAZO DE LA LUNA CENICIENTA fragmento

Dicen que el tiempo cura las heridas. Yo no sé si ha curado alguna de las mías, pero, al menos, he perdido la costumbre de martirizarme hurgando en ellas como una rata en un estercolero. A veces, en aquel tiempo desapacible en que aún me sentía rehén de mi propia historia, me pasaba la tarde sentada en la butaca orejera de mi padre debajo de un viejo, polvoriento y carcomido reloj de pared que abandoné a su suerte hace muchos años. En aquella butaca en la que el comandante había pasado tantas horas en sus años de decadencia, rebuscaba por los rincones polvorientos de mi memoria cualquier cosa que me ayudara a mantenerme a flote. Una tarea larga, penosa e ingrata en general a pesar, incluso, de la ingenua y feliz infancia. Entre los recuerdos más antiguos que conseguí rescatar en la soledad de aquellos días destaca el del reloj de pared. Mi memoria guarda aún la expresión de mi padre cuando lo tumbaba sobre la mesa y lo abría para esparcir sobre un trapo blanco la multitud de diminutas piezas metálicas que escondían sus entrañas. Las colocaba siempre en la misma posición, como si el trapo tuviera marcada la silueta de cada una de ellas, mientras apuraba muy despacio un vaso de agua sin dejar de observar aquellas ruedas dentadas, aquellos muelles y aquellos ejes como si ocultaran el misterio del tiempo. Era una liturgia que lo abstraía del mundo llevándolo a un sosegado éxtasis del que a nadie se le habría ocurrido apartarlo. Pasaba un par de horas limpiando, engrasando y ajustando cada mecanismo con unos movimientos pausados y precisos que despertaban mi admiración. Era como si sus manos tuvieran magia. Cuando el péndulo regresaba a la vida, suspiraba y me daba un beso en la frente agradecido, quizá, de que hubiera tenido la paciencia de acompañarlo en silencio durante aquella larga ceremonia. Cuando sonaba la primera campanada, su expresión se iluminaba con una sonrisa especial. Contemplé aquel rito docenas de veces –por inercia, por lealtad, qué sé yo- hasta que el alzhéimer desincronizó los mecanismos de su cabeza para siempre. Cuando ya no fue posible que mi padre siguiera dándole cuerda, cuando ya había perdido toda conciencia del paso del tiempo y de nada le servía escuchar aquellas campanadas metálicas, continué dando vida al reloj para que tuviera alguna referencia de ese mundo que se le escapaba y el artilugio, más mal que bien, siguió tocando las horas hasta el final. Hacía muchos años que el reloj de mi padre, que heredó de su padre, marcaba las doce menos cuarto. Casi medianoche, aunque eso solo lo sabía yo porque el ingenio era incapaz de diferenciar una mitad del día de la otra. No sé por qué, la vida de mi padre y la del reloj se pararon al mismo tiempo como si estuvieran unidas por un nexo invisible. Nunca quise volver a darle cuerda y así sigue, tan muerto como él y encerrado en la soledad agónica de un piso vacío.

En aquella butaca y con el reloj parado, las horas adquirían una extraña elasticidad. Se estiraban o contraían a su propio antojo. A veces, tenía la sensación de que el tiempo dejaba de fluir, de que dejaba de herir, y en esa intemporalidad subsistía desde media tarde esperando que las tinieblas se colaran poco a poco por la ventana de la cocina para inundar desde el pasillo toda la casa. Esa oscuridad que diluye las sombras, que transforma en invisible lo que se ve e ilumina lo que no se ve, que incuba los pensamientos más erráticos. Entonces, mi mente eludía los límites de aquellas cuatro paredes para navegar de un puerto a otro surcando mares atormentados, para cruzar desiertos estériles o para seguir caminos imposibles. Un viaje a la nada de mi propia esencia, al vacío y a la derrota. Y, al final, un nombre. Un simple nombre de mujer. María, Juana, Luisa o cualquier otro nombre de una mujer sencilla, de origen humilde. Me la imaginaba madrugando para dejar la comida hecha antes de acudir al trabajo. Quizá tuviera algún niño pequeño que dejar en la escuela. Y, después, fregaría un par de escaleras de enormes y desangeladas fincas de vecinos. Alguna oficina bancaria, alguna casa particular. O tal vez María, Juana, Luisa era una mujer de campo que apenas había acudido a la escuela. Arreglaba su casa, hacía la compra y después caminaba hasta el pequeño huerto familiar en las afueras, donde tenía un cobertizo y un corral con unas pocas gallinas que alimentar con las escasas sobras de la cocina y pan mojado. Una mujer pobre que, sin duda, arrastraba el peso de la ausencia. No conocía la vida de los pobres. Ni siquiera me había dado por reparar en su existencia hasta bien entrada la edad adulta, pero la imaginaba como un edificio sin cimientos y amueblado de melamina. Una existencia construida de vacíos y renuncias en un estado de desgracia permanente. Quizás dramatizaba demasiado porque, como supe más tarde, la pobreza tiene muchas caras. Desde luego, existían perspectivas mucho peores, como me sugirieron un maldito día que debería de haber olvidado, pero mi mente se negaba a cruzar algunas fronteras.

