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jueves, 25 de diciembre de 2014

Navidad again

Por fin es Navidad después de todo un año de espera. Pongo las noticias mientras desayuno y me entero de que el Papa Noel ya ha repartido todos los regalos. Una noche dura, sin duda, aunque cada año lo veo más fondón, más pesado, más viejo. Y como a mi los años me convierten en un ser desagradable y escéptico, empiezo a creerme que no lo hace él solo y sospecho que tiene algún ayudante. También ponen fragmentos del discurso del rey. Lástima que no lo pude ver en noche buena y me tenga que contentar con el resumen. ¡Nuestro nuevo rey! Habló explicitamente del paro, de la corrupción, de los catalanes y... ¿Y de qué más? O, mejor dicho, ¿y de quién más? Pues no,vaya por Dios, no la nombró. También el Papa hizo su discurso, aunque me acuerdo menos de lo que dijo. Hay que ver qué lejos llega la voz de los poderosos. Lo digo con admiración, que os veo a algunos pensar que ya estoy otra vez criticando y que no son días para eso. Pero ya que me estáis juzgando os voy a hacer una pregunta: ¿sabéis qué estamos celebrando hoy? Claro, claro. Sí que lo sabéis. No es por nada que esta es una de las tres fiestas grandes del cristianismo. Celebramos la llegada de el esperado. Nuestro mesías. Vaya, Jesucristo. Se supone que nació tal día como hoy. Es tiempo de esperanza. Pero, ¿y si os pregunto por la segunda fiesta grande, la Pascua? Ya os veo a algunos dudar. A ver con el nombre completo: Pascua de Resurrección. Claro, ahora con pistas es más fácil. Tiempo de dolor, sí, aunque sé de buena tinta que algunos lo aprovecháis para iros de fiesta a Cancún. Bueno, venga. Aprovados. Vamos por la tercera: Pentecostés. Bueeeeno. Ahora miramos al techo, ¿no? A ver si recitando: "Veni, Sancte Spiritus, et emitte caelitus lucis tuae radium". Nada, ni por aquellas. Hay que ver qué poco vais a misa. ¡La venida del Espíritu Santo! ¡Lo de la llamita encima de la cabeza! Tiempo, sin duda, de misterio.

Por cierto que tengo una amiga que cree en eso de los espíritus, dice que sabe llamar a los ángeles y mil cosas más por el estilo. Hay que ver qué tendencia más rara tenemos a creer en lo más difuso para convertirlo en una verdad. Su argumento más sólido para convencerme de por qué no estamos disfrutando todos de la luz de ese conocimiento es que la humanidad no está preparada para ello. ¿A qué me suena eso? Ah, sí. Al conocimiento iniciático que han explotado todas las sectas para intentar someternos. Algunas han triunfado y ahora, después de innombrables, innumerables e injustificables tropelías, son cultura, patrimonio de la humanidad, y tenemos que sostenerlas con los recursos de todos. Igual lo de mi amiga triunfa algún día y la mujer se convierte en la Mama de millones y millones de adeptos.

Bueno, parece que no tengo precisamente el don de la oportunidad y que escojo el peor de los días para hablar de estas cosas. Pero, qué puñetas, anoche canté villancicos hasta reventar y hoy voy a celebrar una espléndida comida con la familia. Que, por poco crédulo que sea, soy tan contradictorio como cualquiera.

Venga, Feliz Navidad.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Más BOE

Continuando con mi manía de leer el BOE -genio y figura...-, hoy me encuentro con una cosa interesante. Obviando la manía persecutoria más o menos justificada del gobierno en cuanto a consultas populares de la que no quiero hablar porque cada vez me interesa menos y que hoy tiene extenso reflejo en nuestro apreciado boletín, me doy de narices con el Real Decreto 919/2014, de 31 de octubre, por el que se aprueba el Estatuto del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno. Magnífico. Me alegra sobremanera que el gobierno de este país se preocupe por luchar denodadamente contra el cáncer de la corrupción por más que la impresión de metástasis irreversible que tenemos los ciudadanos nos haga sentirnos pesimistas. Leo el preámbulo y no puedo evitar que me venga a la memoria Alicia en el país de las maravillas. El ciudadano como centro del interés nacional. Qué bonito. Lo firmo de inmediato. Pasamos al articulado. Objetivos: ummmm. Me relamo de gusto. Funciones: sublime. Bonito capítulo I. Seguimos. Capítulo II: Órganos del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno. ¡Joder!, ¿qué coño es esto? Tengo que respirar. Abro la ventana aunque hace un frío que pela, pero es que me siento mareado. Más bien diría que tengo ganas de vomitar. Me explico: El Presidente del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno será nombrado por real decreto del Consejo de Ministros a propuesta del titular del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas. ¿Y los miembros del Consejo? Un diputado, un senador, un representante del Tribunal de Cuentas... Puag, más de lo mismo. El puto poder controlando al puto poder. Como el Banco de España, como el Tribunal de Cuentas, como la Agencia Española de Protección de datos, el Tribunal Constitucional, El CGPJ, la CNMV, etc, etc, etc. No puedo más. ¿Alguien tiene verdadero interés en arreglar esto? No volveré a votar a quien no me prometa un cambio radical, de raíz, un borrón y cuenta nueva. Creo que incluso los que más prometen se quedan cortos respecto a lo que necesita este país. En fin. Siempre me queda el consuelo de un buen libro. Hoy toca Stephen King. Alguien se preguntará qué es lo que entiendo yo por buena literatura. Bueno, también yo puedo equivocarme, pero cuando menos me sirve para curarme de espanto.

