Librería Literanta Viernes 13 de diciembre 20:00 horas
Librería Literanta Viernes 13 de diciembre 20:00 horas
Los partidos políticos, cuando menos los grandes aunque muestras de sobra hemos tenido sobre lo que es capaz un partido pequeño que consigue llegar a las intituciones, se han estado financiando de forma irregular con sobrecostes de obras públicas, organizaciones de eventos públicos y demás que pagamos entre todos. Las grandes empresas han invertido mucho en los partidos porque resulta un buen negocio: adjudicaciones en concursos amañados, sin concurso mediante la fragmentación de las fracturas y quién sabe cuántas técnicas más para forrarse con el dinero de todos. ¿Cuántas faraónicas barbaridades se han construido en este país? Cualquier obra pública cuesta en España el doble que en cualquier otro lado, con lo que, visto lo visto, están todas bajo sospecha. Pero hay muchas otras cosa de las que sospechar. ¿Por qué cualquier gran empresa para menos impuestos que sus empleados? El tipo base del Impuesto de Sociedades en España es del treinta por ciento. Eso nos iguala al resto de Europa, pero lo que pagan después de deducciones es del todo ridículo. Los que legislan se benefician de las donaciones de las grandes empresas y así legislan. Y, con la espectacular caída de la obra pública y liquidado el expolio de las cajas de ahorros entonamos el verbo privatizar. Vendemos la sanidad creada entre todos y nos inventamos un dicho nuevo: privatiza que algo queda. A estas alturas, creo que se debería proceder a la intervención judicial al menos del partido que ahora está en entredicho.
Dicen que los políticos españoles ganan poco. Que ganan la mitad que sus homólogos europeos. Pues mire usted, como cualquier trabajador español. O todos moros o todos cristianos. Pero resulta que nuestros políticos se homologan el sueldo complementándoselo desde los partidos, que ya sabemos cuales son sus artes para ganar dinero. Eso es lo mismo que decir que pagamos sus sobresueldos de nuestros bolsillos vía presupuestos generales y vía sobrecostes, rebajas tributarias a los de siempre, ayudas públicas a los que se han cargado el país, etc. Y después proponen retrasar la jubilación, reducir el Impuesto de Sociedades y no sé cuantas cosas más. Y todo eso cuando a uno le han bajado el salario, después se lo han congelado y se lo han vuelto a congelar, le han quitado la extra de Navidad y días libres le sienta muy mal. Nada, que uno se levanta un día cualquiera, se prepara el desayuno, pone la radio y dice: hoy me tiro al monte. Bueno, a menos que le vengan a buscar en coche oficial a la puerta de casa y le complementen el salario. Así, cualquiera se jubila a los setenta. Aunque, como eso no va a ocurrir, al final uno se ducha, se arregla, se traga el orgullo y la mala leche y se va a trabajar. Que por algo no es más que otro borrego del rebaño.
Hoy leía en prensa una noticia que me ha hecho reflexionar: el informe Doring Business 2014 del Banco Mundial señala que España ocupa uno de los últimos puestos, entre países que no me atrevo a nombrar, en el ranking internacional en cuanto a facilidades para crear una empresa. Ranking en el que, además, estamos perdiendo posiciones. ¿Qué fatalidad nos persigue para que, excepto en lo deportivo, naufraguemos irremediablemente en casi todos los ámbitos? Un amigo me contaba una vez que una compañera de instituto de su hija presumía de tener más de doscientas sociedades a su nombre en Sudamérica. Eso es lo moderno, señores, poder crear sociedades a porrillo sin impedimento alguno. El Banco Mundial emite su informe y los gobiernos que no liberalizan de forma total la creación de empresas quedan de pena ante sus ciudadanos, que presionan para que los políticos redacten las normativas adecuadas para solventar el problema y escalar peldaños en el ranking, que para eso son las competiciones. En muchas cosas podemos quedar atrás los españoles, pero en una competición... Por favor. La muchacha de las doscientas sociedades es, como no, hija de un conocido empresario local. Pero, me pregunto yo, ¿para qué quiere una niña de dieciséis años tener doscientas sociedades en Sudamérica? Se me vienen algunas respuestas a la cabeza. Ella para presumir. Su padre para cosas más complicadas.
