Llueve en Madrid, medianoche cercana. La entrada del hostal es tan estrecha que casi hay que palpar las paredes para encontrarla. Misas en el primer piso y habitaciones en el segundo, tan pequeñas que apenas caben viajero y equipaje. El zumbido anunciando la cercanía del amanecer convierte el despertador en un enemigo. El ocaso sólo es una tregua en espera del armisticio. En ese intervalo, la vida se exilia entre cuatro paredes y moqueta en el suelo. Luces suaves y una letanía interminable de siglas y acrónimos tan artificial y absurda que a unos convierte en zombies y a otros en acólitos de una secta demoníaca. Todo muy extraño, sí. Pero sólo es un curso de redes. Canalejas ocho de la mañana, la luz del día desperezándose lentamente. Un hombre con expresión de prisionero de guerra se arrebuja en una manta sobre el suelo mojado con un vaso vacío anhelando el entrechocar de las primeras monedas. Tan vacío el vaso que produce vértigo de abismo. A las ocho de la noche, pasea trajeado por Preciados. Otros hombres ofrecen paraguas a los inconscientes que desafiamos a la lluvia, quieren comprar el oro que no poseemos, que entremos a consumir en sus locales o que nos dignemos a aceptar un papel alargado con mensajes multicolores que acabarán su efímera historia en la papelera más próxima. Y algunos mendigan extendidos en el suelo con un lenguaje servil del siglo de oro. Unos, tarados. La mayoría, simplemente vencidos. En cualquier caso, una auténtica legión de desesperados. En todas las esquinas, en todas las aceras, omnipresentes e invisibles en el centro de un enjambre. ¿Cómo es posible tanta soledad con tanta compañía? Como todo el mundo, los sorteo, los ignoro como si no existieran para seguir disfrutando la torpe ilusión de que la vida es bella y continúo mi deriva entre vestigios de apolilladas grandezas. Pero esto no es lo que quería contar.
Aranjuez, tercer día. Me he escapado sin hacer ruido, dejando mi sombra aburrida en la butaca y abandonando a su suerte a aquella panda de abducidos. En un garaje, cinco jóvenes luchan por sacar su empresa de la selva y llevarla al claro. Justo lo contrario de aquellas almas grises que languidecen en un salón de actos entre aplicaciones, protocolos y tecnologías proyectadas sobre una pared muerta. Hablamos. Convergemos en las ideas, en los proyectos, en las ilusiones. Sin moqueta, sin paredes tapizadas, sin cómodas butacas aterciopeladas en las que adormecer los sueños y acomodar las vidas. En Aranjuez hay luz y firmamos un contrato. Sonrisas, apretones de manos y la maquinaria, bien engrasada, se pone en marcha. La cuenta atrás para la publicación de El Heredero de Aldara ha comenzado. El tiempo justo para saborear el momento y vuelta a Madrid y al hostal. Diez minutos reposando el cuerpo y la mente, y de nuevo las calles mojadas. Los coches molestan tanto como los mendigos, pero cierro los ojos. A fin de cuentas, yo también tengo que continuar. Dos cervezas, una tapa y despertador a las siete. Pero los empujones en el metro, mientras miro mis propios pies como si temiera la mirada de los demás, tienen un sabor distinto. Y una sonrisa adorna mi cara. Días extraños de lluvia y cansancio, de luces y sombras, pero algunos sueños se cumplen. Aunque se tenga que luchar por ellos media vida.
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