viernes, 26 de septiembre de 2014

BOE mon amour

Quizá es preferible leerse las obras completas de Galdós, Tirso de Molita o Molièr, pero tengo que confesar mi debilidad por el BOE, que también puede considerarse como una recopilación de la totalidad de las obras de un gobierno. A lo mejor incluso podría venderse así. Imagínese en las librerías. Obras Completas del Gobierno de Rajoy. O, mejor aún, en entregas semanales en los kioskos. Un delirio, un éxito de ventas, un triunfo del marketing con su propio merchandising. Una estantería en su casa con los fascículos encuadernados y los muñequitos de los ministros, portavoces, secretarios de estado, subsecretarios y demás altos cargos del gobierno y sus ministerios. Mariano, Soraya, la Cospe, Wert, el glorioso Beteta, el condecorador de Vírgenes... Espero que nadie me pise la idea.

La cuestión es que en los últimos días el BOE ha traido algunos relatos interesantes. El que más, como no, el del día 24, con el magnífico Real Decreto 815/2014 de 23 de septiembre, por el que se dispone el cese de don Alberto Ruiz-Gallardón Jiménez como Ministro de Justicia. ¿Tendría que excluirse el muñequito de la colección? No voy comentar nada al respecto porque han corrido rios de tinta y quien más quien menos se ha enterado del affaire. El que sí voy a comentar es el del 17, que trae la Ley 15/2014, de 16 de septiembre, de racionalización del Sector Público y otras medidas de reforma administrativa. Mucho ha presumido el gobierno de haber eliminado más de 2.000 organismos de la agigantada administración española, pero si nos vamos al artículo 3 de la Ley nos encontramos con uno interesante que se ha salvado de la quema, la Obra Pía de los Santos Lugares.¡Oh, gran Entidad Estatal de Derecho Público! Copio y pego:

La Obra Pía de los Santos Lugares tiene como fin primordial conservar y gestionar el patrimonio perteneciente a dicha entidad.

Asimismo, son fines de la entidad:

a) Sostener la Basílica-Museo de San Francisco el Grande de Madrid.

b) Mantener e incrementar la presencia española en Tierra Santa.

c) Promover el estudio de la historia de la presencia española en los pueblos del Mediterráneo y Oriente Medio y, en especial, en Tierra Santa.

d) Coadyuvar la labor humanitaria y educativa en esa misma área.

¡Esto sí que son intereses de estado! Se especifica en la norma que el personal al servicio de la obra será funcionario y laboral en los mismos términos que los establecidos para la Administración General del Estado. Magnífico. El punto 5 del artículo tampoco tiene desperdicio:

El presupuesto de la Obra Pía de los Santos Lugares se ajustará a la estructura presupuestaria que señale el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas, a efectos de su integración en los Presupuestos Generales del Estado.

Podría continuar sacándole punta al artículo, pero no quiero alargarme. Eso sí, propongo a todo el mundo que tenga un ejemplar del BOE en la mesita de noche. O se duerme del aburrimiento o se desvela del cabreo, que noticias tan bonitas como la de Gallardón trae pocas.

jueves, 25 de septiembre de 2014

AMOR OROGÉNICO, de Rosa María Mateos

Hoy traigo un relato de una buena amiga, ganador de un concurso del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Rosa María Mateos es geóloga y su relato incluye algunos términos técnicos fácilmente asimilables. Un relato original que me apetece, con su permiso, compartir con vosotros.

AMOR OROGÉNICO

Rosa María Mateos Ruíz

Mi amor,

He llegado a la ciudad y es cierto que te falta el aire. La altura te golpea la cabeza con una cadencia que te hace perder la vertical, y el ángulo de tu cuerpo con el suelo se va haciendo cada vez más agudo. He abierto la ventana del hotel, y la gran cordillera se ha metido en la habitación, sin pedir permiso. Por un momento he recordado a esos gigantones hijos míos que llenan la casa con su espacio, haciéndose dueños de todo.

