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martes, 18 de diciembre de 2012

Anarquistas posmodernos

Hoy me dejo caer por aquí con un aire de fusión insoportable. Será porque en la actualidad todo se mezcla y el que no mezcla no está en la onda, o será, quizá, por esa manía mía de ponerle nombre a las cosas. Ya sé que el fusion name que titula este artículo mezcla dos conceptos tan trasnochados como antagónicos, pero de ese cóctel tan aparentemente contra natura resulta algo que, lejos de ser anticuado y absurdo, está arrasando en este país y en su “desarrollado” entorno cual flequillo a lo Justin Bieber. Además, la anarquía posmoderna no parece banal ni pasajera porque tiene sus principios sólidamente asentados en un proceso histórico que comenzó como una respuesta, catapultada por Ronald Reagan hacia el éxito en el que está culminando en estos días, al new deal rooseveltiano que tanto daño hizo a las clases altas en el reparto de la riqueza disponible en beneficio de las emergentes clases medias. Respuesta que busca revertir la estructura social de tres clases a la anterior y más simple de solo dos, y quien no se lo crea que consulte el memorando Powell, guía espiritual de los nuevos (o viejos) antisistema.

A finales del siglo pasado, la lucha de clases quedó superada por la idea moderna de que en realidad todos vamos en el mismo barco y tenemos que remar juntos en la misma dirección. Con los medios de comunicación y los gobiernos controlados, fue fácil para las oligarquías económicas incrustar en los ciudadanos la idea de que los representantes de los trabajadores son unos vagos y unos chupócteros que viven de los presupuestos generales del estado (en mucha menor proporción, por cierto, que los partidos políticos), debilitando así su actuación. En esa moderna filosofía que convertía a la empresa en la familia y a los sindicatos en dañinas rémoras del pasado fueron cayendo uno tras otro los derechos laborales conseguidos con esfuerzo durante años sin que los trabajadores, anuladas las colectividades en las que se organizaban para defenderse, fueran capaces de reaccionar. Y eso no es nada, porque después de la modernidad llega la posmodernidad, que incide y profundiza en sus principios, objetivos y estratagemas, pero de ese punto ya hablaré más abajo.

La anarquía propugna el gobierno del individuo mediante la abolición del estado, el triunfo de lo individual sobre lo colectivo. Hace algunos años, uno de esos nuevos franquistas que no han visto al dictador más que en los libros de texto, me decía que en muchos aspectos los principios del franquismo y los del anarquismo eran muy parecidos: una gran desregularización y que los individuos se las arreglaran como pudieran. ¿A qué me suena esto? Algunos creen en el estado como una forma de poder y no como la organización del ciudadano para controlar todos aquellos aspectos que tengan que ver con la colectividad en busca del bien común. Desregularizar, privatizar (perdón, “externalizar”) y que cada cual se las arregle en esta vida como pueda. Un estado reducido a la mínima expresión que, como ya no es el gobierno de los ciudadanos, puede ser cualquier cosa. Por ejemplo, el de las grandes corporaciones como en Blade runner. Vaya, va a ser esto la anarquía de los nuevos tiempos, de los tiempos posmodernos en el que damos el tiro de gracia a los sindicatos eliminando liberados a mansalva, “externalizamos” la sanidad, recortamos la educación y la investigación, eliminamos la dependencia, cobramos la justicia no sea que se nos ocurra exigir nuestros derechos y que cada palo aguante su vela. Con este panorama, el regreso al sistema de dos clases está cantado.

Pero las ideologías son libres. El problema es que se ofrezca un servicio y se dé otro, que se nos venda un ordenador super moderno que resulte ser un teléfono analógico y que se nos diga que no había alternativa. Esos dos puntos de déficit del estado que nuestros gobernantes utilizan como excusa de lo inevitable ha resultado ser el arma secreta que tenían bien escondida en el cajón de las comunidades autónomas controladas y que sacaron nada más hacerse con el poder. Pero eso ya no convence a casi nadie porque lo inevitable resulta ser lo que llevan toda la vida soñando. Y nos la clavan mintiendo porque piensan que una mentira, repetida hasta la saciedad, acaba convirtiéndose en una verdad. Las armas sirven para protegernos por más que las matanzas se suceden unas a otras, los sindicatos son unos parásitos aunque sin ellos nos roben todos los derechos laborales, la sanidad y la educación pública son un problema a pesar de que los pobres nos quedemos sin futuro, desahogamos la justicia pagándola aunque eso suponga que no podamos acudir en su auxilio y nos convirtamos en víctimas de todos los abusos.

Y aquí estamos, gobernados por anarquistas posmodernos que no creen ni en el estado ni en la colectividad, que nos venden que todo eso del sindicalismo y lo público son cosas del pasado pero que nos quieren devolver al siglo XIX. Anarquistas posmodernos y mentirosos que han ganado unas elecciones ocultando sus ideas para conseguir un transvase de riqueza de las clases medias a las dominantes sin precedentes. Unos gobernantes que, superada la lucha de clases, nos meten directamente en la guerra de clases. Muchas veces los imagino colgados de unos hilos invisibles, moviendo la boca en silencio mientras escucho una voz que no se sabe de dónde sale. Quienes manejan los hilos se ocultan en una invisibilidad magistral de enemigo sin nombre, sin rostro. Esto está en marcha. La gente se tira por las ventanas y los policías sacan los ojos a quienes protestan. Eso es lo que tienen las guerras. Se corren riesgos, pero al final o ganan unos o ganan otros. Cada uno debe de saber de qué lado está.

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