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lunes, 28 de febrero de 2011

Paraísos nocturnos

"No es difícil encontrar
el paraíso en la oscuridad
La fortuna viene en un barco
sin rumbo y sin capitán."

El límite. La Frontera.


Ya habían caído casi todas las hojas del calendario y Ramón se refugiaba del frío, en aquella solitaria noche de invierno, detrás de un vaso de JB sin hielo. En la calle llovía. En el alma nevaba. Su enésima relación sentimental acababa de volar por los aires y su espíritu se iba vaciando al ritmo en que lo hacía la botella que le servía de compañía. Ahogar las miserias en alcohol era como huir de un tigre en la selva. Ramón lo sabía, pero no hallaba otra forma de esconderse de aquella realidad asesina. Se sentía vacío, sí. Él, su alma, su mente, su vida... Nada escapaba en aquel laberinto disgregador que le negaba la salida. Lucía se había marchado convirtiendo el vacío en un abismo helado, transformando el hogar en una cueva inhóspita y sin alma. Pero Ramón resistía agarrado a la botella y a una página en blanco en un procesador de texto sobre la que buscar un edén imposible. Una página tan blanca como su propio pensamiento, abandonado y sin álito de vida. Hasta que, de repente, una musa invisible acarició su alma y los dedos de Ramón despertaron como disparados por un resorte automático. El teclado comenzó a escupir su propia historia con rabia, con desespero, sin esperanza. La guitarra de Angus Young desgañitaba rifts imposibles en el pickup.

La noche navegó, sobre una leve brisa de fragancia amarga, lejos de tierras habitadas. Ramón era el Holandés Errante en las agitadas aguas de su propio corazón. Zozobraba y su salvavidas era el juego de caracteres de su ordenador personal, la tabla ASCII que convertía desalmados ceros y unos en la poesía desgarrada de su vida. Caracteres binarios y asesinos que lo atravesaban registrando los rincones más ocultos y oscuros de su espíritu, aquellos que ni él mismo conocía. Jamás había soñado en ser capaz de escribir algo así, de una belleza tan lacerante y pura, tan primigenia que causaba dolor. Las palabras eran espinas que la arquitectura de la sintaxis engarzaba en lacerantes flagelos . Y en aquella noche y en aquellas líneas a vuelapluma, Ramón encontró en ese infierno su paraíso. Y supo que no pasaría por la vida sin dejar huella.

El amanecer encontró a Ramón aletargado sobre el teclado. Abrió un ojo y vio, colgado en la pared, el reloj de diseño que Lucía le había regalado en su último cumpleaños. Farfulló una maldición. Tendría que arreglarse a toda prisa si quería llegar de hora al trabajo, aunque ya perdería el cercanías de las siete y cuarto y el de las siete y media era como una lata de personas en conserva. Al levantar la cabeza, el mundo se convirtió en un torbellino sin fin. Cuando pudo fijar la vista, observó la botella vacía y sintió una arcada. Imposible trabajar. Sus compañeros se acordarían de él ajenos a su tragedia personal. Fue a coger el teléfono para avisar a aquella secretaria cotilla y presumida que se creía el ombligo del mundo, pero no fue capaz de realizar la llamada. El estómago se le estaba poniendo del revés. Aún así, reunió la suficiente entereza para echar un vistazo a la pantalla del ordenador. Tenía un leve recuerdo de la maravilla que había creado en la frontera de la consciencia y no podía irse a la cama sin leer unas líneas.

- ¡Dios! -exclamó llevandose las manos a la cabeza- ¿Qué bodrio es este?

Aquella historia que le había ocupado toda la noche y que le daría gloria por los siglos de los siglos no era más que una colección difusa de frases heterogéneas e inconexas que dañaban la vista sólo mirarlas. Cerró el fichero sin guardarlo y se zambulló en la cama. Ya no podía pensar en nada y lo único que hizo su mente antes de desconectar fue repetir un nombre una y otra vez, aunque sabía que Lucía no regresaría jamás.