Será que me estoy haciendo mayor. Me vienen los recuerdos de mi escuela cuando aún mi madre me peinaba con coletas. La maestra nos enseñaba geografía en el jardín, sobre aquellos mapas en relieve primorosamente dibujados en el suelo. El Mundo estaba allí, con sus países, ríos y cordilleras.

- Señorita, diríjase a los Alpes.

- ¿Eso es el Tajo? Molina, ¡que está usted en Francia!

- Que hartita me tenéis.

Y manteníamos el equilibrio a la pata coja sobre el Mulhacén, el Aneto y corríamos Duero arriba, Guadiana abajo, alegres por estar al aire libre. Me pongo las gafas para mirar bien estas montañas, tan jóvenes que aún babean lava de vez en cuando. Intuyo grandes derrumbes en las vertiginosas vertientes, que arrasaron bosques de lengas y canelos, fruto de las impetuosas sacudidas telúricas. Vislumbro con claridad los profundos valles que antaño albergaron ríos de hielo y que ahora mueren colgados sobre el lago. Las nubes quedan retenidas en los puntiagudos penachos volcánicos, congelados en el tiempo y en el espacio, en la misma cocorota de las montañas. Y allá, en los altos riscos, el cóndor despliega sus alas al filo de dos mundos: el terrestre y el marino. ¡Maldita Naturaleza adolescente! Estas soberbias masas de roca seguirán ahí cuando ya mis genes se hayan disipado; millones de años en pie mirarán desde las alturas a todas las especies que nos sucederán. Pero nada puede escapar a su destino, también ellas morirán algún día en su lenta deriva sobre la Astenosfera, hasta ser devoradas sin pasión en una profunda fosa oceánica.

Ahora mi vista se desvía a un segundo plano, donde los relieves se suavizan y desparecen los barrancos; allí donde la cordillera se difumina y desliza hacia el océano. Y en este paisaje me siento mejor, porque quiero ser yo en el ecuador de mi vida, libre de cualquier fuerza titánica que pueda alterar mi confortable espacio y donde solo reine la calma y la ternura. Pero no, justo cuando me había convertido en una suave colina, recuperada de las heridas y surcos que me dejó la erosión de la vida, apareces tú. De tal calibre es la sacudida de tus ojos azules que se han despertado las fallas cegadas en mi interior. Todo se mueve en este cuerpo que creía inerte; miles de fuerzas se conjugan y conjuran para levantar mi maltrecha existencia. Quisiera saber el mecanismo que permite al magma ascender a la superficie. Es lo mismo que siento en el punto exacto del núcleo interno de mi vientre, cuando tu piel se acerca a la mía. Ya no quiero vivir sin el ruido del agua, ese rumor de manantiales termales que brotan al calor de tus caricias. ¿Será esto lo que mis colegas llaman orogenia?

Y ahora comprendo que todos los embates con los que me ha golpeado la vida eran para esperarte. Mi divorcio, mi grave enfermedad, la pérdida de mi pequeña. Todo ese dolor me dejó flotando sobre el fango del desánimo, mecida por aguas turbias que adormecen con su vaivén. Pero al igual que la Tierra se regenera después de una hecatombe, yo también he florecido de mis propias cenizas, borrando de mi mapa lamentos, penas y tristezas, como una gran extinción geológica.

No te lo vas a creer. Mientras te escribo estas letras, suena por el hilo musical la canción “Gracias a la vida” de la Negra Sosa. Ella vagó por esta cordillera con su charango al hombro, abrazando valles, montañas y vientos. Y justo, en este momento, entiendo que por fin la vida me ha dado las gracias. Si pudiera estirar todas las montañas de la Tierra como una tela infinita, envolvería para ti el planeta con vueltas y más vueltas, hasta ofrecerte un gigantesco regalo sideral. No voy a cerrar la ventana. Voy a dejar que me atrapen las montañas, al compás de su baile orogénico, hasta las mismas raíces de tu amor.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Relatos de vinilo, cinta magnética y celuloide, de Juan Pablo Caja

Por segunda vez tengo la alegría de reseñar en estas páginas un libro del escritor Juan Pablo Caja. Digo la alegría porque Juan Pablo Caja es uno de esos amigos de adolescencia que un día desaparecen de tu vida para regresar muchos años después. En aquellos años lejanos compartimos muchos sueños, mucha montaña, mucha música. Y, como no, también literatura. En esencia, y por fortuna, aún queda mucho de aquel Juan Pablo Caja adolescente que conocí, tanto en él mismo como en su literatura.

