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martes, 4 de febrero de 2014

LA PROFECÍA DE CAROLINA

Pronto, muy pronto, la luz entrará a calmar esta noche sin fin

Yes (Soon)

Primera parte. La vertiginosa profundidad del tiempo. La noche aparecía despejada y tranquila en la capital del reino. Una finísima lúnula iniciando su metamorfosis hacia el cuarto se ocultaba ya tras los rascacielos dormidos. Bajo la luz de una farola, Aurelio esperaba recordando viejos tiempos de escenario. Recordando antiguos y deshauciados teatros en ciudades cuya alma devoraron las franquicias hace tiempo. Recordando con nostalgia, pero sin el dolor de antaño. Le costó lustros admitir que ya no era el gran Roberto Prades que recorriera el suelo patrio una y mil veces declamando clásicos sino un tal Aurelio Pérez, hijo del cartero de un pueblo manchego de nombre impronunciable. Ser o no ser. ¿Qué importaba con la medianoche y la vida declinando hacia el oeste de aquel rincón solitario? La nube que aparecía delante de su cara con cada exhalación empañaba los cristales de sus gafas y apenas conseguía abrocharse la vieja gabardina sobre su inflacionaria barrigua. Esperaba. No sabía muy bien qué, pero Aurelio esperaba encorvado bajo la farola de un parque periférico mientras el hielo de la noche caía sobre su despoblada cabeza.

Recordó aquel sombrero de fieltro negro que le regalara Carolina cuando su cabellera rizada de galán decidió hacer las maletas. Nada le dolía más en este mundo que la ausencia de Carolina. Había intentado olvidarla, pasar página, sustituirla, pero ninguna de las neuroras que guardaban su recuerdo se había desactivado. Nunca estrenó el sombrero porque se sentía ridículo con aquel artilugio anticuado. Bueno, lo hizo una vez al disfrazarse de Humphrey Bogart en una fiesta de carnaval, cuando aún era capaz de abrocharse la gabardina sin pasar apuros. ¿Pero quién se acordaba aún de Casablanca? Bien podía haberse puesto aquel sombrero del que nunca se quiso desprender. Se le estaba congelando la cebollera y había perdido la vergüenza antes que Lola Flores su pendiente. ¿Y quién se acordaba aún de Lola Flores? Al hombre se le debía haber aflojado algún tornillo para esperar, a su edad y sin sombrero, no sabía qué en aquella fría noche de enero. Solo y atrapado en las fronteras de su horizonte personal.

Se tambaleó un poco. En realidad, se dormía de pie a pesar del frío, pero iba a ocurrir algo. Estaba seguro y resistía. Lo había dicho Carolina en una madrugada de éxtasis frente a sus artilugios adivinatorios. Él era un tanto excéptico, pero la bellísima Carolina creía a ciegas en las profecías, en el tarot, en los auspicios, en los ángeles, en la cartomancia, en el horóscopo y en cualquier cosa que pareciera increíble, y aquella lejana noche predijo la fecha. Y tú y yo lo veremos cogidos de la mano bajo las estrellas. Pero Carolina hacía tiempo que lo había abandonado. Quizá estaría en alguna de aquellas estrellas que tanto le gustaban, como se suele explicar la muerte a los niños. Contra todo pronóstico, se había marchado mucho antes que él. El viejo actor y la joven actriz. Que pareja más descabellada. Y qué topicazo. Ni en eso había sido original en esta vida. Compartieron escenarios y miserias ocultas tras un velo de fantasía, de personajes inventados, de oropeles y cava barato en pensiones provincianas. Sin ella, los días de Aurelio se habían llenado de arena.

Segunda parte. En el umbral de lo eterno. Iba a ocurrir algo pero Aurelio se dormía debajo de aquella farola de metal tan poco apta para romanticismos trasnochados. El tiempo no perdona. Llega un momento en que la vida deja de sentir interés por el cuerpo que la sustenta y permite que la fuerza lo abandone. Lo hace despacio, sin llamar la atención. Y, sin fuerza para gritar que estamos aquí, el mundo comienza a olvidarnos. Pasa una pareja de jóvenes y ni lo mira. Nadie sino los más viejos recuerdan al viejo actor. Los días de gloria ya no se marcan en ningún calendario y cada cual se agarra a lo que puede para no caer por el precipicio del ocaso. Aurelio se agarró a una botella como tantos otros. Carolina se había ido, las modas asesinas desintegraron la compañía de teatro y ya no quedaba tiempo ni espacio para comenzar de nuevo. Después de todo, la gloria dura hasta que el último aplauso se pierde en el vacío del desierto.

Los tiempos oscuros terminaron en el hospital y con la aceptación de la realidad y de aquella antigua identidad de la que había renegado. Regresó al pueblo y puso orden en su pasado y en su economía vendiendo las propiedades heredadas para arreglarse una jubilación suficiente. Regresó a la ciudad e inició una nueva vida lejos de Roberto Prades, ese personaje ficticio que había intentado acabar con él. Regresó al equilibrio, el pasado de gloria dejó de ser un clavo ardiendo y Aurelio ocupó su tiempo en otras cosas dejando de flagelarse con el látigo del recuerdo. Regresó, sí, para sumergirse en una terapia de renovación que lo devolvió al camino. Y la vida encontró a un tal Aurelio Pérez, hijo del cartero de un pueblo manchego de nombre impronunciable, lleno de inquietudes. Se inscribió en multitud de actividades con su recuperada identidad sin dejar tiempo al recuerdo, a la nostalgia, al dolor, aunque en realidad nunca volvió a sentirse pleno.

