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jueves, 24 de noviembre de 2011
Mentiras
Salí del colegio con un regusto áspero en la boca. No me sentía orgulloso de lo que acababa de hacer. Ni orgulloso ni satisfecho, pero había escuchado toda la vida que ese era mi deber y una especie de remordimiento me corroía las entrañas si me rondaba la tentación de saltármelo a la torera. El mismo remordimiento que sentía cuando pecaba de niño e imaginaba el sufrimiento en el infierno, en esa verdad absoluta con la que nos machacaban día y noche para asegurar nuestra sumisión. Tenía demasiado interiorizada la obligación de ser un buen ciudadano y todas las cosas que ello conlleva y ahora me pregunto cuántas de esas cosas son mentira. Y me pregunto también cuántas mentiras son necesarias para convertirnos en la coartada de un sistema al que importamos un pepino porque el gobierno -ese órgano que nos damos para dictar las normas de convivencia, para redistribuir la riqueza, para garantizar el bienestar- solo es el segundo peldaño en la jerarquía del poder. O el tercero, o el cuarto. No lo sé, pero ahora comienzo a ver algo más allá de ese peldaño que marca el límite de decisión de los ciudadanos. Podrían haberme dicho la verdad en lugar de engañarme con el infierno. Quizás así habría votado más tranquilo. O me habría dedicado a pecar.
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