En esta ocasión, el autor ofrece una colección de relatos a cual más breve. Y es que las armas de Caja son básicamente la claridad del mensaje y la síntesis. Nada sobra en sus relatos, no hay juegos de artificios, nada enmascara ni oscurece un lenguaje que pretende no ocultar nada. Lejos, quizá, de la tradición europea, la ausencia de adorno da a los cuentos de Caja una magia especial, una cercanía y una familiaridad en la narración y en el contenido que es de agradecer. La frescura, la espontaneidad, el amor por la música y por la vida impregnan las 184 páginas de este libro cuya lectura recomiendo. Transcribo uno de los relatos para abrir boca

Final

Voy a tener que acostumbrarme al precio de la ginebra en los bares.

A los viejos compañeros que no se hablan.

A los antiguos amigos que vuelven la cabeza cuando te los cruzas en la calle.

Peor aún: a los que te invitan a una copa y son capaces de estar contigo tres cuartos de hora, o más, sin saber de qué hablarte.

Tendré que acostumbrarme a los nuevos nombres de las calles, a los restaurantes demasiado climatizados, a pagar por aparcar el coche.

A dejar de buscar caras conocidas entre los jóvenes que caminan por las calles:

porque los jóvenes son ahora otros, y me miran, además, de manera rara (¿será respeto?).

Voy a tener que acostumbrarme, sí, a esta piel mía tan arrugada.

miércoles, 2 de abril de 2014

LA CALLE 357

La calle de mi infancia no tenía nombre. Era una de esas calles que dibujan el contorno de la ciudad, con las fachadas mirando al campo como si sus moradores tuviéramos que vigilar la periferia desde las ventanas y defender el centro urbano de incursiones bárbaras. El mar quedaba cien pasos al sur, pero la ciudad renegaba del privilegio de su presencia vomitando en él sus desechos para convertir una espléndida bahía en un estercolero, así que cuando queríamos ir a la playa nos desplazábamos en autobús hasta alguna de esas zonas turísticas donde los primeros invasores europeos quemaban sus excesos alcohólicos sobre una arena impoluta.

Quizá por eso de lindar con la zona salvaje, el ayuntamiento se había olvidado de asfaltar mi calle y de ponerle farolas, limitándose, por toda gracia, a otorgarle un número para su inauguración. El 357, un número que nadie sabía de dónde salía y tan vulgar que ni siquiera es primo. Mi calle tenía un único bloque blanco con tres entradas, con sus terrados comunitarios donde la ropa de los vecinos ondeaba al viento y con su patio en la parte trasera. Un patio amplio compartido con otros dos bloques blancos con sus respectivas calles que, como no daban ni al campo ni al mar, tenían nombre, asfalto y farolas. Ese patio -que por cierto tenía farolas aunque con los años, al igual que los bancos, fueron cayendo una tras otra- nos convertía en una auténtica comunidad. Sobre todo a los niños, que en cuanto aparecía por nuestro territorio algún desconocido lo molíamos a palos. Los partidos de futbol eran la excepción. Acogíamos al enemigo mientras duraba el encuentro y después cada cual a su barrio, al otro lado de la frontera. Supongo que jugábamos a ser mayores y nuestra patria era aquel patio, aquellos tres bloques de viviendas iguales y aquella calle autónoma sin asfalto, farolas ni nombre. Eso sí, mi calle tenía una acera que evitaba a nuestros zapatos el barro del invierno, aunque nosotros nos empeñábamos en navegar en los charcos nuestros barcos de papel y chapotear en ellos aquellas katiuscas que nos uniformaban.

El día que asfaltaron mi calle hicimos una fiesta. Al fin, la calle 357 tenía el suelo negro y no marrón, y dejaba de estar llena de hierbajos camperos y de lagunas. Podías pasar con el coche sin tener que sortear aquellos agujeros que crecieron con nosotros. Yo había cumplido los veinte y ya sabía cosas como que el ayuntamiento había cobrado el asfaltado y las farolas a los vecinos con impuestos especiales antes de mi nacimiento, como que en aquel tiempo nadie se atrevía a reclamar nada porque la autoridad estaba por encima del bien y del mal. Y con mis veinte años cumplidos, a aquella calle por la que nunca habían pasado los del alcantarillado, el teléfono o la electricidad comenzaron a llegar uno tras otro para cubrir de cicatrices la capa de asfalto virgen que nos había llenado de progreso y de orgullo ciudadano. Como si hubieran olido el alquitrán caliente, no esperaron ni dos días para destrozarla. Parecía que, de repente, todo el mundo se acordaba de que existía aquella calle olvidada. Al menos, llegaron las farolas y el nombre. Se ve que no tenían ninguno a mano, porque le pusieron el de un bar de pescadores de por la zona que había cerrado sus puertas años atrás. No podría haber sido peor ni aunque le hubieran preguntado a los vecinos.

