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martes, 1 de febrero de 2011

Para empezar...

Llevaba ya tiempo deseando escribir un blog, supongo que por culpa de esa extraña necesidad humana de comunicar a los demás las inquietudes propias. Pero cuando uno es una persona realmente inquieta no se acaba de decidir por un solo camino y corre el riesgo perderse en el laberinto. Me ha costado decidirme, pero al fin me he puesto manos a la obra para compartir mi faceta más artística y la de mis amigos, si es que me dejan. Aunque supongo que será inevitable que de vez en cuando asomen a esta ventana alguna de mis otras inquietudes, intentaré centrarme en mi faceta literaria. Para empezar, aquí os dejo una historia de mi primer libro Amor en paro, editado por Islavaria.



El jardincito de la ribera norte
De casa al trabajo, del trabajo a casa -siempre caminando en la pequeña ciudad en que vivíamos por aquel entonces- era la rutina de la que no me desprendía ni los fines de semana. Un paseo, con el tiempo suficiente como para no tener prisa, por el placer mismo del camino. El paseo de las acacias en las lindes de la vía del tren, la calle de los libreros, el viejo puente sobre la riera... Sí, en efecto, daba un buen rodeo, pero la ruta más corta -el boulevard comercial, la avenida, la zona financiera- no despertaba en mi más que un vacío revestido de sabor amargo que no hacía otra cosa que ahuyentarme como el clavo a las moscas. Así que transitaba aquellos parajes huérfanos que mi mujer -y casi todos nuestros paisanos- evitaba con obstinación como si el ajetreo y el humo de los coches formaran parte de su dieta.
Al otro lado del puente, en la ribera norte de la riera, había un jardincito en el que siempre me detenía. Su banco solitario no tenía quien lo ocupara si no era yo. A unos pasos, una fuente adosada a la pared regalaba a los gorriones y los mirlos su agua lenta y cantarina. Un viejo jazminero la enmarcaba con su follaje ligero y con su dulce aroma de verano. La brisa del agua esparcía la fragancia hasta el banco en el que yo esperaba hasta llenarme de ella inspirando, sin prisa, una y otra vez. Entonces, llegaban a mi mente recuerdos de esa infancia lejana en el pueblo, de aquellas interminables vacaciones estivales de juegos, de cuentos, de baños en el río.
En una ocasión, propuse a mi mujer sembrar un jazminero en nuestra exigua terraza y me contestó que los jazmines olían a vieja.
  • Sí -añadió-. Las abuelas se ponían un ramillete en el vestido engarzado con un imperdible para disimular el olor de la vejez.
Eso era rigurosamente cierto, y su afirmación sirvió para atarme definitivamente a aquel jardincito de la ribera norte. Aquel rincón pequeño y asilvestrado olía igual de bien que mi abuela.

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