Hace muchos años, cuando yo aún era joven, los emprendedores, como ridículamente se los llama ahora, sentían el orgullo de crear empresas que progresaran paso a paso y perduraran en el tiempo. Crear una empresa costaba lo suyo, pero merecía la pena el esfuerzo. La moda de hoy es bien distinta. Crear sociedades tiene que ser cosa de coser y cantar. Y no una ni dos ni tres. Doscientas, trescientas, cuatrocientas... Crearlas y liquidarlas a la velocidad del sonido. Eso permite cosas tan ventajosas como la ingeniería fiscal.
A octubre de este año, o sea, ahora mismo, la cantidad a ingresar por expedientes pendientes por la Agencia Tributaria asciende a 41.773 millones de euros. No voy a hacer el ejercicio de comparar a qué equivale esa cantidad, pero se pueden ustedes hacer una idea. ¿Cómo se llega a tal montaña de dinero? Se explica muy fácil si se tiene en cuenta que el grueso de ese montante corresponde al Impuesto de Sociedades. El deporte nacional de hoy en día es el de no pagar impuestos. Cuando la Agencia Tributaria aprieta, se liquida en quiebra la sociedad y continuamos creando otras más que seguirán la misma estrategia. No sé para qué demonios pide la CEOE, basándose en su IEE (yo creo que lo de las siglas solo lo utilizan para liarnos), que se rebaje el Impuesto de Sociedades. Por cierto que también dice la superdotada CEOE que la jubilación debería retrasarse hasta los setenta años. Eso sí, sin explicar que ningún empresario aceptaría trabajadores de tan avanzada edad.
Por cierto, y hablando de informes, el de septiembre del Foro Económico Mundial afirma que España se encuentra en la cola de la productividad. Pues nada, a mejorar el ranking. Seguiremos bajando salarios y quitando derechos, que cualquier cosa se puede tolerar menos estar a la cola de cualquier cosa.
Mientras escribía este artículo, me he asomado a la ventana para tomar la foto que lo ilustra: el sol y el arcoiris de acuerdo para iluminar una de las viejas glorias empresariales de esta ciudad fallecida hace muchos años. ¿Habrá sido una señal?
Buenas noches.
Bienvenidos a este acto de presentación de la novela de Francesca Valentincic Cuando el día cambia de color, publicada por la editorial Atlantis en este mes de septiembre a punto de finalizar.
Atlantis es una editorial fundada en el año 2005 que enfoca desde sus orígenes su línea editorial hacia los nuevos autores en la publicación de sus primeros o segundos trabajos. Abrir hueco en el panorama literario para las nuevas voces comienza por convencer a distribuidores y libreros de que las obras que publica Atlantis bien merecen un puesto en las estanterías y en los escaparates, y en eso ha trabajado y mejorado la editorial en todos estos años llegando a colocar sus libros en las estanterías de todas las librerías centrales de España. Así, no solo muchos autores noveles desconocidos para el gran público han podido iniciar su singladura literaria de la mano de Atlantis, sino que también han confiado en la editorial personajes conocidos como Espido Freire, Rafa Reig, Carlos Salem, Joaquín Sabina, Luis Eduardo Aute, Ouka Leele o Leopoldo María Panero. Atlantis ha contado, además, con presentadores tan conocidos como José Bono, Esperanza Aguirre, Ramón Langa o el doctor Cabrera.
Hay que decir que la publicación con Atlantis significa para el autor la certificación de que su obra, al superar los controles de calidad de la editorial, posee un nivel literario suficiente para animarle a continuar trabajando en este ámbito y plantearse nuevos retos en el futuro, ya sea con Atlantis o con otras editoriales. Lo importante es ese primer paso que pone en marcha quien sabe si una exitosa carrera literaria o que culmina la ilusión del autor de ver publicado un libro al que ha dedicado muchas horas y que puede haber supuesto muchas renuncias personales.