Hace muchos años que no me siento en la butaca orejera de mi padre. Dejé de hacerlo en cuanto supe toda la verdad, en el momento en que dejó de tener sentido buscar respuestas en la oscuridad de la noche, cuando ya estaba harta de clavarme puñaladas para derramar una sangre impura y purgar mi espíritu atormentado. La verdad libera, si, pero envenena el alma en la misma medida. Por qué continúo viva es un misterio, como si el destino hubiera decidido burlarse de mí dándome tiempo para sufrir el martirio, aunque incluso al dolor se acostumbra una si ese dolor te hace libre. Libre de la gran culpa. Nunca debí regresar a aquella casa. Fue un error que no supe ver hasta el día en que la abandoné harta también de que las sombras me persiguieran por los pasillos. Cuando ya no podía acumular más rabia sin reventar, destrocé la butaca con un cuchillo de carnicero y cerré la puerta tras de mí. Ahora que los días se precipitan hacia el final, asoman de nuevo todos los fantasmas como si quisieran despedirse y vuelvo a ver a mi padre sentado en su butaca. Sufro el peso de su mirada segura, libre de esa culpa que acabó destrozándome y que él nunca pareció sentir. Terminé cargando yo con aquel peso por el simple hecho de que alguien tenía que hacerlo. Alguien tenía que pagar por tanto mal.

No sé cuánto tiempo he pasado pensando en cómo comenzar esta historia, pero recuerdo muy bien el día en que sentí la necesidad de hacerlo. Fue un catorce de febrero de hace cincuenta y ocho años. Ironías de la vida, por San Valentín aunque esta no sea, precisamente, una historia de amor. Me ha costado, sí, pero a veces los recuerdos duelen de tal forma que desfallecen en los rincones para no dejarse ver. Chispeaba bajo un gris plomizo. Hacía tiempo que el olor heterogéneo de las calles se había apartado de mi memoria, empujado por otros olores de medicinas y desinfectantes, de sudores nerviosos entre paredes blancas. Cerré los ojos dejándome acariciar por la brisa que callejeaba en la mañana. El humo de los coches, el asfalto mojado, los orines en las esquinas y mil cosas más a cual peor. La ciudad era la misma de siempre, pero yo había cambiado. Tardé un rato en sentir el aroma de las panaderías recién abiertas y el de la tierra húmeda en los parterres, aunque no disfruté de aquel regreso a la vida porque mi vida no era más que un inmenso vacío olvidado entre dos mundos. El que viví y el que debería de haber vivido.

Cincuenta y ocho años, eso es. Desde el día en que abandoné el hospital. Más de media vida juntando las piezas del rompecabezas de mi memoria, anotando en una libreta los retazos que iba rescatando del pozo de mi mente con un chirrido de polea oxidada, estirando despacio de la cuerda para no derramar el agua, sintiendo el dolor en los brazos. He buscado, sí, pero también he aguantado la sed muchas veces para no volver a saborear el brebaje amargo de algunos de mis recuerdos.

Si tengo que comenzar por el principio, por mis recuerdos más lejanos -más allá, incluso, que el del viejo reloj de pared-, hablaré de las largas mañanas de verano en la playa a la que siempre me llevaba mi padre y a la que rara vez –estoy segura de eso a pesar de que mi memoria no alcance a tanto- acudía Alejandra. Era una playa privada, aunque eso lo supe mucho después porque a esa edad aún me faltaban por establecer casi todos los conceptos.

