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jueves, 3 de febrero de 2011

El día de la ira

Hay días en que uno está especialmente cabreado. Creo que ese es un sentimiento humano permisible de tanto en tanto que no tenemos por qué guardar para nosotros solos y hoy voy a compartirlo. Pero yo soy de esos que no quieren que otros paguen su ira, así que la he cargado sobre uno de los personajes de la historia que os dejo a continuación. Bueno, en realidad los dos personajes de la historia están bien jodidos. Que me perdonen. Ja ja ja...

UNA BONITA MAÑANA DE PRIMAVERA

Dicen que el sol no brilla para todos con la misma intensidad. Desde luego, para Juan Pérez no brillaba en absoluto en aquellos días soleados de la primavera de 2032. Por decirlo de una forma suave, Juan vivía atrapado en una tempestad interior desde hacía una semana, aunque sería más correcto calificar su estado anímico de vorágine de furia que lo devoraba sin piedad desde que conociera la noticia. Siete días fatídicos que habían transcurrido a la velocidad del rayo camino del colapso final. Una situación cruel, pues los últimos veintitrés meses habían pasado lentos cual tortuga coja para su desespero. Y es que Juan Pérez estaba a punto de jubilación. A punto de jubilación, sí, pero a los sesentaisiete, no a los sesentaicinco como sus padres, así que aquellos últimos veintitres meses y una semana le parecían de más, como si se los hubieran robado. Estaba cansado. Qué coño cansado. La espera se había hecho eterna y estaba exhausto, agotado, sin aliento... Eterna hasta que llegó la noticia. A un mes de la jubilación, el tiempo había comenzado a resbalar sin freno pendiente abajo. A Juan Pérez le habían detectado un cáncer.

- ¿Cuánto me queda, doctor? Quiero sinceridad. Vivo solo. Necesito arreglar algunas cosas y despedirme de algunas personas.

- Lo siento, Juan. Sólo le queda un mes.

¿Cómo era posible tanto infortunio? Nada peor que morir en el momento en que se alcanza la línea de meta. Bueno, sí. Era peor caer en el camino, pero llegar a la meta y no poder disfrutar del triunfo daba mucha rabia. Tanta que Juan Pérez moría ya en esa cruel y veloz cuenta atrás. Sólo le quedaban tres semanas y había tomado una determinación tan firme e inapelable como su diagnóstico: tenía una pistola e iba a usarla. No contra él mismo, no, que Juan Pérez era un superviviente e iba a resistir hasta el último aliento. El hombre que había tomado la decisión de alargar la agonía laboral de los demás compraba cada día el diario en el quiosco de la esquina mientras disfrutaba, desde hacía algunas décadas, de su dorada jubilación. Ese día, Juan iba a por él. Al menos, las tres últimas semanas disfrutaría de su gesta.

Eran casi las diez de la mañana y Juan tenía visita médica a las once, pero no había problema. Le daría tiempo porque su víctima era un hombre de costumbres. Llegaría puntual a su cita diaria con la quiosquera, entregaría la moneda y partiría hacia el mismo banco del mismo parque de siempre. Juan lo abordaría en el quiosco mismo, a la vista de todos. No tenía ganas de perseguirlo. Mientras se acercaba a su destino, su mente centrifugaba los argumentos que lo justificaban y cada vez lo veía más claro.

El hombre cruzó la calle y se paró un momento en la esquina para cerrar los ojos al sol disfrutando de su calor, se recolocó un poco la chaqueta y se acercó al quiosco. Sólo dijo buenos días y entregó la moneda con su eterna sonrisa de oreja a oreja enarcando las cejas en una maniobra imposible. Las canas y las arrugas habían respetado rigurosamente aquella expresión ingenua que tantas adhesiones recolectó en sus mejores días, aunque los días de los que disfrutaba desde hacía tiempo no estaban nada mal. A Juan no le tembló el pulso. Había esperado un único minuto de perfecta sincronía simulando escoger lectura y ya lo tenía a tiro. Sacó la pistola y apuntó. Sólo dijo una palabra. Diez letras que sonaron como un saludo.

- Presidente...

Tres truenos rompieron la quietud de la mañana. Hacía sol, sí. Un precioso día de primavera también para Juan Pérez, que de repente se sintió recuperado de todos sus males. Respiró hondo y disfrutó el olor de la pólvora. Los pocos testigos que transitaban la escena estaban helados. Sólo una señora se había atrevido a lanzar un grito al aire. La victima miraba a Juan desde el suelo con expresión transpuesta, sin su famosa sonrisa y con las cejas enarcadas hasta el infinito. Se tocaba el pecho en busca de una sangre que se negaba a brotar. No entendía nada. No conocía al pistolero y no sabía por qué lo había hecho, pero Juan no daría ninguna explicación. Sólo se despediría antes de alejarse de allí con una tranquilidad que hacía años que no sentía.

- Yo estoy jodido, cabrón -dijo Juan-, pero a ti el susto no te lo quita nadie.

Desde luego, aquella pistola de petardos que Juan Pérez conservaba desde su infancia era un escándalo. La espera hacia la jubilación final acababa de entrar en una fase de harmonía inesperada. Sí, era una bonita mañana de primavera.

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