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martes, 22 de mayo de 2012

Viva la revolución

Poco me gusta comenzar algo poniendo en antecedentes para que se entienda la continuación, pero a veces no queda otro remedio. El caso es que soy colaborador habitual de una revista digital accesible solo desde la intranet de la empresa para la que trabajo. Es una empresa más bien grande. Bueno, lo diré ya mal que me pese. Trabajo como informático en la Agencia Tributaria. La revista en cuestión se llama La Ventana (¡qué original!). Allí cuento mis historias. La mayoría de los personajes que viven en mis líneas de La Ventana son funcionarios, cosa que encanta a mis lectores. Tengo que decir que nunca ha sido rechazada ninguna de mis historias, aunque tengo por costumbre no ser demasiado benévolo ni correcto. Ninguna... hasta ahora. Sobre mi última historia-reflexión ha corrido un velo de silencio a pesar de mis insistencias. El personaje es un informático de la Agencia Tributaria, vaya por dios, que habla de lo cotidiano a cuento de las declaraciones (y esta es la parte real del cuento) que hizo no mucho ha un secretario de estado de nuevo cuño sobre los cafelitos y el diaro de los funcionarios. Creo que no ha gustado demasiado a los responsables de la publicación y esta censura me recuerda otros tiempos que tuve la desgracia de conocer en mi tierna juventud. Lo curioso es que, poco antes, la misma publicación había abierto sus puertas a las opiniones (el primer artículo de opinión que veo en esas páginas) de una economista defendiendo la reducción de la administración mediante el despido de funcionarios. Hay que ver lo que ver nos toda... En fin, que reproduzco a continuación mi censurada historia.

Viva la revolución

Vaya por dios. Últimamente no tengo tiempo ni para entrar unos minutos en La Ventana y ver las novedades. Casi no lo tengo ni para salir a hacer el cafelito. Y ya está aquí la campaña de renta... Sin embargo, hoy he decidido rebelarme. Aunque se derrumbe la casa sobre mi cabeza, me tomo un respiro. Quizás me tome de golpe todos los cafelitos que me he estado perdiendo últimamente aunque se cortocircuiten mis sinapsis neuronales. O me ponga a leer el diario, sí. Recuerdo que eso era costumbre cuando entré en esta santa casa hace veintitantos años, sobre todo en los despachos. Ni recuerdo ya cúando pasó a mejor vida ese sano interés por estar al día. Pues es una pena, porque de algunas novedades que nos conciernen se enteran antes nuestros clientes que nosotros, porque se ve que aún queda gente por ahí que tiene tiempo de leer el diario. Bendito respiro, pero.. ¿a qué viene esta repentina insumisión, cual ángel caído (el símil religioso, para estar a la moda, más que nada), que empuja a la deriva mis obligaciones? Que nadie se alarme. Se trata solo de una enajenación mental transitoria inducida. ¿Por quién? Por mi jefe, claro, que siempre hay que echarle la culpa a los jefes, que para eso cobran lo que cobran y tienen la espalda como la tienen. Bueno, por uno de ellos, que tenemos tantos como días tiene el año (el bisiesto, quiero decir). Más concretamente, con uno que es Secretario de Estado y que se le ocurrió abrir la boca (pedazo de boca) respecto a los cafelitos y los periódicos. Me estoy sospechando que él no toma cafelitos. A ver. Secretario de Estado... ¡Eureka! Claro como el agua. Que a ese nivel solo se toma champagne con miguitas de 24 quilates. Bueno, a lo mejor toma calelitos, pero con agua de Vichy, que por algo está por encima del bien y del mal. Cosas de la clase (la social, que la educativa se cae a pedazos). Me estoy sospechando que ese odio que profesan casi todos los políticos (y asimilados) hacia los funcionarios (¿alguien es capaz de encontrar las siete diferencias entre una rosa y dos gaviotas?) no sea otra cosa que un vano intento de expiar culpas propias. ¿Por dónde comenzamos? ¿Por Botella y su peluquería y sus compras con séquito y coche oficial? Huy, perdón, que las culpas se echan hacia abajo, no hacia arriba. Mejor no sigo con la (interminable) lista, que me la juego. Estos maravillosos dirigentes políticos son todo diligencia y productividad, eficiencia y eficacia. Y ahorro, que el retrato de Bono solo nos va a costar 82.000 euritos de nada. La tradición manda, mire usted, aunque estamos en recortes. Ahora bien, si no cambiaran jamás al presidente del congreso nos íbamos a ahorrar una pasta en retratos... Por cierto que tengo un primo que vive muy cerca del congreso que seguro que le haría una foto gratis. Me han dicho que la cafetería del congreso está a punto de quebrar. Por la mejora de la productividad de los parlamentarios, más que nada, que los pobres ni respiran. Ni tienen tiempo de estar al día con la prensa, mire usted. Bueno, voy a hacerme el cafelito. ¡Joder, se acaba de caer la red! O echo a correr o me comen vivo, que el edificio está petado de contribuyentes y hay que acabar de hora. Esto de trabajar en el departamento de informática es un rollo. Casi peor que en el de censos y requerimientos. Tendré que dejar el cafelito para otro día. Viva la revolución, vaya por dios.

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