Muestras más sutiles de fervor religioso y de apoyo a los padres de la Iglesia las han dado otros ministros al volver a devolver a la religión el estatus que se merece en la escuela pública o al promover una nueva ley del aborto que pusiera orden de una vez por todas en el desbarajuste sexual que no tiene como fin primero y último la procreación. Pero la palma del abanderamiento cristiano de los nuevos tiempos se la lleva nuestro flamante ministro del interior Fernández Díaz, que ha concedido la máxima distinción de la policía, la medalla de oro al mérito policial, en favor de la Advocación Mariana Titular de la Real, Excelentísima, Muy Ilustre y Venerable Cofradía de Culto y Procesión de Nuestro Padre Jesús El Rico y María Santísima del Amor. Hay que decir que en el año 2012 concedió la Gran Cruz del Mérito de la Guardia Civil a la Virgen del Pilar, patrona del cuerpo. ¡Qué gran hombre! Nuestro ministro tiene el cielo ganado, además del favor de la Conferencia Episcopal, del Vaticano y de las monjas de mi pueblo, que son Siervas del Inmaculado Corazón de María y están en el Facebook.
Por cierto que nuestro queridísimo Cardenal Arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco Varela, ha invitado al Papa Francisco a visitar España para confirmar a los españoles en su fe. Lo sabemos porque últimamente el telediario parece el boletín informativo de la Iglesia y nos transmite la frase del día de nuestro Papa Francisco. La visita será una gran oportunidad para todos nosotros y para algunos más a quienes los valencianos pueden aportar su gran experiencia por haber organizado ya un acto de este tipo. Ya sé que a unos cuantos les vienen a la cabeza malas ideas, pero es de buen cristiano saber perdonar. Jesús en la cruz perdonó a los ladrones que le acompañaban en el tormento, ¿no podemos perdonar nosotros, como ha hecho hasta ahora la justicia, a unos cuantos a los que se les fue la mano entonces? No nos vamos a enfadar por tonterías. Por cierto, que eso de irsele la mano le pasa a quien más y quien menos. Que se lo digan a nuestro fervoroso ministro de interior quien, a pesar de que vio la luz divina tras una intensa experiencia religiosa en Las Vegas como él mismo ha explicado, no se ha cansado de justificar que se lanzaran pelotas de goma a los impíos transgresores de la ley que pretendían violar el sagrado suelo patrio. Y es que hay cosas que están por encima del derecho a la vida, según parece. Pero no hay problema: como buen cristiano que es, los ha perdonado. Incluso es capaz de perdonar a quienes lo critican y ¡viva la patrona de la Benemérita! Después de todo, perdonar es fácil. Y en este momento me acuerdo de Alaska, que aunque nada parece tener que ver con todo esto, posee dos méritos que no hay quien se los quite. Ya veo que a algunos se le están poniendo los ojos como chirivitas. No, no son esos, malpensados. El primero es haber sido musa en esos gloriosos años en que aún éramos jóvenes, y el segundo el haber acertado de lleno con aquella canción en la que decía "Qué difícil es pedir perdón". Señor ministro, por favor, déjese ya de Vírgenes y pida perdón de una puñetera vez.
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