Por cierto que esta mañana he cometido la torpeza de almorzar en un bar de barriada de esos que son el vivo retrato de su propietario y único empleado. Tenía colgados unos retratos a carboncillo que han llamado vivamente mi atención: Benedicto XVI, Franco y Zapatero, juntos y en este orden. No me ha quedado otra que preguntar.
- La tapa estrella del bar -ha contestado orgulloso el propietario-, papas con huevos y chorizo.
A punto he estado de colgarme yo. Sin querer ofenderlo, que ganas no me han faltado, le he contestado que los huevos los tenía la mujer del dictador, que era quien en realidad gobernaba el país, así que podía quitar al papa y dejar la tapa en huevos rotos con chorizo. El hombre, que tiene mi edad (qué pena, Dios mío, tan joven), ha movido la cabeza de un lado a otro y ha argumentado aquello de que con Franco uno podía salir a la calle tranquilamente aunque fueran las dos de la madrugada. Por Dios, casi vomito. El chip celebral se me ha recalentado y he tenido que reiniciarlo. Mi acompañante (mi querido hermano), a pagado la cuenta y hemos hecho como no oir nada. Tal vez se podía caminar más tranquilo por la calle, pero cualquiera se acercaba a parir a un hospital. Si eras pobre, tenías muchos números para que te robaran el bebé. En mi pequeña isla, se robaron bebés en cualquier hospital que tuviera monjas, que eran casi todos, o en cualquier institución relacionada con menores que estuviera dirigida por curas. Sin duda, unos y otros eran el último eslabón de la cadena, porque médicos, comadronas, registradores civiles, obispado, cuerpos de seguridad, funcionarios diversos y demás estaban al corriente o participaban del suculento negocio. Y quien dice mi isla dice el resto del estado, donde se habla de unos 300.000 casos. No quiero ni pensar en las razones por las que los curas querían tener las parroquias llenas de niños, con aquellos clubes parroquiales que ofrecían toda clase de entretenimientos para los más pequeños. Es posible que las calles fueran menos violentas, sí, pero la violencia era política, eclesiástica, económica, policial. Y los pobres (aunque no hemos avanzado demasiado en eso y, últimamente, no hacemos otra cosa que retrocecer) éramos ciudadanos de segunda.
En definitiva, que eso de que la mierda se ha extendido por todo no nos tiene que hacer perder la perspectiva de otro enemigo real que acecha para merendarse los restos de la democracia. Limpiemos la democracia, sí, pero no la matemos, que lo que hay más allá, se mire dónde se mire, es mucho peor.