El teléfono fijo y el móvil sonaron toda la mañana en una alternancia obsesiva de metrónomo desequilibrado, pero no escuchó nada hasta que el timbre de la puerta aulló al mediodía con desespero. Dentro de su cabeza sonaba como la sirena de un transatlántico desde la cubierta de proa. Ramón, mareado como un marinero en tierra, abrió sin ganas y Lucía se lanzó a sus brazos en medio de un torrente desbordado de lágrimas.

- ¿Qué.. ocurre...? -consiguió balbucear Ramón desconcertado.

- ¿No te has enterado? -preguntó Lucía entre sollozos. Ramón movió la cabeza de un lado a otro sin saber qué pensar.

- El cercanías de las siete y cuarto ha descarrilado. Ha sido un desastre. Te he buscado toda la mañana. En el trabajo, en los hospitales... Te he telefoneado mil veces. No puedo estar sin ti, Ramón. No me dejes nunca.

"Extraño barco el de la fortuna -pensó Ramón-. A unos les quita la vida para dársela a otros." Apretó a Lucía contra su pecho y dejó que también sus lágrimas escaparan como el rebosadero de la felicidad que lo inundaba porque la vida había regresado. Ramón no dejaría huella de su paso por el mundo. O no, al menos, por aquellas líneas desesperadas en su noche más oscura, pero aquella pequeña y frágil botella de qüisqui, que siempre conservaría, dejó en él una huella profunda y perdurable. Había sido como una moneda al aire a vida o muerte.

sábado, 26 de febrero de 2011

Cerveza caliente, una novela de Juan Pablo Caja




Juan Pablo Caja, autor de esta interesante novela, es uno de esos amigos que forman el ranking de los que se pueden contar con los dedos de una mano. Hay muchos más amigos, pero necesitas más dedos si estableces un orden de preferencia. Publicista brillante -seguro que todos conocéis algunos de sus anuncios de televisión-, se dedica también a la literatura. Amigos de la infancia -aunque la vida nos ha separado durante un buen puñado de años-, Juan Pablo y yo hemos mantenido una línea vital muy similar basada en familia, trabajo, música y literatura. Separados desde la adolescencia, el reencuentro en la edad adulta nos ha permitido asombrarnos al comprobar lo poco que hemos cambiado en lo básico, lo mucho que nos sigue uniendo y todo aquello que nos hace diferentes. Os dejo un link a su página personal.

http://www.juanpablocaja.com/

domingo, 20 de febrero de 2011

Viaje a Madrid

Llueve en Madrid, medianoche cercana. La entrada del hostal es tan estrecha que casi hay que palpar las paredes para encontrarla. Misas en el primer piso y habitaciones en el segundo, tan pequeñas que apenas caben viajero y equipaje. El zumbido anunciando la cercanía del amanecer convierte el despertador en un enemigo. El ocaso sólo es una tregua en espera del armisticio. En ese intervalo, la vida se exilia entre cuatro paredes y moqueta en el suelo. Luces suaves y una letanía interminable de siglas y acrónimos tan artificial y absurda que a unos convierte en zombies y a otros en acólitos de una secta demoníaca. Todo muy extraño, sí. Pero sólo es un curso de redes. Canalejas ocho de la mañana, la luz del día desperezándose lentamente. Un hombre con expresión de prisionero de guerra se arrebuja en una manta sobre el suelo mojado con un vaso vacío anhelando el entrechocar de las primeras monedas. Tan vacío el vaso que produce vértigo de abismo. A las ocho de la noche, pasea trajeado por Preciados. Otros hombres ofrecen paraguas a los inconscientes que desafiamos a la lluvia, quieren comprar el oro que no poseemos, que entremos a consumir en sus locales o que nos dignemos a aceptar un papel alargado con mensajes multicolores que acabarán su efímera historia en la papelera más próxima. Y algunos mendigan extendidos en el suelo con un lenguaje servil del siglo de oro. Unos, tarados. La mayoría, simplemente vencidos. En cualquier caso, una auténtica legión de desesperados. En todas las esquinas, en todas las aceras, omnipresentes e invisibles en el centro de un enjambre. ¿Cómo es posible tanta soledad con tanta compañía? Como todo el mundo, los sorteo, los ignoro como si no existieran para seguir disfrutando la torpe ilusión de que la vida es bella y continúo mi deriva entre vestigios de apolilladas grandezas. Pero esto no es lo que quería contar.

