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miércoles, 30 de noviembre de 2011
El cierre de Àgora
Hoy ha cerrado definitivamente las puertas la conocida librería palmesana Àgora. Su caída llevaba tiempo gestándose. Ha sido la crónica de una muerte anunciada, como para tantísimos pequeños negocios que estos días echan el cierre uno tras otro con los sueños destrozados. Àgora nació hace unos años, no demasiados, para vivir casi al margen de la ola de los best sellers. Ha sido una librería de referencia para autores locales y para pequeñas editoriales con un catálogo muy escogido lejos de las modas de las grandes firmas, pero sin olvidar que es necesario llegar a final de mes. Un proyecto desde luego atractivo complementado con multitud de actividades, de encuentros, de complicidades... Un proyecto que se mantuvo a flote en aquellos lejanos tiempos de bonanza y que el tsunami de la crisis ha barrido del mapa. La odiosa selección natural que permite a los más fuertes sobrevivir y a los oportunistas tomar posiciones. Lo malo es que detrás de esta crisis parece que hay mucha mano negra. Nadie ha acudido al rescate de Àgora. Nadie la ha indultado. Eso se reserva para otros cuyos objetivos no son la cultura, el arte, el desarrollo del tejido social, la solidaridad, la salud pública, la sostenibilidad ni nada por el estilo.
Pero Àgora no es la única. Ni siquiera es la primera. Y creo que no me equivoco al pensar que a las que sobreviven les tiemblan las piernas. Hace ya muchos años que no compramos en las tiendas de comestibles de nuestras barriadas porque dejaron de existir. Ya no podemos comprar discos si no es en las grandes superficies. Ahora le llega el turno a las librerías. La maldita selección natural, pero manipulada y dirigida con precisión quirúrgica para extirpar el cáncer del pequeño negocio familiar, de los emprendedores de baja cuna, de todo aquello que no huela a mucho dinero. En realidad, el mundo cambia menos de lo que parece. Primero fue la nobleza, después la burguesía industrial y ahora la oligarquía financiera. Un mundo de grandes y poderosas compañías entrelazadas ejerciendo de gobierno en las sombras. Quizás no está lejos el día en que, como imaginó Ridley Scott en Blade Runer hace ya tiempo, las corporaciones sustituyan a los estados. Aún así, no conseguiran matar nuestros sueños ni nuestras ilusiones. Àgora se resiste a vivir en el mundo de los recuerdos y se reinventa a sí misma buscando su camino como asociación cultural arropada por los muchos amigos que ha sabido fidelizar en su travesía literaria. Buena suerte, Àgora. Buena suerte, Ramona.
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