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miércoles, 2 de abril de 2014

LA CALLE 357

La calle de mi infancia no tenía nombre. Era una de esas calles que dibujan el contorno de la ciudad, con las fachadas mirando al campo como si sus moradores tuviéramos que vigilar la periferia desde las ventanas y defender el centro urbano de incursiones bárbaras. El mar quedaba cien pasos al sur, pero la ciudad renegaba del privilegio de su presencia vomitando en él sus desechos para convertir una espléndida bahía en un estercolero, así que cuando queríamos ir a la playa nos desplazábamos en autobús hasta alguna de esas zonas turísticas donde los primeros invasores europeos quemaban sus excesos alcohólicos sobre una arena impoluta.

Quizá por eso de lindar con la zona salvaje, el ayuntamiento se había olvidado de asfaltar mi calle y de ponerle farolas, limitándose, por toda gracia, a otorgarle un número para su inauguración. El 357, un número que nadie sabía de dónde salía y tan vulgar que ni siquiera es primo. Mi calle tenía un único bloque blanco con tres entradas, con sus terrados comunitarios donde la ropa de los vecinos ondeaba al viento y con su patio en la parte trasera. Un patio amplio compartido con otros dos bloques blancos con sus respectivas calles que, como no daban ni al campo ni al mar, tenían nombre, asfalto y farolas. Ese patio -que por cierto tenía farolas aunque con los años, al igual que los bancos, fueron cayendo una tras otra- nos convertía en una auténtica comunidad. Sobre todo a los niños, que en cuanto aparecía por nuestro territorio algún desconocido lo molíamos a palos. Los partidos de futbol eran la excepción. Acogíamos al enemigo mientras duraba el encuentro y después cada cual a su barrio, al otro lado de la frontera. Supongo que jugábamos a ser mayores y nuestra patria era aquel patio, aquellos tres bloques de viviendas iguales y aquella calle autónoma sin asfalto, farolas ni nombre. Eso sí, mi calle tenía una acera que evitaba a nuestros zapatos el barro del invierno, aunque nosotros nos empeñábamos en navegar en los charcos nuestros barcos de papel y chapotear en ellos aquellas katiuscas que nos uniformaban.

El día que asfaltaron mi calle hicimos una fiesta. Al fin, la calle 357 tenía el suelo negro y no marrón, y dejaba de estar llena de hierbajos camperos y de lagunas. Podías pasar con el coche sin tener que sortear aquellos agujeros que crecieron con nosotros. Yo había cumplido los veinte y ya sabía cosas como que el ayuntamiento había cobrado el asfaltado y las farolas a los vecinos con impuestos especiales antes de mi nacimiento, como que en aquel tiempo nadie se atrevía a reclamar nada porque la autoridad estaba por encima del bien y del mal. Y con mis veinte años cumplidos, a aquella calle por la que nunca habían pasado los del alcantarillado, el teléfono o la electricidad comenzaron a llegar uno tras otro para cubrir de cicatrices la capa de asfalto virgen que nos había llenado de progreso y de orgullo ciudadano. Como si hubieran olido el alquitrán caliente, no esperaron ni dos días para destrozarla. Parecía que, de repente, todo el mundo se acordaba de que existía aquella calle olvidada. Al menos, llegaron las farolas y el nombre. Se ve que no tenían ninguno a mano, porque le pusieron el de un bar de pescadores de por la zona que había cerrado sus puertas años atrás. No podría haber sido peor ni aunque le hubieran preguntado a los vecinos.

Poco después comenzó la construcción de la delegación provincial de un ministerio cualquiera al otro lado de la calle, lo que explicaba la modernización que nos rescató del olvido, y dejamos de ser la frontera, aunque en aquel tiempo yo me había vuelto un escéptico y ya no defendía aquella patria chica de nada ni de nadie. La fachada de la delegación apuntaba hacia el campo liberando así a los niños de mi calle, que ya paseábamos barba, del tedioso trabajo de vigilancia. Con el tiempo, esa frontera se fue alejando más y más como el olor del campo, y mi calle se convirtió en otra cualquiera, sin personalidad, sin alma, sin batallas en el límite de la civilización, y los niños que habíamos defendido los confines de la cuidad fuimos abandonando el puesto para diseminarnos en busca de nuestras propias fronteras. Fue entonces cuando arreglaron también aquella playa de la que no habíamos podido disfrutar en nuestra infancia.

No volvimos a tener conciencia de aquel barrio en el que dejamos aparcados a nuestros padres, que ya eran abuelos, hasta que la especulación urbanística auspiciada desde el ayuntamiento –ironías de la vida, de izquierda en aquel tiempo-, nos llamó de nuevo a la guerra. Se ve que estar cerca de un mar regenerado es digno de clases sociales más prósperas y habían planificado demoler los tres bloques y sustituirlos por nuevas viviendas con mejores habitantes. Mi calle y las otras dos, con su patio, su asfalto, sus farolas y sus nombres, eran moneda de cambio entre el ayuntamiento y el archiconocido constructor de turno que había visto allí una buena oportunidad de negocio. El plan incluía la dispersión de los ancianos, muchos de ellos octogenarios y vecinos de casi toda una vida, por distintas barriadas deprimidas con la infumable promesa de que un día regresarían a sus nuevas y flamantes viviendas. La guerra se libró entonces en despachos, asambleas, recursos, alegaciones y demás burocracias. Aunque lo que realmente salvó de la muerte a nuestro antiguo barrio, a la blanca calle de mi infancia, fue el advenimiento de la crisis. El dejar de ser un negocio suculento para los de siempre: constructores, banqueros, políticos y demás escoria. Y allí sigue, a pesar del tiempo y los chorizos, mi amada calle, mi patio, mi barrio. Quizá algún día regrese.