Aranjuez, tercer día. Me he escapado sin hacer ruido, dejando mi sombra aburrida en la butaca y abandonando a su suerte a aquella panda de abducidos. En un garaje, cinco jóvenes luchan por sacar su empresa de la selva y llevarla al claro. Justo lo contrario de aquellas almas grises que languidecen en un salón de actos entre aplicaciones, protocolos y tecnologías proyectadas sobre una pared muerta. Hablamos. Convergemos en las ideas, en los proyectos, en las ilusiones. Sin moqueta, sin paredes tapizadas, sin cómodas butacas aterciopeladas en las que adormecer los sueños y acomodar las vidas. En Aranjuez hay luz y firmamos un contrato. Sonrisas, apretones de manos y la maquinaria, bien engrasada, se pone en marcha. La cuenta atrás para la publicación de El Heredero de Aldara ha comenzado. El tiempo justo para saborear el momento y vuelta a Madrid y al hostal. Diez minutos reposando el cuerpo y la mente, y de nuevo las calles mojadas. Los coches molestan tanto como los mendigos, pero cierro los ojos. A fin de cuentas, yo también tengo que continuar. Dos cervezas, una tapa y despertador a las siete. Pero los empujones en el metro, mientras miro mis propios pies como si temiera la mirada de los demás, tienen un sabor distinto. Y una sonrisa adorna mi cara. Días extraños de lluvia y cansancio, de luces y sombras, pero algunos sueños se cumplen. Aunque se tenga que luchar por ellos media vida.

miércoles, 9 de febrero de 2011

La carta

Algunos días llueve. Y cuando la lluvia llega acompañada de tormenta nos deshacemos por dentro diluyendo nuestro espíritu en ese agua que se apura por alcanzar el mar. Así es la vida. Mucho de nosotros va quedando en el camino por más que tras la tormenta salga el sol. Pero algunos días el sol brilla mucho. Son esos días en que lo que hemos sembrado comienza a germinar dejando atrás el invierno. Y hoy es para mi uno de esos días, así que no me voy a dedicar a martirizar a ninguno de mis personajes. Ni siquiera voy a imaginarlos porque sólo quiero dedicarme a disfrutar lentamente de ese sol que aún me sonríe a pesar de que ya alcanzamos la media noche. Y es que hoy he recibido una carta. Si, una carta de esas que trae el cartero tan raramente cuando uno no espera más que recibir la factura del teléfono. Una carta con franqueo urgente. En el sobre había un membrete que me ha hecho contener el aliento y vacilar un instante como si temiera abrirlo. La última tormenta había dejado una huella profunda y no tenía cuerpo para más. He abierto el sobre con cuidado y de dentro ha salido el sol, así que voy a compartir con vosotros las primeras palabras que he leído:

Estimado Enric C. Pedrón,
Me dirijo a ti con el fin de comunicarte que estoy interesado en editar El Heredero de Aldara.

Así pues, las cosas pintan bien y quizás pronto podáis tener mi primera novela en vuestras manos.

jueves, 3 de febrero de 2011

El día de la ira

Hay días en que uno está especialmente cabreado. Creo que ese es un sentimiento humano permisible de tanto en tanto que no tenemos por qué guardar para nosotros solos y hoy voy a compartirlo. Pero yo soy de esos que no quieren que otros paguen su ira, así que la he cargado sobre uno de los personajes de la historia que os dejo a continuación. Bueno, en realidad los dos personajes de la historia están bien jodidos. Que me perdonen. Ja ja ja...