Francesca Valentincic es una italiana afincada en Mallorca desde los años 80 que afirma sentirse ya más mallorquina que italiana. Mujer de competencias asombrosas, es capaz de materializar el milagro de compaginar trabajo, familia, estudios universitarios y escritura. Su afición a la horticultura, la música o el punto de cruz nos habla de un carácter afable y reflexivo, y sus reuniones de amigas en la cocina de la importancia que da a la amistad, puntos que se reflejan en esta novela de la que ya comienza a ser una amplia bibliografía personal de la autora. La memoria del agua, La sangre que moja la tierra, Lo que queda de nosotros y, ahora, Cuando el día cambia de color. Con La sangre que moja la tierra fue finalista de los premios Pare Colom, de Inca, y La isla de las letras, de la editorial Atlantis, y con Lo que queda de nosotros ganó la segunda edición del certamen La isla de las letras.
En cuanto a la obra que presentamos esta noche cabe resaltar que estamos ante una novela de estructura libre con un largo epílogo que tampoco está sujeto a cánones establecidos. A la libertad estructural se suma la libertad expresiva de la autora para crear una obra a medio camino entre la novela romántica y el thriller psicológico. Podemos considerar la literatura como hilo argumental de la novela puesto que los principales personajes son escritoras y la historia se desarrolla en torno a su creación y el proceso y las dificultades que para ellas conlleva. Las historias se enlazan y discurren por caminos paralelos dando consistencia al conjunto, con unos personajes femeninos bien caracterizados y unos personajes masculinos que se limitan a orbitar alrededor como satélites menores atrapados en su gravedad o expulsados por su fuerza centrífuga.
La escritura de Francesca es a la vez ágil e introspectiva, y en su novela bucea por los sentimientos, las traiciones o los amores incondicionales con el mar como elemento unificador y omnipresente. Francesca resuelve igualmente bien, con una buena medida de lo conveniente, la descripción de los paisajes y la ambientación de los momentos sin enterrar las frases bajo un alud interminable de adjetivos vacíos y sin caer tampoco en una economía del lenguaje que deje al lector a medias.
La ventana se abría sobre un mar profundo e intensamente azul, comienza la novela. Una frase corta que sugiere tantas cosas que poco más necesita la autora para situarnos en la escena. Una frase que abre por sí misma la ventana de nuestra imaginación hacia un mundo con sabor a salitre y olor de yodo marino. A una vida pausada y contemplativa. A un óleo frente al que nos detenemos a pensar. Así construye Francesca sus escenas, con unas pinceladas precisas en el tono justo. El mar y unas cuantas hojas de té esparcidas alrededor de un bote de hojalata sobre la mesa de la cocina. Elementos importantes en el tejido de una obra bien construida y bien contada.
No quiero acabar mi discurso sin citar un trabajo de Kristine Vanden Berghe, doctora en literatura y profesora de literatura hispánica de las universidades de Lieja y Namur en Bélgica, titulada Las novelas de la rebelión zapatista. En el ensayo se analizan diez novelas sobre el tema y una de ellas es La sangre que moja la tierra, de nuestra querida autora Francesca. Tengo que añadir que la obra de la doctora Vanden Berghe es de obligada lectura y materia de examen en algunas universidades, la de Ciudad de México, por supuesto, entre ellas.
Antes de otorgarle la palabra definitivamente a Francesca, quiero transmitirle mi enhorabuena por su novela y desearle todo tipo de éxitos presentes y futuros.
Se me ocurre también si, al igual que la realeza del Antiguo Egipto hacía cuando la enterraban, se llevaría consigo su séquito a la cárcel. La de plazas que podría ocupar esta mujer con las necesidades que hay... Igual no se sabe ni asearse sola. Ah, ¿que no tiene séquito? ¿Ni Chambelán, ni Maestro de Capilla, ni Dama de Honor ni Bufón? ¿Ni siquiera Mozo de Bacín? -pongo mayúsculas por todo no sea que meta la pata rebajando la categoría a alguien-. Vaya, pobre Princesa, perdón, Infanta, que en el real escalafón la ha adelantado una plebeya por la línea tangente. Pues a lo mejor se lleva a su Secretario . ¿Que tendría que ir sola a la cárcel? Eso sí que no me lo imagino. Bueno, lo imaginó en su día el gran Rubén Darío:
La Princesa está triste... ¿Qué tendrá la Princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa...