La playa tenía un restaurante, una cafetería en la que servían unos helados de tres bolas impresionantes, una piscina, un grupo de columpios -que incluía una de aquellas bolas metálicas con barra central para deslizarse que en aquel tiempo me parecía inexpugnable- y un jardín aterrazado con sillares de arenisca repleto de flores. Era algo así como un pequeño paraíso. Yo sentía un orgullo infinito al caminar por la orilla del mar de la mano de mi padre con mi bañador de volantes. El comandante era alto, guapo, esbelto. Andaba estirado como un palo, con un bigotillo que le daba un aire de solemnidad, incluso en traje de baño, que me enloquecía. Los otros hombres que se cruzaban con él lo saludaban dando un taconazo que debían hacerse daño en los tobillos. Yo no tenía ni idea de qué significaba todo aquello, pero estaba segura de que mi padre poseía un poder sobrenatural. No como los héroes de cómic. No se dedicaba a luchar contra el mal a puñetazo limpio ni salía volando hacia el infinito. Simplemente, irradiaba el poder y los demás le rendían pleitesía. Podría haberles ordenado cualquier cosa, podría haberlos sometido con una sola palabra, pero él se limitaba a pasear a mi lado con una sonrisa en los labios. Si alguna vez le tocó cuadrarse a él, mi mente no lo guardó.

- Buenos días, mi comandante -decían, con la barbilla levantada y entrecerrando los ojos deslumbrados por el sol rabioso de los veranos del mediterráneo. Yo apretaba su mano con emoción. Creía que nada malo podría ocurrirme jamás en la compañía de aquel hombre adorado.

Es uno de los recuerdos más bellos que conservo. El mejor, quizá. Lo había perdido completamente, pero regresó emergiendo del álbum de fotos familiar al que me aferré como un náufrago a un madero cuando el barco de mi vida se fue a pique. Un puñado de fotografías descoloridas que contaban historias ocultas en la oscuridad del tiempo. Pasé muchas horas mirando aquella foto a la orilla del mar en la que ambos aparecíamos cogidos de la mano y con una sonrisa de oreja a oreja. Tal vez la tomó Alejandra. No lo sé, aunque supongo que no porque ella casi siempre se quedaba en casa sin que nadie la echara de menos. En el reverso de la foto aparecían el lugar y la fecha, costumbre de mi padre, que era un hombre obsesivamente ordenado. Regresé un día a aquella playa con el carné de socio vitalicio del comandante. Estuve un rato allí rastreando mi memoria y comenzaron a salir de ella cada uno de los detalles que tenía ante mis ojos. Sin embargo, aquella foto era demasiado antigua para algunas de las cosas que veía a mí alrededor. Mi mente construía, a través de mis ojos, un recuerdo tan bello que llenaba mi infancia de presencias, de momentos, de una felicidad que necesitaba tanto como el respirar. Hasta que fui consciente de que en realidad no recordaba nada. De que el olor del mar no era el mismo que escondía la foto. De que aquella felicidad la había imaginado encadenando instantes. Alejandra decía que yo era una naranja sin zumo. Mi padre se enfadaba y me defendía argumentando que solo era un poco introvertida. Él sí sabía arrancarme una sonrisa, como cuando comenzaba a hablarme con jerga y acento argentino.

- ¡Che, pelotuda! ¿Tienes quilombos o estás al pedo?

Yo no entendía nada, pero con unas simples palabras me sacaba de mi apatía y me transformaba. Reíamos, jugábamos, me contaba cuentos. El recuerdo de la playa solo era un espejismo en el desierto de mi mente, pero la foto estaba ahí y decidí quedarme con él por pura supervivencia. Un recuerdo claro y transparente como las aguas de aquel mar olvidado.

