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jueves, 25 de septiembre de 2014

AMOR OROGÉNICO, de Rosa María Mateos

Hoy traigo un relato de una buena amiga, ganador de un concurso del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Rosa María Mateos es geóloga y su relato incluye algunos términos técnicos fácilmente asimilables. Un relato original que me apetece, con su permiso, compartir con vosotros.

AMOR OROGÉNICO

Rosa María Mateos Ruíz

Mi amor,

He llegado a la ciudad y es cierto que te falta el aire. La altura te golpea la cabeza con una cadencia que te hace perder la vertical, y el ángulo de tu cuerpo con el suelo se va haciendo cada vez más agudo. He abierto la ventana del hotel, y la gran cordillera se ha metido en la habitación, sin pedir permiso. Por un momento he recordado a esos gigantones hijos míos que llenan la casa con su espacio, haciéndose dueños de todo.

Será que me estoy haciendo mayor. Me vienen los recuerdos de mi escuela cuando aún mi madre me peinaba con coletas. La maestra nos enseñaba geografía en el jardín, sobre aquellos mapas en relieve primorosamente dibujados en el suelo. El Mundo estaba allí, con sus países, ríos y cordilleras.

- Señorita, diríjase a los Alpes.

- ¿Eso es el Tajo? Molina, ¡que está usted en Francia!

- Que hartita me tenéis.

Y manteníamos el equilibrio a la pata coja sobre el Mulhacén, el Aneto y corríamos Duero arriba, Guadiana abajo, alegres por estar al aire libre. Me pongo las gafas para mirar bien estas montañas, tan jóvenes que aún babean lava de vez en cuando. Intuyo grandes derrumbes en las vertiginosas vertientes, que arrasaron bosques de lengas y canelos, fruto de las impetuosas sacudidas telúricas. Vislumbro con claridad los profundos valles que antaño albergaron ríos de hielo y que ahora mueren colgados sobre el lago. Las nubes quedan retenidas en los puntiagudos penachos volcánicos, congelados en el tiempo y en el espacio, en la misma cocorota de las montañas. Y allá, en los altos riscos, el cóndor despliega sus alas al filo de dos mundos: el terrestre y el marino. ¡Maldita Naturaleza adolescente! Estas soberbias masas de roca seguirán ahí cuando ya mis genes se hayan disipado; millones de años en pie mirarán desde las alturas a todas las especies que nos sucederán. Pero nada puede escapar a su destino, también ellas morirán algún día en su lenta deriva sobre la Astenosfera, hasta ser devoradas sin pasión en una profunda fosa oceánica.

Ahora mi vista se desvía a un segundo plano, donde los relieves se suavizan y desparecen los barrancos; allí donde la cordillera se difumina y desliza hacia el océano. Y en este paisaje me siento mejor, porque quiero ser yo en el ecuador de mi vida, libre de cualquier fuerza titánica que pueda alterar mi confortable espacio y donde solo reine la calma y la ternura. Pero no, justo cuando me había convertido en una suave colina, recuperada de las heridas y surcos que me dejó la erosión de la vida, apareces tú. De tal calibre es la sacudida de tus ojos azules que se han despertado las fallas cegadas en mi interior. Todo se mueve en este cuerpo que creía inerte; miles de fuerzas se conjugan y conjuran para levantar mi maltrecha existencia. Quisiera saber el mecanismo que permite al magma ascender a la superficie. Es lo mismo que siento en el punto exacto del núcleo interno de mi vientre, cuando tu piel se acerca a la mía. Ya no quiero vivir sin el ruido del agua, ese rumor de manantiales termales que brotan al calor de tus caricias. ¿Será esto lo que mis colegas llaman orogenia?

Y ahora comprendo que todos los embates con los que me ha golpeado la vida eran para esperarte. Mi divorcio, mi grave enfermedad, la pérdida de mi pequeña. Todo ese dolor me dejó flotando sobre el fango del desánimo, mecida por aguas turbias que adormecen con su vaivén. Pero al igual que la Tierra se regenera después de una hecatombe, yo también he florecido de mis propias cenizas, borrando de mi mapa lamentos, penas y tristezas, como una gran extinción geológica.

No te lo vas a creer. Mientras te escribo estas letras, suena por el hilo musical la canción “Gracias a la vida” de la Negra Sosa. Ella vagó por esta cordillera con su charango al hombro, abrazando valles, montañas y vientos. Y justo, en este momento, entiendo que por fin la vida me ha dado las gracias. Si pudiera estirar todas las montañas de la Tierra como una tela infinita, envolvería para ti el planeta con vueltas y más vueltas, hasta ofrecerte un gigantesco regalo sideral. No voy a cerrar la ventana. Voy a dejar que me atrapen las montañas, al compás de su baile orogénico, hasta las mismas raíces de tu amor.

1 comentario:

  1. Gracias por compartir este hermoso cuento. Felicita a la autora. Me ha emocionado...

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