Poco después comenzó la construcción de la delegación provincial de un ministerio cualquiera al otro lado de la calle, lo que explicaba la modernización que nos rescató del olvido, y dejamos de ser la frontera, aunque en aquel tiempo yo me había vuelto un escéptico y ya no defendía aquella patria chica de nada ni de nadie. La fachada de la delegación apuntaba hacia el campo liberando así a los niños de mi calle, que ya paseábamos barba, del tedioso trabajo de vigilancia. Con el tiempo, esa frontera se fue alejando más y más como el olor del campo, y mi calle se convirtió en otra cualquiera, sin personalidad, sin alma, sin batallas en el límite de la civilización, y los niños que habíamos defendido los confines de la cuidad fuimos abandonando el puesto para diseminarnos en busca de nuestras propias fronteras. Fue entonces cuando arreglaron también aquella playa de la que no habíamos podido disfrutar en nuestra infancia.

No volvimos a tener conciencia de aquel barrio en el que dejamos aparcados a nuestros padres, que ya eran abuelos, hasta que la especulación urbanística auspiciada desde el ayuntamiento –ironías de la vida, de izquierda en aquel tiempo-, nos llamó de nuevo a la guerra. Se ve que estar cerca de un mar regenerado es digno de clases sociales más prósperas y habían planificado demoler los tres bloques y sustituirlos por nuevas viviendas con mejores habitantes. Mi calle y las otras dos, con su patio, su asfalto, sus farolas y sus nombres, eran moneda de cambio entre el ayuntamiento y el archiconocido constructor de turno que había visto allí una buena oportunidad de negocio. El plan incluía la dispersión de los ancianos, muchos de ellos octogenarios y vecinos de casi toda una vida, por distintas barriadas deprimidas con la infumable promesa de que un día regresarían a sus nuevas y flamantes viviendas. La guerra se libró entonces en despachos, asambleas, recursos, alegaciones y demás burocracias. Aunque lo que realmente salvó de la muerte a nuestro antiguo barrio, a la blanca calle de mi infancia, fue el advenimiento de la crisis. El dejar de ser un negocio suculento para los de siempre: constructores, banqueros, políticos y demás escoria. Y allí sigue, a pesar del tiempo y los chorizos, mi amada calle, mi patio, mi barrio. Quizá algún día regrese.

miércoles, 5 de marzo de 2014

PEDIR PERDÓN

Hoy he desempolvado el viejo traje de los domigos. El de ir a misa, por supuesto, que ya está bien de corretear asilvestrado cual díscola oveja descarriada sin cumplir con los compromisos domínico-divinos. Y, si hace falta, le pediré a mi mujer que rescate la mantilla y la peineta del baúl de los recuerdos para estar más a tono con los tiempos que corren. Debemos ayudar a nuestros amados dirigentes políticos en su cruzada nacional para volver a alcanzar ese preciado estatus de reserva espiritual de occidente y dejar que la constitución diga lo que diga. Cospedal y Sáenz de Santamaría ya marcaron tendencia en la ceremonia de proclamación de San Juan de Ávila como nuevo doctor de la Iglesia con sus mantillas y peinetas. Protocolo obliga, dicen algunos. Efectivamente, la Santa Madre Iglesia obliga a muchas cosas, todas ellas por nosotros, su bien querido rebaño. Bien lo sabe Fátima Báñez, nuestra ministra de trabajo que, como es sobradamente conocido, nunca ha pegado palo al agua ni falta que le hace. Ella supo agradecer a la veneradísima Virgen del Rocío su ayuda para salir de la crisis en una visita al ayuntamiento de Almonte, donde anunció que el gobierno declararía el concedido por Su Santidad el Papa Benedicto XVI Año Santo Jubilar Mariano de la aldea del Rocío en la Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestra Señora del Santo Rosario, Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y María Santísima de la Esperanza Macarena acontecimiento de excepcional interés turístico. Hay que decir que no se trata de una declaración banal, puesto que el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas ha firmado un convenio que ofrece unos importantísimos beneficios fiscales para todo aquel que venga a bien participar en tan señalado acontecimiento. ¡Viva la Virgen del Rocío!, dicen que exclamó doña Fátima para finalizar la comparecencia de prensa de la ocasión.

