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domingo, 3 de noviembre de 2013

Tirarse al monte

Uno se levanta una mañana cualquiera de un día cualquiera y, como siempre, desayuna escuchando las noticias antes de acudir a su puesto de trabajo si es que tiene la suerte de conservarlo. No sé si es una buena costumbre, pues algunos días a uno le viene en gana echarse al monte al oir lo que se cuenta. Pablo Crespo ha cantado (presunto ladrón, indeseable, bla, bla, bla...) como cantó Luis Bárcenas (presunto ladrón, indeseable, bla, bla, bla...) y como, visto lo visto, cantará Laporta (¿qué dirán del venerado Laporta?). Durante decenios hemos vivido el expolio sistematizado de las arcas pública, que es lo mismo que decir que el de los bolsillos de los ciudadanos. Porque un sistema en el que se institucionaliza la ausencia de control sobre el poder político mediante un Tribunal de Cuentas que no sirve para nada y un cuerpo de interventores del estado sin ningún poder es un sistema corrupto por naturaleza no porque se haya corrompido por las malditas tentaciones, sino porque ya ha nacido con esa vocación. Y en esto están de acuerdo los partidos que han montado el tinglado, esos que legislaron para asegurarse la alternancia en un club de dos y que de ninguna manera quieren compartir el poder con nadie más.

Los partidos políticos, cuando menos los grandes aunque muestras de sobra hemos tenido sobre lo que es capaz un partido pequeño que consigue llegar a las intituciones, se han estado financiando de forma irregular con sobrecostes de obras públicas, organizaciones de eventos públicos y demás que pagamos entre todos. Las grandes empresas han invertido mucho en los partidos porque resulta un buen negocio: adjudicaciones en concursos amañados, sin concurso mediante la fragmentación de las fracturas y quién sabe cuántas técnicas más para forrarse con el dinero de todos. ¿Cuántas faraónicas barbaridades se han construido en este país? Cualquier obra pública cuesta en España el doble que en cualquier otro lado, con lo que, visto lo visto, están todas bajo sospecha. Pero hay muchas otras cosa de las que sospechar. ¿Por qué cualquier gran empresa para menos impuestos que sus empleados? El tipo base del Impuesto de Sociedades en España es del treinta por ciento. Eso nos iguala al resto de Europa, pero lo que pagan después de deducciones es del todo ridículo. Los que legislan se benefician de las donaciones de las grandes empresas y así legislan. Y, con la espectacular caída de la obra pública y liquidado el expolio de las cajas de ahorros entonamos el verbo privatizar. Vendemos la sanidad creada entre todos y nos inventamos un dicho nuevo: privatiza que algo queda. A estas alturas, creo que se debería proceder a la intervención judicial al menos del partido que ahora está en entredicho.

Dicen que los políticos españoles ganan poco. Que ganan la mitad que sus homólogos europeos. Pues mire usted, como cualquier trabajador español. O todos moros o todos cristianos. Pero resulta que nuestros políticos se homologan el sueldo complementándoselo desde los partidos, que ya sabemos cuales son sus artes para ganar dinero. Eso es lo mismo que decir que pagamos sus sobresueldos de nuestros bolsillos vía presupuestos generales y vía sobrecostes, rebajas tributarias a los de siempre, ayudas públicas a los que se han cargado el país, etc. Y después proponen retrasar la jubilación, reducir el Impuesto de Sociedades y no sé cuantas cosas más. Y todo eso cuando a uno le han bajado el salario, después se lo han congelado y se lo han vuelto a congelar, le han quitado la extra de Navidad y días libres le sienta muy mal. Nada, que uno se levanta un día cualquiera, se prepara el desayuno, pone la radio y dice: hoy me tiro al monte. Bueno, a menos que le vengan a buscar en coche oficial a la puerta de casa y le complementen el salario. Así, cualquiera se jubila a los setenta. Aunque, como eso no va a ocurrir, al final uno se ducha, se arregla, se traga el orgullo y la mala leche y se va a trabajar. Que por algo no es más que otro borrego del rebaño.