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miércoles, 30 de mayo de 2012

Noches de verano

Qué delicia el veranillo. Los días largos, el buen tiempo, la playa, la cerveza helada, la paella con sangría, la paga extra... Lástima que las vacaciones duren mucho menos que el verano. No es que uno quiera ser un aprovechado y hundir el país, que para eso ya sobran voluntarios, sino que verano y trabajo forman mala pareja porque el rendimiento laboral cae en picado. Y no por el sofocante calor diurno, que la mayoría tenemos aire acondicionado en nuestro puesto de trabajo, sino por el bochorno que por la noche inunda nuestro hogar por mucho que uno intente echarlo con cajas destempladas. No queda más remedio que abrir bien las ventanas y rogar al dios Eolo -que mis conocimientos del santoral no llegan más allá de Santa Rita- que respire con cierta agitación. Lo malo es cuando en lugar del aliento divino entran por las ventanas las televisiones de los vecinos que no pueden o no quieren dormir, las voces que algunos necios profieren por la calle como si estuvieran en el patio de su casa, la música atronadora de los coches con pilotos que tienen el cerebro tuneado y un conjunto heterogéneo de ruidos inevitables como el del camión de la basura. De estos últimos no me quejo porque son tan inevitables como necesarios, pero de los que vomita ese ejército de autistas que ni empatiza con sus congéneres ni los respeta no puedo más que darles toda la culpa de la caída de mi productividad. Que cuando uno intenta dormir por la noche y no le dejan, las horas pasan más despacio que una procesión de viernes santo y nos da por cantar eso de "Y nos dieron las diez y las once, las doce, la una, las dos y las tres...". El despertador nos sacude cuando parece que acabamos de dormirnos y nos arrastramos hasta el baño con aspecto de zombis desmotivados. Desayunamos con los ojos pegados y acabamos acudiendo al trabajo sin haber tenido tiempo ni de afeitarnos. Y así no hay quien rinda. Y el jefe, que duerme en una tranquilísima urbanización de las afueras y con el aire acondicionado encendido, se despierta más fresco que una lechuga y no entiende tu desidia. Y mientras tú estás allí sufriendo e intentando mantener la dignidad laboral, las rapaces nocturnas duermen a pierna suelta hasta el mediodía. Y con el paro creciendo, esto es cada vez peor. Y la prima de riesgo loca de encerrar.

viernes, 25 de mayo de 2012

Diez horas en Madrid

El avión sale una hora tarde. Comenzamos bien. Ambientazo en el centro de Madrid. Los hinchas del Bilbao y del Barça confluyen, serpentean entre sus calles y sus plazas bajo un sol de justicia. Vascos y catalanes se alían para cantarle a Espe La Marsellesa en el km 0. Entro en algunos comercios y hablo con la gente. Todo el mundo reniega de su presidenta. ¿Qué tendrá esta mujer que es capaz de ponerlos a todos de acuerdo? ¿Espíritu de consenso? Hasta los suyos asienten: Espe, te has pasao...

Parque del retiro a media tarde. 356 casetas abren las persinas. Las firmas comienzan con retraso. Una hora después de lo anunciado por mi editor. ¿Por qué no me acostumbro de una vez a llegar tarde a los sitios? El ambiente comienza flojo y hay más casetas que público. ¡Si hasta el BOE tiene su caseta! Ni se te ocurra pasearte por allí con un e-reader. Los instrumentos diabólicos no son bienvenidos.

Las casetas son minúsculas. En la 41 nos hacinamos tres autores sudando la gota gorda. Un letrero mal escrito con rotulador sobre una hoja de cuaderno nos anuncia. Felipe, el concesionario de la caseta, nos dice que la megafonía también, aunque los altavoces no suenan por esa zona. Un amplio mostrador nos separa de los lectores como si nos defediera de ellos o a ellos de nosotros. Me destrozo la espalda intentando acercarme. No sé, había esperado algo mejor de la mejor feria de España. Nuestro editor ha puesto el listón alto: 10 libros cada uno en dos horas. Madrid es una plaza difícil si nadie te conoce y si ni siquiera puedes acercarte al público. Dos visitas. Vendo dos libros. Muchas gracias a Carmen y a Lola. Por fortuna, yo llevaba los deberes medio hechos: me habían encargado seis libros, así que, con una tarde que acaba flojeando tal como empezó -cosas del futbol, según Felipe-, vendo ocho libros -encargos incluidos- en hora y media. Saco cuentas. Según el editor debería haber vendido 2,5 libros cada media hora. Tres medias horas, 7, 5 libros. He redondeado por arriba y doy el objetivo por cumplido. El del editor, no el mío: vender un libro a un desconocido. ¡Eso sí que es difícil! Tengo que salir volando. El taxista reniega de la presidenta.