Hacía años que participara en un cursillo de la asociación astronómica local quizá para sustituir las esotéricas estrellas de Carolina por las físicas de los astrónomos. Aquel viaje iniciático a los secretos del universo fue una de las mejores cosas que hizo en su vida y de las que guardaba mejor recuerdo, además de haberlo sumergido en una realidad física que reforzó su excepticismo respecto de fantasías esotéricas, creencias y demás. Pero los años hacían flaquear ya sus convicciones y la antigua profecía de Carolina le había llevado hasta aquel parque solitario, y en medio de la soledad de la noche se le ocurrió intentar recordar algo de lo aprendido entre planisferios y prismáticos para sacudirse un poco la modorra mientras ese algo desconocido se dignaba hacer acto de presencia. Además, había un banco cerca de allí, fuera del alcance de la luz de la farola, y le comenzaban a doler las piernas castigadas por las varices. Se sentó a esperar unos minutos para que la vista se habituara a la oscuridad. Cerró los ojos y pensó en el vacío de los días, y al abrirlos de nuevo se dio de bruces contra un cielo profundamente oscuro y cuajado de estrellas. La atmósfera estaba tan transparente como la más cristalina de las aguas.

Tercera parte. El contorno evanescente de la noche. La primera impresión de Aurelio al mirar el cielo resultó un golpe a los sentidos, como si metiera la cabeza dentro de un cubo de agua helada en una calurosa mañana de verano. Frente a él, el guerrero Orión. Recordaba perfectamente el asterismo, con su cachiporra, su cinturón, su talahí. Podía intuir en él M42 a pesar de que había perdido mucha vista en los últimos años. Algo más arriba, la roja Aldebarán reinaba en la cabeza del toro; cerca de la nubecilla de Las Pléyades, donde contó siete estrellas como los mejores vigías. Junto al guerrero, sus perros de caza: Canis maior, con su brillantísima Sirio, y Canis minor. Y los gemelos Castor y Polux. Y Cáncer, y Piscis, y el gran cuadrado de Pegaso del que salen las líneas casi paralelas que dibujan Andrómeda. Aurelio se sentía emocionado. ¿Era eso lo que iba a ocurrir? ¿Era recuperar parte de ese pasado que parecía haberse perdido para siempre en las arrugas del tiempo? ¡Y allí estaba M31! ¡Dios mío! -pensó- ¿Cómo es posible que llevara tantos años sin contemplar estas maravillas? Casiopea, el Cochero… Pasó una estrella fugaz. Un meteoroide errante que acababa de estrellarse contra la atmósfera. Una mota de polvo perdida en el espacio suicidándose a una velocidad vertiginosa. Era como un milagro y él estaba allí, sin recordar el frío, ni la edad, ni las penurias de una vida ingrata desde que Carolina lo dejara solo. Solo en el desierto.

Una lucecita se movía entre las estrellas atravesando la engañosa quietud del universo. Un satélite artificial, sin duda, reflejando la luz del sol como una luna diminuta. Recorría el cielo desde el sur hacia el norte, cercano a cruzar Hércules. ¡Qué prodigio de noche! Apareció otro meteoro, surgido como por arte de magia de la difícil y poco conspicua Camelopardalis. Lento, brillante, dejando una gran estela tras de sí. Cada vez más brillante. Una enorme bola de fuego al entrar en las fronteras de Corona Borealis. ¡Qué gran casualidad cósmica! ¡Se va a cruzar con el satélite! ¡JODER! -brincó Aurelio como cuando tenía veinte años- ¡Vaya ostión se han dao! Saltaron espiras por todos lados cual palmera pirotécnica y la bola de fuego multiplicó su tamaño sin cambiar la deriva. El satélite se iba al carajo. Se precipitaba sobre la tierra desintegrándose en un espectáculo sin par. El corazón de Aurelio latía repartiendo vida por todo su cuerpo, por toda su alma. Lloraba de la emoción de sentirse testigo único de aquel suceso inexplicable salvo por un infinitesimal caso del cálculo de probabilidades. La bola se fragmentó. Luces por todos lados. Aurelio jamás había experimentado algo parecido. Lo entrevistarían en los noticiarios, en la prensa amarilla y en la rosa, en la cafetería de Pepe, donde un puñado de jubilados como él languidecía entre partidas de dominó que apenas consumían su exigua pensión. Otra vez los focos y quizá alguien recordaría el actor que fue en aquellos días de gloria. Carolina lo había predicho años atrás. Era como si ella hubiera regresado en aquella noche helada para llevarlo de la mano y cerrar la función en medio de una ovación cerrada. Carolina y Roberto. Pero el patio de butacas estaba vacío y el telón ya caía. Daba igual. Los dedos se entrelazaron y se apretaron las manos, y entonces se dio cuenta de que ya no estaba solo. De que nunca más estaría solo.

El cielo despertaba en el este. Una mujer solitaria y somnolienta cruzaba el parque arrebujada en sí misma para conjurar el frío. Caminata, tranvía y metro, pero cualquiera pagaba un alquiler en el centro. Le quedaba por delante un largo viaje antes de llegar al hotel y comenzar a preparar desayunos para los ilustres huéspedes que aún dormían en la calidez de una habitación enmoquetada. Un bulto en un banco la alarmó. Era un anciano cubierto por la escarcha. Tenía la piel azulada y los ojos cerrados, pero una bella sonrisa en los labios como si la muerte lo hubiera sorprendido en medio de un sueño maravilloso. Una mano sobre el banco que parecía coger la de alguien y la otra en el bolsillo de la gabardina. En el cielo, Venus y Júpiter en conjunción despedían la noche como dos estrellas solitarias. La mujer avisó a emergencias y continuó arrastrando sus derrotas hacia el centro de una ciudad que no se detiene ante nada. De una ciudad que no espera a nadie.