El mundo, cansado de dar vueltas para repartir el sol, se acercaba a esa hora en que todo comienza a dormirse. La luna de los locos ansiaba ya cabalgar por el cielo como si aquí abajo hubiéramos perdido la luz y el norte. ¿Por qué me domina la necesidad de escribir historias nocturnas? Quizás porque, en la oscuridad, la ciudad respira con un latido letárgico parecido al de nuestros mortales corazones. Quizás porque la noche transporta en su quietud miedos tan antiguos e irracionales que nos empujan a cerrar las puertas con cuatro llaves, a activar las alarmas y a descansar con un ojo abierto. No lo sé. Pero de lo que estoy seguro es de que la noche convierte el espíritu en un timonel cruzando el arrecife. La mayoría de las personas pasa esas horas de desasosiego abandonándose al mal menor de las pesadillas del sueño, algunos venden su alma a una red social virtual que les permita proyectar una versión mejorada de sí mismos y los menos intentan ahogar sus miedos acodados en la barra de cualquier antro. A mí, raro como pocos, me da por escribir historias extrañas, oscuras, deprimentes. Cuentos que hacen que uno mire con recelo incluso a su propia sombra. En lugar de huir del miedo, lo miro a la cara parasitando su esencia para escupirla sobre una página en blanco. A veces me pregunto qué historias me saldrían de escribir a la luz amable y vital del sol. Lo malo es que solo siento la llamada de las musas cuando Venus me avisa de que es la hora. Bueno, pongo esto por decir algo, que Venus anuncia la llegada de la noche durante la mitad del año y el resto nos avisa de la proximidad del amanecer. Además, no creo en las musas. Así somos los escritores. Nos pasamos la vida rellenando páginas de tonterías por poner algo. Después de todo, la gente lee porque no tiene otra cosa mejor que hacer, así que todos contentos. Pero la noche… Eso es otra cosa.
Andaba yo paseando a la luz solitaria de las farolas de uno de los barrios acomodados de la ciudad a esa hora en que todo comienza a dormirse (creo que esto ya lo he puesto en otro sitio como creo también que ya estaba todo más que dormido). Un barrio comercial donde la calidad de los escaparates llama a todos a soñar y solo a un puñado de agraciados a abrir el bolsillo. Es una buena zona para deambular cuando los negocios han echado la barrera liberando a sus galeotes. La gente desaparece como las moscas cuando se acaba la miel y la luz que tan amablemente derrocha allí el ayuntamiento se cuela bajo las arcadas creando sombras sugerentes entre los cristales blindados y la calzada. Ni la selva, ni la sabana ni el desierto experimentan una metamorfosis tan radical como la de ese barrio que renuncia a su esencia, como si se negara a sí mismo, al caer la noche. Entonces, uno puede pensar. ¡Qué peligro! Mi mujer se pregunta una y otra vez cómo puede dormir con una persona a la que le pasan por la mente ideas tan oscuras que repelen solo imaginarlas. Con la de cosas bellas que hay en este mundo ya le puedo explicar yo que sin conflicto no hay historia. A veces me pregunto si es que soy incapaz de hablar sin más de la felicidad y de la belleza, del amor, de la amistad y de tantas maravillas sin meterme en asuntos truculentos, dolorosos y tristes. ¿Acaso el mal es un camino necesario para encontrar la luz? He comenzado el párrafo con eso de "Andaba yo paseando..." Sin embargo, tengo que reconocer que hacía algo mucho más vulgar. En realidad, había sacado a pasear el perro. Una mierda de caniche presumido al que mi mujer se empeña en repeinar, hacer coletas y colgar lazos. Ella lo pasea cuando las calles hierven de actividad, cuando la ciudad palpita a toda leche. El animalito se dedica a mirar a la gente con desdén y a montar pollos por menos de nada. Yo lo saco por la noche para que se cague en los portales de las franquicias lujosas de ese puto barrio que tiene a mi señora con el seso loco. El caniche, además de presumido es un cobarde. Cuando va con ella, levanta la cola y el hocico que parece que va a despegar. Por la noche, esconde el rabo entre las piernas y tiembla de pies a cabeza como un flan. Caminábamos muy juntos cuando nos cruzamos con un gato tan oscuro como la más oscura de las mazmorras. El maldito caniche se escondió detrás de mis piernas sin decir esta boca es mía. Los ojos del felino brillaban como una amenaza. Detuvo el paso y fijó en mí su mirada penetrante como si me odiara de toda la vida, enseñó un momento unos dientes finísimos y aguzados como estiletes y continuó su camino. Aquellos ojos expresaban una advertencia: “Anda con cuidado”. Fue como un aviso de que el mal rondaba las esquinas. Esperaba agazapado una presa desprevenida.
Mientras desayunaba esta mañana y mi cuerpo aún parecía una calle a medio poner (barreras a media altura, bostezos, aceras baldeadas, olor a pan recién hecho…), reflexionaba sobre el peligro de convertirme en un escritor maldito. Para aspirar no solo a crear relatos sino también a venderlos, tenía que quitarme de encima las sombras y todo eso. Pero no es fácil fabricar historias claras como un día agraciado por un cielo azul de primavera. Historias de esas que transmiten alegría y esperanza. Divertidas, tiernas, románticas… Sé que algunos lo consiguen. Sin duda, son mejores que yo.
Pero habían pasado las horas, las de ese estúpido reloj de Fridberg que dice que todas hieren y la última mata, y la noche había tomado el relevo. Una brisa helada recorría las arcadas pintando su aliento en los cristales oscuros. El peso del tiempo había cargado mis hombros y mi cuerpo se encogía sobre sí mismo como si quisiera esconderse de su propio ser. Un coche oscuro y largo, de esos que llaman familiar y que más que familiar parecen fúnebres, atravesaba el boulevard lentamente, como observándolo todo en busca de no se sabe qué. Un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba abajo sacudiendo cada rincón, tensionando cada músculo. Como la precaución nunca está de más, me escondí detrás de una de las columnas levantando las solapas de mi gabardina. “¿Tiene usted fuego?”, me preguntó un desconocido surgido de la nada y con aspecto de espíritu errante que se manifiesta sin ser invocado. Al puto caniche le entró un ataque de valentía y tuve que sujetarlo como a un león. Miré fijamente al individuo hasta que pidió perdón y continuó su camino. Quizás no era más que un solitario como yo. O quizás era un enviado del mal en busca de un alma perdida. Comenzaba a llover. Salí al encuentro del agua para observar las gotas a la luz de la farola más cercana. Eran como minúsculas saetas que se clavaban en mi cara. ¿Qué belleza podía esconder aquello? ¿Qué tipo de historia podía emanar de una situación así?
Por el extremo de la calle apareció la luz amarillenta y espiralada del camión de la basura, que se detenía y arrancaba mientras dos diablos recogían las inmundicias que nadie quiere ver para hacerlas desaparecer en su insaciable panza con una coreografía macabra. El humo del escape y el calor del motor que la fría noche condensaba creaban una nube sobre la que el camión parecía flotar. Aquella máquina infernal podía comenzar a vomitar guerreros del averno en cualquier momento. Desde luego, cómo estaba yo aquella noche. Entonces pensé que era la hora de coger al maldito caniche en brazos y regresar a casa para ponerme la tele por sombrero. Tragarme un programa de cotilleo, la teletienda o la bruja echacartas de turno, a ver si así podía expulsar las sombras y todos los demonios de mi cabeza. Cualquier cosa antes que ponerme a escribir. Mi mujer, como siempre, tiene toda la razón del mundo. ¿Cómo puede dormir con alguien que ve la boca del infierno en el camión de la basura?
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