Muestras más sutiles de fervor religioso y de apoyo a los padres de la Iglesia las han dado otros ministros al volver a devolver a la religión el estatus que se merece en la escuela pública o al promover una nueva ley del aborto que pusiera orden de una vez por todas en el desbarajuste sexual que no tiene como fin primero y último la procreación. Pero la palma del abanderamiento cristiano de los nuevos tiempos se la lleva nuestro flamante ministro del interior Fernández Díaz, que ha concedido la máxima distinción de la policía, la medalla de oro al mérito policial, en favor de la Advocación Mariana Titular de la Real, Excelentísima, Muy Ilustre y Venerable Cofradía de Culto y Procesión de Nuestro Padre Jesús El Rico y María Santísima del Amor. Hay que decir que en el año 2012 concedió la Gran Cruz del Mérito de la Guardia Civil a la Virgen del Pilar, patrona del cuerpo. ¡Qué gran hombre! Nuestro ministro tiene el cielo ganado, además del favor de la Conferencia Episcopal, del Vaticano y de las monjas de mi pueblo, que son Siervas del Inmaculado Corazón de María y están en el Facebook.

Por cierto que nuestro queridísimo Cardenal Arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco Varela, ha invitado al Papa Francisco a visitar España para confirmar a los españoles en su fe. Lo sabemos porque últimamente el telediario parece el boletín informativo de la Iglesia y nos transmite la frase del día de nuestro Papa Francisco. La visita será una gran oportunidad para todos nosotros y para algunos más a quienes los valencianos pueden aportar su gran experiencia por haber organizado ya un acto de este tipo. Ya sé que a unos cuantos les vienen a la cabeza malas ideas, pero es de buen cristiano saber perdonar. Jesús en la cruz perdonó a los ladrones que le acompañaban en el tormento, ¿no podemos perdonar nosotros, como ha hecho hasta ahora la justicia, a unos cuantos a los que se les fue la mano entonces? No nos vamos a enfadar por tonterías. Por cierto, que eso de irsele la mano le pasa a quien más y quien menos. Que se lo digan a nuestro fervoroso ministro de interior quien, a pesar de que vio la luz divina tras una intensa experiencia religiosa en Las Vegas como él mismo ha explicado, no se ha cansado de justificar que se lanzaran pelotas de goma a los impíos transgresores de la ley que pretendían violar el sagrado suelo patrio. Y es que hay cosas que están por encima del derecho a la vida, según parece. Pero no hay problema: como buen cristiano que es, los ha perdonado. Incluso es capaz de perdonar a quienes lo critican y ¡viva la patrona de la Benemérita! Después de todo, perdonar es fácil. Y en este momento me acuerdo de Alaska, que aunque nada parece tener que ver con todo esto, posee dos méritos que no hay quien se los quite. Ya veo que a algunos se le están poniendo los ojos como chirivitas. No, no son esos, malpensados. El primero es haber sido musa en esos gloriosos años en que aún éramos jóvenes, y el segundo el haber acertado de lleno con aquella canción en la que decía "Qué difícil es pedir perdón". Señor ministro, por favor, déjese ya de Vírgenes y pida perdón de una puñetera vez.

martes, 4 de febrero de 2014

LA PROFECÍA DE CAROLINA

Pronto, muy pronto, la luz entrará a calmar esta noche sin fin

Yes (Soon)

Primera parte. La vertiginosa profundidad del tiempo. La noche aparecía despejada y tranquila en la capital del reino. Una finísima lúnula iniciando su metamorfosis hacia el cuarto se ocultaba ya tras los rascacielos dormidos. Bajo la luz de una farola, Aurelio esperaba recordando viejos tiempos de escenario. Recordando antiguos y deshauciados teatros en ciudades cuya alma devoraron las franquicias hace tiempo. Recordando con nostalgia, pero sin el dolor de antaño. Le costó lustros admitir que ya no era el gran Roberto Prades que recorriera el suelo patrio una y mil veces declamando clásicos sino un tal Aurelio Pérez, hijo del cartero de un pueblo manchego de nombre impronunciable. Ser o no ser. ¿Qué importaba con la medianoche y la vida declinando hacia el oeste de aquel rincón solitario? La nube que aparecía delante de su cara con cada exhalación empañaba los cristales de sus gafas y apenas conseguía abrocharse la vieja gabardina sobre su inflacionaria barrigua. Esperaba. No sabía muy bien qué, pero Aurelio esperaba encorvado bajo la farola de un parque periférico mientras el hielo de la noche caía sobre su despoblada cabeza.

Recordó aquel sombrero de fieltro negro que le regalara Carolina cuando su cabellera rizada de galán decidió hacer las maletas. Nada le dolía más en este mundo que la ausencia de Carolina. Había intentado olvidarla, pasar página, sustituirla, pero ninguna de las neuroras que guardaban su recuerdo se había desactivado. Nunca estrenó el sombrero porque se sentía ridículo con aquel artilugio anticuado. Bueno, lo hizo una vez al disfrazarse de Humphrey Bogart en una fiesta de carnaval, cuando aún era capaz de abrocharse la gabardina sin pasar apuros. ¿Pero quién se acordaba aún de Casablanca? Bien podía haberse puesto aquel sombrero del que nunca se quiso desprender. Se le estaba congelando la cebollera y había perdido la vergüenza antes que Lola Flores su pendiente. ¿Y quién se acordaba aún de Lola Flores? Al hombre se le debía haber aflojado algún tornillo para esperar, a su edad y sin sombrero, no sabía qué en aquella fría noche de enero. Solo y atrapado en las fronteras de su horizonte personal.