UNA BONITA MAÑANA DE PRIMAVERA

Dicen que el sol no brilla para todos con la misma intensidad. Desde luego, para Juan Pérez no brillaba en absoluto en aquellos días soleados de la primavera de 2032. Por decirlo de una forma suave, Juan vivía atrapado en una tempestad interior desde hacía una semana, aunque sería más correcto calificar su estado anímico de vorágine de furia que lo devoraba sin piedad desde que conociera la noticia. Siete días fatídicos que habían transcurrido a la velocidad del rayo camino del colapso final. Una situación cruel, pues los últimos veintitrés meses habían pasado lentos cual tortuga coja para su desespero. Y es que Juan Pérez estaba a punto de jubilación. A punto de jubilación, sí, pero a los sesentaisiete, no a los sesentaicinco como sus padres, así que aquellos últimos veintitres meses y una semana le parecían de más, como si se los hubieran robado. Estaba cansado. Qué coño cansado. La espera se había hecho eterna y estaba exhausto, agotado, sin aliento... Eterna hasta que llegó la noticia. A un mes de la jubilación, el tiempo había comenzado a resbalar sin freno pendiente abajo. A Juan Pérez le habían detectado un cáncer.

- ¿Cuánto me queda, doctor? Quiero sinceridad. Vivo solo. Necesito arreglar algunas cosas y despedirme de algunas personas.

- Lo siento, Juan. Sólo le queda un mes.

¿Cómo era posible tanto infortunio? Nada peor que morir en el momento en que se alcanza la línea de meta. Bueno, sí. Era peor caer en el camino, pero llegar a la meta y no poder disfrutar del triunfo daba mucha rabia. Tanta que Juan Pérez moría ya en esa cruel y veloz cuenta atrás. Sólo le quedaban tres semanas y había tomado una determinación tan firme e inapelable como su diagnóstico: tenía una pistola e iba a usarla. No contra él mismo, no, que Juan Pérez era un superviviente e iba a resistir hasta el último aliento. El hombre que había tomado la decisión de alargar la agonía laboral de los demás compraba cada día el diario en el quiosco de la esquina mientras disfrutaba, desde hacía algunas décadas, de su dorada jubilación. Ese día, Juan iba a por él. Al menos, las tres últimas semanas disfrutaría de su gesta.

Eran casi las diez de la mañana y Juan tenía visita médica a las once, pero no había problema. Le daría tiempo porque su víctima era un hombre de costumbres. Llegaría puntual a su cita diaria con la quiosquera, entregaría la moneda y partiría hacia el mismo banco del mismo parque de siempre. Juan lo abordaría en el quiosco mismo, a la vista de todos. No tenía ganas de perseguirlo. Mientras se acercaba a su destino, su mente centrifugaba los argumentos que lo justificaban y cada vez lo veía más claro.

El hombre cruzó la calle y se paró un momento en la esquina para cerrar los ojos al sol disfrutando de su calor, se recolocó un poco la chaqueta y se acercó al quiosco. Sólo dijo buenos días y entregó la moneda con su eterna sonrisa de oreja a oreja enarcando las cejas en una maniobra imposible. Las canas y las arrugas habían respetado rigurosamente aquella expresión ingenua que tantas adhesiones recolectó en sus mejores días, aunque los días de los que disfrutaba desde hacía tiempo no estaban nada mal. A Juan no le tembló el pulso. Había esperado un único minuto de perfecta sincronía simulando escoger lectura y ya lo tenía a tiro. Sacó la pistola y apuntó. Sólo dijo una palabra. Diez letras que sonaron como un saludo.

- Presidente...

