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miércoles, 30 de mayo de 2012
Noches de verano
viernes, 25 de mayo de 2012
Diez horas en Madrid
Parque del retiro a media tarde. 356 casetas abren las persinas. Las firmas comienzan con retraso. Una hora después de lo anunciado por mi editor. ¿Por qué no me acostumbro de una vez a llegar tarde a los sitios? El ambiente comienza flojo y hay más casetas que público. ¡Si hasta el BOE tiene su caseta! Ni se te ocurra pasearte por allí con un e-reader. Los instrumentos diabólicos no son bienvenidos.
Las casetas son minúsculas. En la 41 nos hacinamos tres autores sudando la gota gorda. Un letrero mal escrito con rotulador sobre una hoja de cuaderno nos anuncia. Felipe, el concesionario de la caseta, nos dice que la megafonía también, aunque los altavoces no suenan por esa zona. Un amplio mostrador nos separa de los lectores como si nos defediera de ellos o a ellos de nosotros. Me destrozo la espalda intentando acercarme. No sé, había esperado algo mejor de la mejor feria de España. Nuestro editor ha puesto el listón alto: 10 libros cada uno en dos horas. Madrid es una plaza difícil si nadie te conoce y si ni siquiera puedes acercarte al público. Dos visitas. Vendo dos libros. Muchas gracias a Carmen y a Lola. Por fortuna, yo llevaba los deberes medio hechos: me habían encargado seis libros, así que, con una tarde que acaba flojeando tal como empezó -cosas del futbol, según Felipe-, vendo ocho libros -encargos incluidos- en hora y media. Saco cuentas. Según el editor debería haber vendido 2,5 libros cada media hora. Tres medias horas, 7, 5 libros. He redondeado por arriba y doy el objetivo por cumplido. El del editor, no el mío: vender un libro a un desconocido. ¡Eso sí que es difícil! Tengo que salir volando. El taxista reniega de la presidenta.
De nuevo en el aeropuerto. Nunca hablo con desconocidos. Debe de ser algo que me ha quedado de la niñez. O quizás es que soy demasiado soso. ¡Vaya escritor! No sé por qué, me salto la norma y entablo conversación con un señor de mi tierra al que nunca había visto. De una cosa vamos a otra y, quince minutos después, saco uno de los seis ejemplares de la maleta y se lo vendo. ¡Ahora sí que he cumplido mi objetivo! Quizás sea yo el primer escritor que vende un libro en una puerta de embarque.
Me acuerdo de mis compañeros de firma. Ana Julia Martínez (Trazado en diagonal) y Hugo Stuven (El faro de las lágrimas perdidas). Ellos han sido lo mejor del día. Buena gente. Nos hemos hecho fotos.
Llego a casa. El barça ha ganado. Mi mujer está trabajando y mi hijo de marcha. Qué fea es una casa vacía en el regreso. Es algo así como cuando pides una cerveza en un bar y te dicen que se ha acabado. Me pongo a escribir hasta que los ojos dicen basta. Son las 03:30 del 26 de mayo del 2012. Buenas noches.
martes, 22 de mayo de 2012
Viva la revolución
Viva la revolución
Vaya por dios. Últimamente no tengo tiempo ni para entrar unos minutos en La Ventana y ver las novedades. Casi no lo tengo ni para salir a hacer el cafelito. Y ya está aquí la campaña de renta... Sin embargo, hoy he decidido rebelarme. Aunque se derrumbe la casa sobre mi cabeza, me tomo un respiro. Quizás me tome de golpe todos los cafelitos que me he estado perdiendo últimamente aunque se cortocircuiten mis sinapsis neuronales. O me ponga a leer el diario, sí. Recuerdo que eso era costumbre cuando entré en esta santa casa hace veintitantos años, sobre todo en los despachos. Ni recuerdo ya cúando pasó a mejor vida ese sano interés por estar al día. Pues es una pena, porque de algunas novedades que nos conciernen se enteran antes nuestros clientes que nosotros, porque se ve que aún queda gente por ahí que tiene tiempo de leer el diario. Bendito respiro, pero.. ¿a qué viene esta repentina insumisión, cual ángel caído (el símil religioso, para estar a la moda, más que nada), que empuja a la deriva mis obligaciones? Que nadie se alarme. Se trata solo de una enajenación mental transitoria inducida. ¿Por quién? Por mi jefe, claro, que siempre hay que echarle la culpa a los jefes, que para eso cobran lo que cobran y tienen la espalda como la tienen. Bueno, por uno de ellos, que tenemos tantos como días tiene el año (el bisiesto, quiero decir). Más concretamente, con uno que es Secretario de Estado y que se le ocurrió abrir la boca (pedazo de boca) respecto a los cafelitos y los periódicos. Me estoy sospechando que él no toma cafelitos. A ver. Secretario de Estado... ¡Eureka! Claro como el agua. Que a ese nivel solo se toma champagne con miguitas de 24 quilates. Bueno, a lo mejor toma calelitos, pero con agua de Vichy, que por algo está por encima del bien y del mal. Cosas de la clase (la social, que la educativa se cae a pedazos). Me estoy sospechando que ese odio que profesan casi todos los políticos (y asimilados) hacia los funcionarios (¿alguien es capaz de encontrar las siete diferencias entre una rosa y dos gaviotas?) no sea otra cosa que un vano intento de expiar culpas propias. ¿Por dónde comenzamos? ¿Por Botella y su peluquería y sus compras con séquito y coche oficial? Huy, perdón, que las culpas se echan hacia abajo, no hacia arriba. Mejor no sigo con la (interminable) lista, que me la juego. Estos maravillosos dirigentes políticos son todo diligencia y productividad, eficiencia y eficacia. Y ahorro, que el retrato de Bono solo nos va a costar 82.000 euritos de nada. La tradición manda, mire usted, aunque estamos en recortes. Ahora bien, si no cambiaran jamás al presidente del congreso nos íbamos a ahorrar una pasta en retratos... Por cierto que tengo un primo que vive muy cerca del congreso que seguro que le haría una foto gratis. Me han dicho que la cafetería del congreso está a punto de quebrar. Por la mejora de la productividad de los parlamentarios, más que nada, que los pobres ni respiran. Ni tienen tiempo de estar al día con la prensa, mire usted. Bueno, voy a hacerme el cafelito. ¡Joder, se acaba de caer la red! O echo a correr o me comen vivo, que el edificio está petado de contribuyentes y hay que acabar de hora. Esto de trabajar en el departamento de informática es un rollo. Casi peor que en el de censos y requerimientos. Tendré que dejar el cafelito para otro día. Viva la revolución, vaya por dios.