Se tambaleó un poco. En realidad, se dormía de pie a pesar del frío, pero iba a ocurrir algo. Estaba seguro y resistía. Lo había dicho Carolina en una madrugada de éxtasis frente a sus artilugios adivinatorios. Él era un tanto excéptico, pero la bellísima Carolina creía a ciegas en las profecías, en el tarot, en los auspicios, en los ángeles, en la cartomancia, en el horóscopo y en cualquier cosa que pareciera increíble, y aquella lejana noche predijo la fecha. Y tú y yo lo veremos cogidos de la mano bajo las estrellas. Pero Carolina hacía tiempo que lo había abandonado. Quizá estaría en alguna de aquellas estrellas que tanto le gustaban, como se suele explicar la muerte a los niños. Contra todo pronóstico, se había marchado mucho antes que él. El viejo actor y la joven actriz. Que pareja más descabellada. Y qué topicazo. Ni en eso había sido original en esta vida. Compartieron escenarios y miserias ocultas tras un velo de fantasía, de personajes inventados, de oropeles y cava barato en pensiones provincianas. Sin ella, los días de Aurelio se habían llenado de arena.

Segunda parte. En el umbral de lo eterno. Iba a ocurrir algo pero Aurelio se dormía debajo de aquella farola de metal tan poco apta para romanticismos trasnochados. El tiempo no perdona. Llega un momento en que la vida deja de sentir interés por el cuerpo que la sustenta y permite que la fuerza lo abandone. Lo hace despacio, sin llamar la atención. Y, sin fuerza para gritar que estamos aquí, el mundo comienza a olvidarnos. Pasa una pareja de jóvenes y ni lo mira. Nadie sino los más viejos recuerdan al viejo actor. Los días de gloria ya no se marcan en ningún calendario y cada cual se agarra a lo que puede para no caer por el precipicio del ocaso. Aurelio se agarró a una botella como tantos otros. Carolina se había ido, las modas asesinas desintegraron la compañía de teatro y ya no quedaba tiempo ni espacio para comenzar de nuevo. Después de todo, la gloria dura hasta que el último aplauso se pierde en el vacío del desierto.

Los tiempos oscuros terminaron en el hospital y con la aceptación de la realidad y de aquella antigua identidad de la que había renegado. Regresó al pueblo y puso orden en su pasado y en su economía vendiendo las propiedades heredadas para arreglarse una jubilación suficiente. Regresó a la ciudad e inició una nueva vida lejos de Roberto Prades, ese personaje ficticio que había intentado acabar con él. Regresó al equilibrio, el pasado de gloria dejó de ser un clavo ardiendo y Aurelio ocupó su tiempo en otras cosas dejando de flagelarse con el látigo del recuerdo. Regresó, sí, para sumergirse en una terapia de renovación que lo devolvió al camino. Y la vida encontró a un tal Aurelio Pérez, hijo del cartero de un pueblo manchego de nombre impronunciable, lleno de inquietudes. Se inscribió en multitud de actividades con su recuperada identidad sin dejar tiempo al recuerdo, a la nostalgia, al dolor, aunque en realidad nunca volvió a sentirse pleno.

Hacía años que participara en un cursillo de la asociación astronómica local quizá para sustituir las esotéricas estrellas de Carolina por las físicas de los astrónomos. Aquel viaje iniciático a los secretos del universo fue una de las mejores cosas que hizo en su vida y de las que guardaba mejor recuerdo, además de haberlo sumergido en una realidad física que reforzó su excepticismo respecto de fantasías esotéricas, creencias y demás. Pero los años hacían flaquear ya sus convicciones y la antigua profecía de Carolina le había llevado hasta aquel parque solitario, y en medio de la soledad de la noche se le ocurrió intentar recordar algo de lo aprendido entre planisferios y prismáticos para sacudirse un poco la modorra mientras ese algo desconocido se dignaba hacer acto de presencia. Además, había un banco cerca de allí, fuera del alcance de la luz de la farola, y le comenzaban a doler las piernas castigadas por las varices. Se sentó a esperar unos minutos para que la vista se habituara a la oscuridad. Cerró los ojos y pensó en el vacío de los días, y al abrirlos de nuevo se dio de bruces contra un cielo profundamente oscuro y cuajado de estrellas. La atmósfera estaba tan transparente como la más cristalina de las aguas.