De nuevo en el aeropuerto. Nunca hablo con desconocidos. Debe de ser algo que me ha quedado de la niñez. O quizás es que soy demasiado soso. ¡Vaya escritor! No sé por qué, me salto la norma y entablo conversación con un señor de mi tierra al que nunca había visto. De una cosa vamos a otra y, quince minutos después, saco uno de los seis ejemplares de la maleta y se lo vendo. ¡Ahora sí que he cumplido mi objetivo! Quizás sea yo el primer escritor que vende un libro en una puerta de embarque.

Me acuerdo de mis compañeros de firma. Ana Julia Martínez (Trazado en diagonal) y Hugo Stuven (El faro de las lágrimas perdidas). Ellos han sido lo mejor del día. Buena gente. Nos hemos hecho fotos.

Llego a casa. El barça ha ganado. Mi mujer está trabajando y mi hijo de marcha. Qué fea es una casa vacía en el regreso. Es algo así como cuando pides una cerveza en un bar y te dicen que se ha acabado. Me pongo a escribir hasta que los ojos dicen basta. Son las 03:30 del 26 de mayo del 2012. Buenas noches.

martes, 22 de mayo de 2012

Viva la revolución

Poco me gusta comenzar algo poniendo en antecedentes para que se entienda la continuación, pero a veces no queda otro remedio. El caso es que soy colaborador habitual de una revista digital accesible solo desde la intranet de la empresa para la que trabajo. Es una empresa más bien grande. Bueno, lo diré ya mal que me pese. Trabajo como informático en la Agencia Tributaria. La revista en cuestión se llama La Ventana (¡qué original!). Allí cuento mis historias. La mayoría de los personajes que viven en mis líneas de La Ventana son funcionarios, cosa que encanta a mis lectores. Tengo que decir que nunca ha sido rechazada ninguna de mis historias, aunque tengo por costumbre no ser demasiado benévolo ni correcto. Ninguna... hasta ahora. Sobre mi última historia-reflexión ha corrido un velo de silencio a pesar de mis insistencias. El personaje es un informático de la Agencia Tributaria, vaya por dios, que habla de lo cotidiano a cuento de las declaraciones (y esta es la parte real del cuento) que hizo no mucho ha un secretario de estado de nuevo cuño sobre los cafelitos y el diaro de los funcionarios. Creo que no ha gustado demasiado a los responsables de la publicación y esta censura me recuerda otros tiempos que tuve la desgracia de conocer en mi tierna juventud. Lo curioso es que, poco antes, la misma publicación había abierto sus puertas a las opiniones (el primer artículo de opinión que veo en esas páginas) de una economista defendiendo la reducción de la administración mediante el despido de funcionarios. Hay que ver lo que ver nos toda... En fin, que reproduzco a continuación mi censurada historia.