Tres truenos rompieron la quietud de la mañana. Hacía sol, sí. Un precioso día de primavera también para Juan Pérez, que de repente se sintió recuperado de todos sus males. Respiró hondo y disfrutó el olor de la pólvora. Los pocos testigos que transitaban la escena estaban helados. Sólo una señora se había atrevido a lanzar un grito al aire. La victima miraba a Juan desde el suelo con expresión transpuesta, sin su famosa sonrisa y con las cejas enarcadas hasta el infinito. Se tocaba el pecho en busca de una sangre que se negaba a brotar. No entendía nada. No conocía al pistolero y no sabía por qué lo había hecho, pero Juan no daría ninguna explicación. Sólo se despediría antes de alejarse de allí con una tranquilidad que hacía años que no sentía.

- Yo estoy jodido, cabrón -dijo Juan-, pero a ti el susto no te lo quita nadie.

Desde luego, aquella pistola de petardos que Juan Pérez conservaba desde su infancia era un escándalo. La espera hacia la jubilación final acababa de entrar en una fase de harmonía inesperada. Sí, era una bonita mañana de primavera.

martes, 1 de febrero de 2011

Para empezar...

Llevaba ya tiempo deseando escribir un blog, supongo que por culpa de esa extraña necesidad humana de comunicar a los demás las inquietudes propias. Pero cuando uno es una persona realmente inquieta no se acaba de decidir por un solo camino y corre el riesgo perderse en el laberinto. Me ha costado decidirme, pero al fin me he puesto manos a la obra para compartir mi faceta más artística y la de mis amigos, si es que me dejan. Aunque supongo que será inevitable que de vez en cuando asomen a esta ventana alguna de mis otras inquietudes, intentaré centrarme en mi faceta literaria. Para empezar, aquí os dejo una historia de mi primer libro Amor en paro, editado por Islavaria.



El jardincito de la ribera norte
De casa al trabajo, del trabajo a casa -siempre caminando en la pequeña ciudad en que vivíamos por aquel entonces- era la rutina de la que no me desprendía ni los fines de semana. Un paseo, con el tiempo suficiente como para no tener prisa, por el placer mismo del camino. El paseo de las acacias en las lindes de la vía del tren, la calle de los libreros, el viejo puente sobre la riera... Sí, en efecto, daba un buen rodeo, pero la ruta más corta -el boulevard comercial, la avenida, la zona financiera- no despertaba en mi más que un vacío revestido de sabor amargo que no hacía otra cosa que ahuyentarme como el clavo a las moscas. Así que transitaba aquellos parajes huérfanos que mi mujer -y casi todos nuestros paisanos- evitaba con obstinación como si el ajetreo y el humo de los coches formaran parte de su dieta.
Al otro lado del puente, en la ribera norte de la riera, había un jardincito en el que siempre me detenía. Su banco solitario no tenía quien lo ocupara si no era yo. A unos pasos, una fuente adosada a la pared regalaba a los gorriones y los mirlos su agua lenta y cantarina. Un viejo jazminero la enmarcaba con su follaje ligero y con su dulce aroma de verano. La brisa del agua esparcía la fragancia hasta el banco en el que yo esperaba hasta llenarme de ella inspirando, sin prisa, una y otra vez. Entonces, llegaban a mi mente recuerdos de esa infancia lejana en el pueblo, de aquellas interminables vacaciones estivales de juegos, de cuentos, de baños en el río.
En una ocasión, propuse a mi mujer sembrar un jazminero en nuestra exigua terraza y me contestó que los jazmines olían a vieja.
  • Sí -añadió-. Las abuelas se ponían un ramillete en el vestido engarzado con un imperdible para disimular el olor de la vejez.
Eso era rigurosamente cierto, y su afirmación sirvió para atarme definitivamente a aquel jardincito de la ribera norte. Aquel rincón pequeño y asilvestrado olía igual de bien que mi abuela.

Saludo a navegantes nocturnos

Un teclado a media luz en el silencio de la noche. El timón de un barco cruzando el océano bajo un cielo estrellado. No hay fronteras. No hay leyes ni reyes ni esclavos. Sólo una brújula y un mar por descubrir. Adelante, marinero...