Tercera parte. El contorno evanescente de la noche. La primera impresión de Aurelio al mirar el cielo resultó un golpe a los sentidos, como si metiera la cabeza dentro de un cubo de agua helada en una calurosa mañana de verano. Frente a él, el guerrero Orión. Recordaba perfectamente el asterismo, con su cachiporra, su cinturón, su talahí. Podía intuir en él M42 a pesar de que había perdido mucha vista en los últimos años. Algo más arriba, la roja Aldebarán reinaba en la cabeza del toro; cerca de la nubecilla de Las Pléyades, donde contó siete estrellas como los mejores vigías. Junto al guerrero, sus perros de caza: Canis maior, con su brillantísima Sirio, y Canis minor. Y los gemelos Castor y Polux. Y Cáncer, y Piscis, y el gran cuadrado de Pegaso del que salen las líneas casi paralelas que dibujan Andrómeda. Aurelio se sentía emocionado. ¿Era eso lo que iba a ocurrir? ¿Era recuperar parte de ese pasado que parecía haberse perdido para siempre en las arrugas del tiempo? ¡Y allí estaba M31! ¡Dios mío! -pensó- ¿Cómo es posible que llevara tantos años sin contemplar estas maravillas? Casiopea, el Cochero… Pasó una estrella fugaz. Un meteoroide errante que acababa de estrellarse contra la atmósfera. Una mota de polvo perdida en el espacio suicidándose a una velocidad vertiginosa. Era como un milagro y él estaba allí, sin recordar el frío, ni la edad, ni las penurias de una vida ingrata desde que Carolina lo dejara solo. Solo en el desierto.

Una lucecita se movía entre las estrellas atravesando la engañosa quietud del universo. Un satélite artificial, sin duda, reflejando la luz del sol como una luna diminuta. Recorría el cielo desde el sur hacia el norte, cercano a cruzar Hércules. ¡Qué prodigio de noche! Apareció otro meteoro, surgido como por arte de magia de la difícil y poco conspicua Camelopardalis. Lento, brillante, dejando una gran estela tras de sí. Cada vez más brillante. Una enorme bola de fuego al entrar en las fronteras de Corona Borealis. ¡Qué gran casualidad cósmica! ¡Se va a cruzar con el satélite! ¡JODER! -brincó Aurelio como cuando tenía veinte años- ¡Vaya ostión se han dao! Saltaron espiras por todos lados cual palmera pirotécnica y la bola de fuego multiplicó su tamaño sin cambiar la deriva. El satélite se iba al carajo. Se precipitaba sobre la tierra desintegrándose en un espectáculo sin par. El corazón de Aurelio latía repartiendo vida por todo su cuerpo, por toda su alma. Lloraba de la emoción de sentirse testigo único de aquel suceso inexplicable salvo por un infinitesimal caso del cálculo de probabilidades. La bola se fragmentó. Luces por todos lados. Aurelio jamás había experimentado algo parecido. Lo entrevistarían en los noticiarios, en la prensa amarilla y en la rosa, en la cafetería de Pepe, donde un puñado de jubilados como él languidecía entre partidas de dominó que apenas consumían su exigua pensión. Otra vez los focos y quizá alguien recordaría el actor que fue en aquellos días de gloria. Carolina lo había predicho años atrás. Era como si ella hubiera regresado en aquella noche helada para llevarlo de la mano y cerrar la función en medio de una ovación cerrada. Carolina y Roberto. Pero el patio de butacas estaba vacío y el telón ya caía. Daba igual. Los dedos se entrelazaron y se apretaron las manos, y entonces se dio cuenta de que ya no estaba solo. De que nunca más estaría solo.

El cielo despertaba en el este. Una mujer solitaria y somnolienta cruzaba el parque arrebujada en sí misma para conjurar el frío. Caminata, tranvía y metro, pero cualquiera pagaba un alquiler en el centro. Le quedaba por delante un largo viaje antes de llegar al hotel y comenzar a preparar desayunos para los ilustres huéspedes que aún dormían en la calidez de una habitación enmoquetada. Un bulto en un banco la alarmó. Era un anciano cubierto por la escarcha. Tenía la piel azulada y los ojos cerrados, pero una bella sonrisa en los labios como si la muerte lo hubiera sorprendido en medio de un sueño maravilloso. Una mano sobre el banco que parecía coger la de alguien y la otra en el bolsillo de la gabardina. En el cielo, Venus y Júpiter en conjunción despedían la noche como dos estrellas solitarias. La mujer avisó a emergencias y continuó arrastrando sus derrotas hacia el centro de una ciudad que no se detiene ante nada. De una ciudad que no espera a nadie.