El comandante era el centro gravitatorio de la vida familiar y de nuestro pequeño mundo social, aunque una y otra cosa no eran más que subconjuntos de su inmenso universo de relaciones. Por aquel entonces yo no era consciente del poco peso que su familia tenía en su vida y me gustaba creer que solo tenía pensamientos para mí, que yo era la niña de sus ojos, el aliento de sus días, la dulzura de sus sueños a pesar de que, tengo que reconocerlo, siempre he sido un poco arisca. Él era un rey y yo una princesa. Incluso nos disfrazamos así una vez por carnaval y nos hicimos una foto. El mundo era perfecto. Es increíble cómo sabía hacerme feliz dedicándome solo el tiempo que le sobraba. He llorado delante de esa fotografía más de una vez. Creo que tampoco la disparó Alejandra. Él me quería y yo le quería, pero ese rey y esa princesa ya no existen. Solo son una mentira más de ese tiempo que no se detuvo para eternizar los años felices. Después de todo, la verdad es un gato negro en la oscuridad que cierra los ojos para no ser visto. Una noche me acerqué a su cama. Había llovido mucho desde aquella fiesta de carnaval momificada en el descolorido papel fotográfico. El comandante aún no dormía. Nos miramos a los ojos. Ambos sabíamos lo que iba a ocurrir y no opuso resistencia. Retiré la almohada de debajo de su cabeza y lo asfixié con ella sin sentir nada. No, al menos, hasta que tuvo la última convulsión, el último estertor que aguantó con una disciplina militar como si alguien le hubiera dado la orden de hacerlo. Cuando, aterrada y jadeante, regresé al salón, el maldito reloj de pared sobre la maldita butaca orejera se había parado para marcar esa maldita hora para siempre.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Navidad again

Por fin es Navidad después de todo un año de espera. Pongo las noticias mientras desayuno y me entero de que el Papa Noel ya ha repartido todos los regalos. Una noche dura, sin duda, aunque cada año lo veo más fondón, más pesado, más viejo. Y como a mi los años me convierten en un ser desagradable y escéptico, empiezo a creerme que no lo hace él solo y sospecho que tiene algún ayudante. También ponen fragmentos del discurso del rey. Lástima que no lo pude ver en noche buena y me tenga que contentar con el resumen. ¡Nuestro nuevo rey! Habló explicitamente del paro, de la corrupción, de los catalanes y... ¿Y de qué más? O, mejor dicho, ¿y de quién más? Pues no,vaya por Dios, no la nombró. También el Papa hizo su discurso, aunque me acuerdo menos de lo que dijo. Hay que ver qué lejos llega la voz de los poderosos. Lo digo con admiración, que os veo a algunos pensar que ya estoy otra vez criticando y que no son días para eso. Pero ya que me estáis juzgando os voy a hacer una pregunta: ¿sabéis qué estamos celebrando hoy? Claro, claro. Sí que lo sabéis. No es por nada que esta es una de las tres fiestas grandes del cristianismo. Celebramos la llegada de el esperado. Nuestro mesías. Vaya, Jesucristo. Se supone que nació tal día como hoy. Es tiempo de esperanza. Pero, ¿y si os pregunto por la segunda fiesta grande, la Pascua? Ya os veo a algunos dudar. A ver con el nombre completo: Pascua de Resurrección. Claro, ahora con pistas es más fácil. Tiempo de dolor, sí, aunque sé de buena tinta que algunos lo aprovecháis para iros de fiesta a Cancún. Bueno, venga. Aprovados. Vamos por la tercera: Pentecostés. Bueeeeno. Ahora miramos al techo, ¿no? A ver si recitando: "Veni, Sancte Spiritus, et emitte caelitus lucis tuae radium". Nada, ni por aquellas. Hay que ver qué poco vais a misa. ¡La venida del Espíritu Santo! ¡Lo de la llamita encima de la cabeza! Tiempo, sin duda, de misterio.

Por cierto que tengo una amiga que cree en eso de los espíritus, dice que sabe llamar a los ángeles y mil cosas más por el estilo. Hay que ver qué tendencia más rara tenemos a creer en lo más difuso para convertirlo en una verdad. Su argumento más sólido para convencerme de por qué no estamos disfrutando todos de la luz de ese conocimiento es que la humanidad no está preparada para ello. ¿A qué me suena eso? Ah, sí. Al conocimiento iniciático que han explotado todas las sectas para intentar someternos. Algunas han triunfado y ahora, después de innombrables, innumerables e injustificables tropelías, son cultura, patrimonio de la humanidad, y tenemos que sostenerlas con los recursos de todos. Igual lo de mi amiga triunfa algún día y la mujer se convierte en la Mama de millones y millones de adeptos.

