Parque del retiro a media tarde. 356 casetas abren las persinas. Las firmas comienzan con retraso. Una hora después de lo anunciado por mi editor. ¿Por qué no me acostumbro de una vez a llegar tarde a los sitios? El ambiente comienza flojo y hay más casetas que público. ¡Si hasta el BOE tiene su caseta! Ni se te ocurra pasearte por allí con un e-reader. Los instrumentos diabólicos no son bienvenidos.
Las casetas son minúsculas. En la 41 nos hacinamos tres autores sudando la gota gorda. Un letrero mal escrito con rotulador sobre una hoja de cuaderno nos anuncia. Felipe, el concesionario de la caseta, nos dice que la megafonía también, aunque los altavoces no suenan por esa zona. Un amplio mostrador nos separa de los lectores como si nos defediera de ellos o a ellos de nosotros. Me destrozo la espalda intentando acercarme. No sé, había esperado algo mejor de la mejor feria de España. Nuestro editor ha puesto el listón alto: 10 libros cada uno en dos horas. Madrid es una plaza difícil si nadie te conoce y si ni siquiera puedes acercarte al público. Dos visitas. Vendo dos libros. Muchas gracias a Carmen y a Lola. Por fortuna, yo llevaba los deberes medio hechos: me habían encargado seis libros, así que, con una tarde que acaba flojeando tal como empezó -cosas del futbol, según Felipe-, vendo ocho libros -encargos incluidos- en hora y media. Saco cuentas. Según el editor debería haber vendido 2,5 libros cada media hora. Tres medias horas, 7, 5 libros. He redondeado por arriba y doy el objetivo por cumplido. El del editor, no el mío: vender un libro a un desconocido. ¡Eso sí que es difícil! Tengo que salir volando. El taxista reniega de la presidenta.
De nuevo en el aeropuerto. Nunca hablo con desconocidos. Debe de ser algo que me ha quedado de la niñez. O quizás es que soy demasiado soso. ¡Vaya escritor! No sé por qué, me salto la norma y entablo conversación con un señor de mi tierra al que nunca había visto. De una cosa vamos a otra y, quince minutos después, saco uno de los seis ejemplares de la maleta y se lo vendo. ¡Ahora sí que he cumplido mi objetivo! Quizás sea yo el primer escritor que vende un libro en una puerta de embarque.
Me acuerdo de mis compañeros de firma. Ana Julia Martínez (Trazado en diagonal) y Hugo Stuven (El faro de las lágrimas perdidas). Ellos han sido lo mejor del día. Buena gente. Nos hemos hecho fotos.
Llego a casa. El barça ha ganado. Mi mujer está trabajando y mi hijo de marcha. Qué fea es una casa vacía en el regreso. Es algo así como cuando pides una cerveza en un bar y te dicen que se ha acabado. Me pongo a escribir hasta que los ojos dicen basta. Son las 03:30 del 26 de mayo del 2012. Buenas noches.

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