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viernes, 12 de septiembre de 2014

Relatos de vinilo, cinta magnética y celuloide, de Juan Pablo Caja

Por segunda vez tengo la alegría de reseñar en estas páginas un libro del escritor Juan Pablo Caja. Digo la alegría porque Juan Pablo Caja es uno de esos amigos de adolescencia que un día desaparecen de tu vida para regresar muchos años después. En aquellos años lejanos compartimos muchos sueños, mucha montaña, mucha música. Y, como no, también literatura. En esencia, y por fortuna, aún queda mucho de aquel Juan Pablo Caja adolescente que conocí, tanto en él mismo como en su literatura.

En esta ocasión, el autor ofrece una colección de relatos a cual más breve. Y es que las armas de Caja son básicamente la claridad del mensaje y la síntesis. Nada sobra en sus relatos, no hay juegos de artificios, nada enmascara ni oscurece un lenguaje que pretende no ocultar nada. Lejos, quizá, de la tradición europea, la ausencia de adorno da a los cuentos de Caja una magia especial, una cercanía y una familiaridad en la narración y en el contenido que es de agradecer. La frescura, la espontaneidad, el amor por la música y por la vida impregnan las 184 páginas de este libro cuya lectura recomiendo. Transcribo uno de los relatos para abrir boca

Final

Voy a tener que acostumbrarme al precio de la ginebra en los bares.

A los viejos compañeros que no se hablan.

A los antiguos amigos que vuelven la cabeza cuando te los cruzas en la calle.

Peor aún: a los que te invitan a una copa y son capaces de estar contigo tres cuartos de hora, o más, sin saber de qué hablarte.

Tendré que acostumbrarme a los nuevos nombres de las calles, a los restaurantes demasiado climatizados, a pagar por aparcar el coche.

A dejar de buscar caras conocidas entre los jóvenes que caminan por las calles:

porque los jóvenes son ahora otros, y me miran, además, de manera rara (¿será respeto?).

Voy a tener que acostumbrarme, sí, a esta piel mía tan arrugada.

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