Y otra cosa mucho peor sería el tema de las visitas. ¿Se imaginan a su padre o a su madre -los dos juntos ya es difícil- visitando a su real hija en Alcalá-Meco? ¿Se imaginan ustedes lo que nos costaría a cada español la real visita? Se necesitarían montañas de policías para proteger a Sus Majestades de una inmensa turba de bandidas. ¡Y las reverencias! Dios mio, las reverencias. Todo el mundo torturado con la lumbalgia y tener que volverse a agachar cada vez que Su Alteza Real tiene visitas... Creo que reclusas, funcionarias de prisiones y pueblo llano en general, ese que con sus impuestos mantiene la gigantesca maquinaria del estado, no se merecen todo esto. Me alegro, realmente, de la suspensión dictada a fecha de hoy.

De nuevo presento en este espacio un trabajo de divulgación científica. Rosa María Mateos, la autora, es alguien a quien admiro profundamente como persona y como investigadora, y a quien tengo que agradecer el apoyo incondicional que nos ha brindado a mi amigo José Juárez y a mí en nuestra humilde labor investigadora y en lo que hemos podido aportar al conocimiento científico. Rosa es, además, una gran divulgadora, cosa que he constatado en sus trabajos previos, en sus conferencias y en las cenas y charlas que hemos compartido en familia y con otras personas del ámbito geológico. Sin duda alguna, este es un libro que promete sobre un tema que nos afecta a todos y que está siempre de actualidad por el simple hecho de que nuestro planeta está vivo y de que un estornudo suyo puede convertirse en una gran catástrofe para sus habitantes.
Aún no lo he leído porque está recién salido del horno pero, conociendo otros trabajos de Rosa María Mateos, recomiendo ya su lectura en la seguridad de que se trata de una obra interesante, amena e instructiva alejada de catastrofismos gratuitos, redactada desde una óptica realista en un tema que ha proporcionado a la industria cinematográfica un filón de paranoia colectiva.
Por cierto que esta mañana he cometido la torpeza de almorzar en un bar de barriada de esos que son el vivo retrato de su propietario y único empleado. Tenía colgados unos retratos a carboncillo que han llamado vivamente mi atención: Benedicto XVI, Franco y Zapatero, juntos y en este orden. No me ha quedado otra que preguntar.
- La tapa estrella del bar -ha contestado orgulloso el propietario-, papas con huevos y chorizo.
A punto he estado de colgarme yo. Sin querer ofenderlo, que ganas no me han faltado, le he contestado que los huevos los tenía la mujer del dictador, que era quien en realidad gobernaba el país, así que podía quitar al papa y dejar la tapa en huevos rotos con chorizo. El hombre, que tiene mi edad (qué pena, Dios mío, tan joven), ha movido la cabeza de un lado a otro y ha argumentado aquello de que con Franco uno podía salir a la calle tranquilamente aunque fueran las dos de la madrugada. Por Dios, casi vomito. El chip celebral se me ha recalentado y he tenido que reiniciarlo. Mi acompañante (mi querido hermano), a pagado la cuenta y hemos hecho como no oir nada. Tal vez se podía caminar más tranquilo por la calle, pero cualquiera se acercaba a parir a un hospital. Si eras pobre, tenías muchos números para que te robaran el bebé. En mi pequeña isla, se robaron bebés en cualquier hospital que tuviera monjas, que eran casi todos, o en cualquier institución relacionada con menores que estuviera dirigida por curas. Sin duda, unos y otros eran el último eslabón de la cadena, porque médicos, comadronas, registradores civiles, obispado, cuerpos de seguridad, funcionarios diversos y demás estaban al corriente o participaban del suculento negocio. Y quien dice mi isla dice el resto del estado, donde se habla de unos 300.000 casos. No quiero ni pensar en las razones por las que los curas querían tener las parroquias llenas de niños, con aquellos clubes parroquiales que ofrecían toda clase de entretenimientos para los más pequeños. Es posible que las calles fueran menos violentas, sí, pero la violencia era política, eclesiástica, económica, policial. Y los pobres (aunque no hemos avanzado demasiado en eso y, últimamente, no hacemos otra cosa que retrocecer) éramos ciudadanos de segunda.
En definitiva, que eso de que la mierda se ha extendido por todo no nos tiene que hacer perder la perspectiva de otro enemigo real que acecha para merendarse los restos de la democracia. Limpiemos la democracia, sí, pero no la matemos, que lo que hay más allá, se mire dónde se mire, es mucho peor.