Viva la revolución

Vaya por dios. Últimamente no tengo tiempo ni para entrar unos minutos en La Ventana y ver las novedades. Casi no lo tengo ni para salir a hacer el cafelito. Y ya está aquí la campaña de renta... Sin embargo, hoy he decidido rebelarme. Aunque se derrumbe la casa sobre mi cabeza, me tomo un respiro. Quizás me tome de golpe todos los cafelitos que me he estado perdiendo últimamente aunque se cortocircuiten mis sinapsis neuronales. O me ponga a leer el diario, sí. Recuerdo que eso era costumbre cuando entré en esta santa casa hace veintitantos años, sobre todo en los despachos. Ni recuerdo ya cúando pasó a mejor vida ese sano interés por estar al día. Pues es una pena, porque de algunas novedades que nos conciernen se enteran antes nuestros clientes que nosotros, porque se ve que aún queda gente por ahí que tiene tiempo de leer el diario. Bendito respiro, pero.. ¿a qué viene esta repentina insumisión, cual ángel caído (el símil religioso, para estar a la moda, más que nada), que empuja a la deriva mis obligaciones? Que nadie se alarme. Se trata solo de una enajenación mental transitoria inducida. ¿Por quién? Por mi jefe, claro, que siempre hay que echarle la culpa a los jefes, que para eso cobran lo que cobran y tienen la espalda como la tienen. Bueno, por uno de ellos, que tenemos tantos como días tiene el año (el bisiesto, quiero decir). Más concretamente, con uno que es Secretario de Estado y que se le ocurrió abrir la boca (pedazo de boca) respecto a los cafelitos y los periódicos. Me estoy sospechando que él no toma cafelitos. A ver. Secretario de Estado... ¡Eureka! Claro como el agua. Que a ese nivel solo se toma champagne con miguitas de 24 quilates. Bueno, a lo mejor toma calelitos, pero con agua de Vichy, que por algo está por encima del bien y del mal. Cosas de la clase (la social, que la educativa se cae a pedazos). Me estoy sospechando que ese odio que profesan casi todos los políticos (y asimilados) hacia los funcionarios (¿alguien es capaz de encontrar las siete diferencias entre una rosa y dos gaviotas?) no sea otra cosa que un vano intento de expiar culpas propias. ¿Por dónde comenzamos? ¿Por Botella y su peluquería y sus compras con séquito y coche oficial? Huy, perdón, que las culpas se echan hacia abajo, no hacia arriba. Mejor no sigo con la (interminable) lista, que me la juego. Estos maravillosos dirigentes políticos son todo diligencia y productividad, eficiencia y eficacia. Y ahorro, que el retrato de Bono solo nos va a costar 82.000 euritos de nada. La tradición manda, mire usted, aunque estamos en recortes. Ahora bien, si no cambiaran jamás al presidente del congreso nos íbamos a ahorrar una pasta en retratos... Por cierto que tengo un primo que vive muy cerca del congreso que seguro que le haría una foto gratis. Me han dicho que la cafetería del congreso está a punto de quebrar. Por la mejora de la productividad de los parlamentarios, más que nada, que los pobres ni respiran. Ni tienen tiempo de estar al día con la prensa, mire usted. Bueno, voy a hacerme el cafelito. ¡Joder, se acaba de caer la red! O echo a correr o me comen vivo, que el edificio está petado de contribuyentes y hay que acabar de hora. Esto de trabajar en el departamento de informática es un rollo. Casi peor que en el de censos y requerimientos. Tendré que dejar el cafelito para otro día. Viva la revolución, vaya por dios.

jueves, 17 de mayo de 2012

Experimentando

No sé si llamarlo asombro o espanto. Quizás debería inventarse un adjetivo nuevo para describir la mezcla de ambos. Asompanto, por mal que suene, es lo que siento al leer la noticia. Científicos del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas han modificado genéticamente un virus para alargar la vida y lo han probado con éxito en ratones. La gran noticia es que el tratamiento podría ser aplicado a seres humanos. ¡Dios mío! ¿Pero no es este el germen de las pelis de zombis? Menos mal que, de momento, solo se experimenta con ratones, aunque no me atrae nada la posibilidad de un ejército de roedores zombis tomando la ciudad al asalto. Bromas aparte, la noticia me obliga a varias reflexiones. En primer lugar, los ratones son muy adecuados para la experimentación porque en muy poco tiempo se puede obtener un ciclo de vida completo. Y varias generaciones, que los bichos chingan como bestias. ¿No serán necesarias también varias generaciones de científicos para evaluar los resultados de la aplicación del tratamiento en humanos? Entonces, ¿para cuándo podría estar disponible? ¿Para el 2327, más o menos? Mejor ir a lo más inmediato. Igual podemos conseguir hamsters que nos hagan compañía durante ochenta años. Qué fantástico. Toda la vida limpiando sus caquitas. En fin, que creo que seguiremos igual durante muchísimo tiempo. De cualquier modo, puedo continuar con mis espéculoreflexiones. Si en realidad pudieran alargarnos la vida, ¿los años de más sumarían a la jubilación o a la vida laboral? En el primer caso, me apunto. En el segundo, me ahorro el tratamiento. ¿A las suegras también se les alargaría la vida? ¿Y a los políticos? Por dios, que nadie me malinterprete, que no les quiero ningún mal, pero hubo un ministro de sanidad que dijo que para el estado el mejor jubilado era el jubilado muerto. ¿Cuál es el mejor político para un ciudadano? Vaya, ya se me ha ido la olla hacia lo de siempre. Serán cosas de la moda. En fin, lo dicho, que estoy asompantado.