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viernes, 21 de octubre de 2011

El regreso de la bestia

El día languidecía mansamente como una vela que se agota. El ocaso pincelaba las primeras luciérnagas sobre un cielo lívido vomitando oscuridad con su lenta marea. Ya se adivinaba Casiopea. Pronto llegarían las Pléyades, Tauro, Canis Major acompañando al guerrero Orión y toda la cohorte de astros incapaces de alumbrar la lejana perspectiva del amanecer. La paradoja de Olbers, aunque desde mi exigua terraza apenas se adivinan dos docenas de estrellas bajo el sudario sucio y pestilente que cubre la ciudad. Una triste noche de invierno. Un frío de esos que se cuela sin pedir permiso entre los resquicios de la ropa y de la piel enmarañándose en los nervios, en los huesos, en el alma. Una soledad marchita de las que parasitan el frío para incubar en él sus maléficas criaturas y llenar nuestros rincones de vacíos. Esa soledad que se intenta ahogar en un vaso de güisqui que quema las entrañas sin calentar el espíritu.

La ciudad fue despertando a otra realidad. Se transformaba, cambiaba la piel, cambiaba la música y el sonido de su respiración se adormecía como el mar a medianoche. Frente a mí, enormes bloques de hormigón formaban una jungla ordenada, una jungla muerta. Se me antojaron los dientes caídos de una calavera. Una fila de fichas de dominó que un soplo podría tumbar en cadena. Fichas adornadas por recuadros de luz que esconden muertos que se alimentan de su propia carroña. Recuadros tan vacíos como mi propio interior. Sonó una sirena, una alarma a la que nadie hizo caso. Una mujer lloraba en cualquier lugar. Un grupo de jóvenes reía muy cerca. Las tragedias y las alegrías se mezclan en este barrio ignorándose por completo, dándose la espalda. Diez pasos al frente, girar y disparar. Cada cual sigue su camino. Este barrio maldito solo alberga pedazos de nada. De esa nada en la que parece que vivimos aunque en realidad estamos todos muertos. Nadie aquí hará historia, nadie servirá más que para servir. Los genios y los líderes morirán sin sacar los pies del barro porque aquel que lo intente verá rodar su cabeza.

No quedaba más que penumbra. Mi vacío interior y el de la botella crecían. La bestia corría de un rincón a otro devorándolo todo. Penumbra y frío. La calle, diez pisos más abajo, era otro vacío. Un sumidero que absorbía la vida en un remolino insoportable. Asomé a la barandilla. La entrada del edificio proyectaba un trapecio de luz, una piscina de güisqui sobre la acera oscura. Licor amarillo y fresco. O cava, o qué sé yo. Daba lo mismo. Tenía que zambullirme en ella y me senté en la barandilla calculando el salto hacia ese objetivo minúsculo. Como disparar a un mosquito con un tirachinas.

-        ¿Qué haces aquí? –preguntó tía Remedios con una expresión a medio camino entre el enfado y la benevolencia.

No respondí. Me limité a mirarla con los ojos llorosos porque sabía que acababa de cometer una travesura. Como cuando me pillaron en la alacena comiéndome las morcillas. Me había escapado para plantarme en casa de mis primos con un puñado de cromos de futbol en la mano. Ingenuidad infantil, había dado por supuesto que me recibirían ellos y todo sería una fiesta. Quizás fue esa la primera vez que sentí el vacío. La tía Remedios telefoneó a mi madre, quien se presentó poco después con mi pijama, una muda de ropa interior y otra exterior, mi cepillo de dientes y todas esas cosas que una madre procura que no falten a un hijo. La regañina fue breve y el fin de semana delicioso con mis primos Carmelo y Margarita. El vacío duró lo que dura un suspiro.

¿Por qué acudió aquel recuerdo a mi mente, tan blanca hasta entonces como la pantalla de un cine cerrado? Fue una ola de vida que recuperó terreno a la bestia rellenando algunos rincones. Pero la bestia me tenía acorralado. Volví a mirar la piscina. Medio cuerpo apuntaba al vacío. La cabeza inclinada hacia adelante y los fantasmas agolpándose a mi espalda y helando mi nuca con su hálito de muerte. Hay personas que nacen con un destino y no hay nada que lo tuerza. El mío era aquel. Sonó el teléfono. Una, dos, tres veces. Me acerqué como un autómata sin alma con la batería a media carga. ¿Desde cuándo sonaba la radio? “Have you ever seen de rain, comin' down on a sunny day?” La voz cascada de Fogerty chispeó la realidad. Estaba empapado. En mi barrio llovía tanto como en mi alma. De las estrellas que despuntaran horas antes no quedaba ni rastro.

Hay momentos en que parece que las cosas de este mundo se paran. Quizás se niegan a seguir con nosotros hartas de soportarnos. La radio sonaba, el teléfono insistía, pero todo estaba tan extrañamente quieto como si el espacio y el tiempo se hubieran olvidado de mí. Mis ojos enfocaron lentamente un mundo que se había difuminado. Fue entonces cuando vi el número que marcaba el display luminoso. Una secuencia conocida que me puso el corazón del revés devolviéndome el pulso. La bestia lanzó un grito que se extendió por todos los laberintos. Creía que me había vencido y, de repente, se encontraba herida de muerte, retorciéndose en mi interior mientras se disgregaba como un globo de harina reventado. Cuatro, cinco veces. Tomé aliento. El aire penetró en mi cuerpo rellenando de vida cada rincón y expulsando a las criaturas para que regresaran a su infierno. Descolgué el auricular.

-        ¿Simón? –preguntaron al otro extremo. Simón, sí, ese soy yo –pensé- y he vuelto del lado oscuro.

Un recuerdo, una canción, una voz conocida al otro lado de la línea. Qué pocas cosas bastan para sacarnos del pozo y mantenernos vivos. De esta estúpida historia hace una semana. Desde entonces, soy más riguroso con la medicación y no bebo más que agua, leche, refrescos e infusiones. Y así será hasta… Bueno, como siempre, hasta la próxima. El trapecio de luz es mi destino. Después de todo, la bestia y yo somos viejos conocidos.

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