Bueno, parece que no tengo precisamente el don de la oportunidad y que escojo el peor de los días para hablar de estas cosas. Pero, qué puñetas, anoche canté villancicos hasta reventar y hoy voy a celebrar una espléndida comida con la familia. Que, por poco crédulo que sea, soy tan contradictorio como cualquiera.

Venga, Feliz Navidad.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Más BOE

Continuando con mi manía de leer el BOE -genio y figura...-, hoy me encuentro con una cosa interesante. Obviando la manía persecutoria más o menos justificada del gobierno en cuanto a consultas populares de la que no quiero hablar porque cada vez me interesa menos y que hoy tiene extenso reflejo en nuestro apreciado boletín, me doy de narices con el Real Decreto 919/2014, de 31 de octubre, por el que se aprueba el Estatuto del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno. Magnífico. Me alegra sobremanera que el gobierno de este país se preocupe por luchar denodadamente contra el cáncer de la corrupción por más que la impresión de metástasis irreversible que tenemos los ciudadanos nos haga sentirnos pesimistas. Leo el preámbulo y no puedo evitar que me venga a la memoria Alicia en el país de las maravillas. El ciudadano como centro del interés nacional. Qué bonito. Lo firmo de inmediato. Pasamos al articulado. Objetivos: ummmm. Me relamo de gusto. Funciones: sublime. Bonito capítulo I. Seguimos. Capítulo II: Órganos del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno. ¡Joder!, ¿qué coño es esto? Tengo que respirar. Abro la ventana aunque hace un frío que pela, pero es que me siento mareado. Más bien diría que tengo ganas de vomitar. Me explico: El Presidente del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno será nombrado por real decreto del Consejo de Ministros a propuesta del titular del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas. ¿Y los miembros del Consejo? Un diputado, un senador, un representante del Tribunal de Cuentas... Puag, más de lo mismo. El puto poder controlando al puto poder. Como el Banco de España, como el Tribunal de Cuentas, como la Agencia Española de Protección de datos, el Tribunal Constitucional, El CGPJ, la CNMV, etc, etc, etc. No puedo más. ¿Alguien tiene verdadero interés en arreglar esto? No volveré a votar a quien no me prometa un cambio radical, de raíz, un borrón y cuenta nueva. Creo que incluso los que más prometen se quedan cortos respecto a lo que necesita este país. En fin. Siempre me queda el consuelo de un buen libro. Hoy toca Stephen King. Alguien se preguntará qué es lo que entiendo yo por buena literatura. Bueno, también yo puedo equivocarme, pero cuando menos me sirve para curarme de espanto.

viernes, 26 de septiembre de 2014

BOE mon amour

Quizá es preferible leerse las obras completas de Galdós, Tirso de Molita o Molièr, pero tengo que confesar mi debilidad por el BOE, que también puede considerarse como una recopilación de la totalidad de las obras de un gobierno. A lo mejor incluso podría venderse así. Imagínese en las librerías. Obras Completas del Gobierno de Rajoy. O, mejor aún, en entregas semanales en los kioskos. Un delirio, un éxito de ventas, un triunfo del marketing con su propio merchandising. Una estantería en su casa con los fascículos encuadernados y los muñequitos de los ministros, portavoces, secretarios de estado, subsecretarios y demás altos cargos del gobierno y sus ministerios. Mariano, Soraya, la Cospe, Wert, el glorioso Beteta, el condecorador de Vírgenes... Espero que nadie me pise la idea.

La cuestión es que en los últimos días el BOE ha traido algunos relatos interesantes. El que más, como no, el del día 24, con el magnífico Real Decreto 815/2014 de 23 de septiembre, por el que se dispone el cese de don Alberto Ruiz-Gallardón Jiménez como Ministro de Justicia. ¿Tendría que excluirse el muñequito de la colección? No voy comentar nada al respecto porque han corrido rios de tinta y quien más quien menos se ha enterado del affaire. El que sí voy a comentar es el del 17, que trae la Ley 15/2014, de 16 de septiembre, de racionalización del Sector Público y otras medidas de reforma administrativa. Mucho ha presumido el gobierno de haber eliminado más de 2.000 organismos de la agigantada administración española, pero si nos vamos al artículo 3 de la Ley nos encontramos con uno interesante que se ha salvado de la quema, la Obra Pía de los Santos Lugares.¡Oh, gran Entidad Estatal de Derecho Público! Copio y pego:

La Obra Pía de los Santos Lugares tiene como fin primordial conservar y gestionar el patrimonio perteneciente a dicha entidad.

