Hoy leía en prensa una noticia que me ha hecho reflexionar: el informe Doring Business 2014 del Banco Mundial señala que España ocupa uno de los últimos puestos, entre países que no me atrevo a nombrar, en el ranking internacional en cuanto a facilidades para crear una empresa. Ranking en el que, además, estamos perdiendo posiciones. ¿Qué fatalidad nos persigue para que, excepto en lo deportivo, naufraguemos irremediablemente en casi todos los ámbitos? Un amigo me contaba una vez que una compañera de instituto de su hija presumía de tener más de doscientas sociedades a su nombre en Sudamérica. Eso es lo moderno, señores, poder crear sociedades a porrillo sin impedimento alguno. El Banco Mundial emite su informe y los gobiernos que no liberalizan de forma total la creación de empresas quedan de pena ante sus ciudadanos, que presionan para que los políticos redacten las normativas adecuadas para solventar el problema y escalar peldaños en el ranking, que para eso son las competiciones. En muchas cosas podemos quedar atrás los españoles, pero en una competición... Por favor. La muchacha de las doscientas sociedades es, como no, hija de un conocido empresario local. Pero, me pregunto yo, ¿para qué quiere una niña de dieciséis años tener doscientas sociedades en Sudamérica? Se me vienen algunas respuestas a la cabeza. Ella para presumir. Su padre para cosas más complicadas.
Hace muchos años, cuando yo aún era joven, los emprendedores, como ridículamente se los llama ahora, sentían el orgullo de crear empresas que progresaran paso a paso y perduraran en el tiempo. Crear una empresa costaba lo suyo, pero merecía la pena el esfuerzo. La moda de hoy es bien distinta. Crear sociedades tiene que ser cosa de coser y cantar. Y no una ni dos ni tres. Doscientas, trescientas, cuatrocientas... Crearlas y liquidarlas a la velocidad del sonido. Eso permite cosas tan ventajosas como la ingeniería fiscal.
A octubre de este año, o sea, ahora mismo, la cantidad a ingresar por expedientes pendientes por la Agencia Tributaria asciende a 41.773 millones de euros. No voy a hacer el ejercicio de comparar a qué equivale esa cantidad, pero se pueden ustedes hacer una idea. ¿Cómo se llega a tal montaña de dinero? Se explica muy fácil si se tiene en cuenta que el grueso de ese montante corresponde al Impuesto de Sociedades. El deporte nacional de hoy en día es el de no pagar impuestos. Cuando la Agencia Tributaria aprieta, se liquida en quiebra la sociedad y continuamos creando otras más que seguirán la misma estrategia. No sé para qué demonios pide la CEOE, basándose en su IEE (yo creo que lo de las siglas solo lo utilizan para liarnos), que se rebaje el Impuesto de Sociedades. Por cierto que también dice la superdotada CEOE que la jubilación debería retrasarse hasta los setenta años. Eso sí, sin explicar que ningún empresario aceptaría trabajadores de tan avanzada edad.
Por cierto, y hablando de informes, el de septiembre del Foro Económico Mundial afirma que España se encuentra en la cola de la productividad. Pues nada, a mejorar el ranking. Seguiremos bajando salarios y quitando derechos, que cualquier cosa se puede tolerar menos estar a la cola de cualquier cosa.
Mientras escribía este artículo, me he asomado a la ventana para tomar la foto que lo ilustra: el sol y el arcoiris de acuerdo para iluminar una de las viejas glorias empresariales de esta ciudad fallecida hace muchos años. ¿Habrá sido una señal?

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