Hoy traigo un relato de una buena amiga, ganador de un concurso del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Rosa María Mateos es geóloga y su relato incluye algunos términos técnicos fácilmente asimilables. Un relato original que me apetece, con su permiso, compartir con vosotros.
AMOR OROGÉNICO
Rosa María Mateos Ruíz
Mi amor,
He llegado a la ciudad y es cierto que te falta el aire. La altura te golpea la
cabeza con una cadencia que te hace perder la vertical, y el ángulo de tu cuerpo
con el suelo se va haciendo cada vez más agudo. He abierto la ventana del hotel,
y la gran cordillera se ha metido en la habitación, sin pedir permiso. Por un
momento he recordado a esos gigantones hijos míos que llenan la casa con su
espacio, haciéndose dueños de todo.
Será que me estoy haciendo mayor. Me vienen los recuerdos de mi escuela
cuando aún mi madre me peinaba con coletas. La maestra nos enseñaba
geografía en el jardín, sobre aquellos mapas en relieve primorosamente
dibujados en el suelo. El Mundo estaba allí, con sus países, ríos y cordilleras.
- Señorita, diríjase a los Alpes.
- ¿Eso es el Tajo? Molina, ¡que está usted en Francia!
- Que hartita me tenéis.
Y manteníamos el equilibrio a la pata coja sobre el Mulhacén, el Aneto y
corríamos Duero arriba, Guadiana abajo, alegres por estar al aire libre.
Me pongo las gafas para mirar bien estas montañas, tan jóvenes que aún
babean lava de vez en cuando. Intuyo grandes derrumbes en las vertiginosas
vertientes, que arrasaron bosques de lengas y canelos, fruto de las impetuosas
sacudidas telúricas. Vislumbro con claridad los profundos valles que antaño
albergaron ríos de hielo y que ahora mueren colgados sobre el lago. Las nubes
quedan retenidas en los puntiagudos penachos volcánicos, congelados en el
tiempo y en el espacio, en la misma cocorota de las montañas. Y allá, en los altos
riscos, el cóndor despliega sus alas al filo de dos mundos: el terrestre y el
marino. ¡Maldita Naturaleza adolescente! Estas soberbias masas de roca
seguirán ahí cuando ya mis genes se hayan disipado; millones de años en pie
mirarán desde las alturas a todas las especies que nos sucederán. Pero nada
puede escapar a su destino, también ellas morirán algún día en su lenta deriva
sobre la Astenosfera, hasta ser devoradas sin pasión en una profunda fosa
oceánica.
Ahora mi vista se desvía a un segundo plano, donde los relieves se
suavizan y desparecen los barrancos; allí donde la cordillera se difumina y
desliza hacia el océano. Y en este paisaje me siento mejor, porque quiero ser yo
en el ecuador de mi vida, libre de cualquier fuerza titánica que pueda alterar mi
confortable espacio y donde solo reine la calma y la ternura.
Pero no, justo cuando me había convertido en una suave colina,
recuperada de las heridas y surcos que me dejó la erosión de la vida, apareces
tú. De tal calibre es la sacudida de tus ojos azules que se han despertado las
fallas cegadas en mi interior. Todo se mueve en este cuerpo que creía inerte;
miles de fuerzas se conjugan y conjuran para levantar mi maltrecha existencia.
Quisiera saber el mecanismo que permite al magma ascender a la superficie. Es
lo mismo que siento en el punto exacto del núcleo interno de mi vientre, cuando
tu piel se acerca a la mía. Ya no quiero vivir sin el ruido del agua, ese rumor de
manantiales termales que brotan al calor de tus caricias. ¿Será esto lo que mis
colegas llaman orogenia?
Y ahora comprendo que todos los embates con los que me ha golpeado la
vida eran para esperarte. Mi divorcio, mi grave enfermedad, la pérdida de mi
pequeña. Todo ese dolor me dejó flotando sobre el fango del desánimo, mecida
por aguas turbias que adormecen con su vaivén. Pero al igual que la Tierra se
regenera después de una hecatombe, yo también he florecido de mis propias
cenizas, borrando de mi mapa lamentos, penas y tristezas, como una gran
extinción geológica.
No te lo vas a creer. Mientras te escribo estas letras, suena por el hilo
musical la canción “Gracias a la vida” de la Negra Sosa. Ella vagó por esta
cordillera con su charango al hombro, abrazando valles, montañas y vientos. Y
justo, en este momento, entiendo que por fin la vida me ha dado las gracias.
Si pudiera estirar todas las montañas de la Tierra como una tela infinita,
envolvería para ti el planeta con vueltas y más vueltas, hasta ofrecerte un
gigantesco regalo sideral. No voy a cerrar la ventana. Voy a dejar que me
atrapen las montañas, al compás de su baile orogénico, hasta las mismas raíces
de tu amor.