Asimismo, son fines de la entidad:

a) Sostener la Basílica-Museo de San Francisco el Grande de Madrid.

b) Mantener e incrementar la presencia española en Tierra Santa.

c) Promover el estudio de la historia de la presencia española en los pueblos del Mediterráneo y Oriente Medio y, en especial, en Tierra Santa.

d) Coadyuvar la labor humanitaria y educativa en esa misma área.

¡Esto sí que son intereses de estado! Se especifica en la norma que el personal al servicio de la obra será funcionario y laboral en los mismos términos que los establecidos para la Administración General del Estado. Magnífico. El punto 5 del artículo tampoco tiene desperdicio:

El presupuesto de la Obra Pía de los Santos Lugares se ajustará a la estructura presupuestaria que señale el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas, a efectos de su integración en los Presupuestos Generales del Estado.

Podría continuar sacándole punta al artículo, pero no quiero alargarme. Eso sí, propongo a todo el mundo que tenga un ejemplar del BOE en la mesita de noche. O se duerme del aburrimiento o se desvela del cabreo, que noticias tan bonitas como la de Gallardón trae pocas.

jueves, 25 de septiembre de 2014

AMOR OROGÉNICO, de Rosa María Mateos

Hoy traigo un relato de una buena amiga, ganador de un concurso del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Rosa María Mateos es geóloga y su relato incluye algunos términos técnicos fácilmente asimilables. Un relato original que me apetece, con su permiso, compartir con vosotros.

AMOR OROGÉNICO

Rosa María Mateos Ruíz

Mi amor,

He llegado a la ciudad y es cierto que te falta el aire. La altura te golpea la cabeza con una cadencia que te hace perder la vertical, y el ángulo de tu cuerpo con el suelo se va haciendo cada vez más agudo. He abierto la ventana del hotel, y la gran cordillera se ha metido en la habitación, sin pedir permiso. Por un momento he recordado a esos gigantones hijos míos que llenan la casa con su espacio, haciéndose dueños de todo.

Será que me estoy haciendo mayor. Me vienen los recuerdos de mi escuela cuando aún mi madre me peinaba con coletas. La maestra nos enseñaba geografía en el jardín, sobre aquellos mapas en relieve primorosamente dibujados en el suelo. El Mundo estaba allí, con sus países, ríos y cordilleras.

- Señorita, diríjase a los Alpes.

- ¿Eso es el Tajo? Molina, ¡que está usted en Francia!

- Que hartita me tenéis.

Y manteníamos el equilibrio a la pata coja sobre el Mulhacén, el Aneto y corríamos Duero arriba, Guadiana abajo, alegres por estar al aire libre. Me pongo las gafas para mirar bien estas montañas, tan jóvenes que aún babean lava de vez en cuando. Intuyo grandes derrumbes en las vertiginosas vertientes, que arrasaron bosques de lengas y canelos, fruto de las impetuosas sacudidas telúricas. Vislumbro con claridad los profundos valles que antaño albergaron ríos de hielo y que ahora mueren colgados sobre el lago. Las nubes quedan retenidas en los puntiagudos penachos volcánicos, congelados en el tiempo y en el espacio, en la misma cocorota de las montañas. Y allá, en los altos riscos, el cóndor despliega sus alas al filo de dos mundos: el terrestre y el marino. ¡Maldita Naturaleza adolescente! Estas soberbias masas de roca seguirán ahí cuando ya mis genes se hayan disipado; millones de años en pie mirarán desde las alturas a todas las especies que nos sucederán. Pero nada puede escapar a su destino, también ellas morirán algún día en su lenta deriva sobre la Astenosfera, hasta ser devoradas sin pasión en una profunda fosa oceánica.

Ahora mi vista se desvía a un segundo plano, donde los relieves se suavizan y desparecen los barrancos; allí donde la cordillera se difumina y desliza hacia el océano. Y en este paisaje me siento mejor, porque quiero ser yo en el ecuador de mi vida, libre de cualquier fuerza titánica que pueda alterar mi confortable espacio y donde solo reine la calma y la ternura. Pero no, justo cuando me había convertido en una suave colina, recuperada de las heridas y surcos que me dejó la erosión de la vida, apareces tú. De tal calibre es la sacudida de tus ojos azules que se han despertado las fallas cegadas en mi interior. Todo se mueve en este cuerpo que creía inerte; miles de fuerzas se conjugan y conjuran para levantar mi maltrecha existencia. Quisiera saber el mecanismo que permite al magma ascender a la superficie. Es lo mismo que siento en el punto exacto del núcleo interno de mi vientre, cuando tu piel se acerca a la mía. Ya no quiero vivir sin el ruido del agua, ese rumor de manantiales termales que brotan al calor de tus caricias. ¿Será esto lo que mis colegas llaman orogenia?

Y ahora comprendo que todos los embates con los que me ha golpeado la vida eran para esperarte. Mi divorcio, mi grave enfermedad, la pérdida de mi pequeña. Todo ese dolor me dejó flotando sobre el fango del desánimo, mecida por aguas turbias que adormecen con su vaivén. Pero al igual que la Tierra se regenera después de una hecatombe, yo también he florecido de mis propias cenizas, borrando de mi mapa lamentos, penas y tristezas, como una gran extinción geológica.

No te lo vas a creer. Mientras te escribo estas letras, suena por el hilo musical la canción “Gracias a la vida” de la Negra Sosa. Ella vagó por esta cordillera con su charango al hombro, abrazando valles, montañas y vientos. Y justo, en este momento, entiendo que por fin la vida me ha dado las gracias. Si pudiera estirar todas las montañas de la Tierra como una tela infinita, envolvería para ti el planeta con vueltas y más vueltas, hasta ofrecerte un gigantesco regalo sideral. No voy a cerrar la ventana. Voy a dejar que me atrapen las montañas, al compás de su baile orogénico, hasta las mismas raíces de tu amor.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Relatos de vinilo, cinta magnética y celuloide, de Juan Pablo Caja

Por segunda vez tengo la alegría de reseñar en estas páginas un libro del escritor Juan Pablo Caja. Digo la alegría porque Juan Pablo Caja es uno de esos amigos de adolescencia que un día desaparecen de tu vida para regresar muchos años después. En aquellos años lejanos compartimos muchos sueños, mucha montaña, mucha música. Y, como no, también literatura. En esencia, y por fortuna, aún queda mucho de aquel Juan Pablo Caja adolescente que conocí, tanto en él mismo como en su literatura.

En esta ocasión, el autor ofrece una colección de relatos a cual más breve. Y es que las armas de Caja son básicamente la claridad del mensaje y la síntesis. Nada sobra en sus relatos, no hay juegos de artificios, nada enmascara ni oscurece un lenguaje que pretende no ocultar nada. Lejos, quizá, de la tradición europea, la ausencia de adorno da a los cuentos de Caja una magia especial, una cercanía y una familiaridad en la narración y en el contenido que es de agradecer. La frescura, la espontaneidad, el amor por la música y por la vida impregnan las 184 páginas de este libro cuya lectura recomiendo. Transcribo uno de los relatos para abrir boca

Final

Voy a tener que acostumbrarme al precio de la ginebra en los bares.

A los viejos compañeros que no se hablan.

A los antiguos amigos que vuelven la cabeza cuando te los cruzas en la calle.

Peor aún: a los que te invitan a una copa y son capaces de estar contigo tres cuartos de hora, o más, sin saber de qué hablarte.

Tendré que acostumbrarme a los nuevos nombres de las calles, a los restaurantes demasiado climatizados, a pagar por aparcar el coche.

A dejar de buscar caras conocidas entre los jóvenes que caminan por las calles:

porque los jóvenes son ahora otros, y me miran, además, de manera rara (¿será respeto?).

Voy a tener que acostumbrarme, sí, a esta piel mía tan arrugada.