Vistas de página en total

martes, 16 de agosto de 2011

Lucrecia

El mar respira tranquilo la brisa ondulada del ocaso con su ritmo lento, antiguo y sabio. El sol engarza mil destellos en sus aguas doradas para fundirse en ellas donde se abre el abismo. Sobre una amaca en la solitaria cubierta de proa, Lucrecia se alimenta del olor del mar, de su historia, de sus secretos, de los misterios que acechan en su oscuridad primigenia. Espera la noche con el corazón desnudo, acariciada por el sol y por la sal. Arriba, en el puente, Artros Rostropoulos dirige la nave con rumbo firme, la mirada en el horizonte, la mente en Lucrecia en la solitaria cubierta de proa. Sueña con cubrir su corazón de besos. Artros, griego y alto, de negros y rebeldes cabellos, robusto, galán y tierno. Por la noche, en la sala de fiestas del barco, abrirán el baile. Él, con su uniforme blanco de botones dorados, tomará su mano. Ella, con su vestido negro de seda y sus tacones de aguja, levitará sobre la pista reflejada en mil pares de ojos. Ella y Artros, y el mundo a sus pies mientras navegan entre Alejandría y El Cairo. El Pireo, las islas griegas, Estambul en la nave poderosa que corta el mar. Lucrecia enredará los dedos en sus rizos y se acurrucará en su pecho con la felicidad tatuada en cada una de sus células. Penélope y Ulises, Helena y Paris. La noche se acerca sin prisa porque cada segundo de espera es un placer. Cada segundo de ese tiempo que el azar mueve entre las olas, que arroja al viento para que lo eleve en remolinos y se disgrege en las alturas. Ese tiempo que nadie cuenta la acerca a Artros. La sirena aúlla, ruge contra el viento proclamando su poder en ese mar inmenso y profundo. Acunada por el suave vaivén del mar, Lucrecia se duerme con una sonrisa en los labios entreabiertos.

La terraza del jardín del Ritz rebosa de una vida que se enreda en las balaustradas, que resbala por las escaleras, que fluye sinuosa bajo las sombrillas que reparten pedacitos de paraíso. La expresión de los rostros lo dice todo. La felicidad vive allí, lejos de las calles de ese Madrid que se derrite bajo un sol inclemente de verano. No hay prisa porque allí el tiempo se transmuta y fluye a contracorriente, se gana a la vida que a extramuros se pierde. Los camareros reparten cóckteles que colman los sentidos en aquel Olimpo para los elegidos. Lucrecia se abanica lentamente, sintiendo el placer de la brisa. Un mirlo la observa desde una rama. Ella escucha las risas cercanas de una pareja de enamorados, capta la ternura de sus miradas y percibe los latidos de sus corazones. Cierra los ojos y deja que su mente dibuje pasiones etéreas en la nada. Suena La flauta mágica de Mozart. Ambrosio Nuevaluna llegará cuando el jardín se engalane de luciérnagas y el aroma dulce de las flores nocturas se extienda como un velo. Excelso, sibarita, melómano. Embajador desde su juventud, cultiva las mejores amistades, conoce todos los protocolos, practica los más refinados placeres. Un señor de la cabeza a los pies, besará su mano y después su mejilla, y cenarán con cubierto de plata a la luz de las velas. La botella de Möet la pedirán desde la Suite Presidencial y la noche será suya. Allí, en el cielo de Madrid. El Excelentísimo sr don Ambrosio Nuevaluna y doña Lucrecia Pérez reinarán en ese mundo de sutilezas y exquisiteces que les pertenece como el aire que respiran. Lucrecia espera tranquila y se duerme entre música de violines.

Omar Al-Saler, príncipe de profundas raíces persas que penetran lo más profundo de las arenas del desierto, hace la vida entre su palacio y su jaima del oasis. Hospitalario, amable, inteligente y de una moralidad propia solo de las almas más elevadas, desprovista de artificialidades y falsos puritanismos. Solo Lucrecia es destinataria de un amor más intenso aún del que siente por sus caballos. Juntos cabalgan, velos al viento, en el azul intenso del amanecer siempre que sus obligaciones se lo permiten. Porque Omar tiene pozos de ese oro negro que mueve el mundo. Muchos pozos. Tanto que es imposible recordarlos todos. Lucrecia aguarda su regreso en la jaima entre tes aromáticos y sirvientas solícitas. Se recosta en almohadones bordados con hilo de oro sobre alfombras tejidas a mano. En la puerta de la jaima, unos músicos interpretan canciones alegres entre el ajetreo del oasis. Y de fondo el silencio milenario del desierto. Inciensos, perfumes, aceites. El brillo amable de esmeraldas y diamantes. Un cosquilleo interior al pensar en él. Omar regresará cuando las estrellas se anuncien en el este justo antes de que el velo negro de la profunda noche del desierto se extienda sobre ellos salpicado de luciérnagas. Atravesará el umbral de la jaima con su sonrisa limpia y un brillo en los ojos tan vivo como la sangre que fluye entre sus venas. Hará una señal con la mano y las sirvientas se retirarán con una reverencia. Lucrecia se rendirá en sus brazos para ser cubierta de besos y caricias, para ser amada como una princesa de cuento oriental. Y el misterio de la noche se transformará en palabras susurradas, en suspiros, en alientos entrecortados en la brisa tenue de las velas. Soñando en el cercano reencuentro, Lucrecia se duerme.

Una aire helado se cuela por una ventana que no cierra. Un viento triste como una mala noche. Las hojas muertas de los recuerdos de Lucrecia se arremolinan a su alrededor.

La escalera, de paredes ennegrecidas y ajadas, está oscura y huele a orines. El ascensor murió nadie recuerda cuando. Es una de esas fincas de vecinos enorme en las que todo son desconocidos y gentes de paso, arrendatarios que huyen con sus deudas, pisos patera, ancianos de los que nadie se acuerda. Ruina arquitectónica y moral donde las puertas son vigías escudriñando una penumbra que esconde secretos inconfesables, tragedias y vidas clandestinas. Pero el tragín infatigable de miserias se ha transformado en silencio.y soledad. Solo algún mutante lento se atreve a transitar y se cruza sin levantar la cara con la pareja de policías que sube la escalera con parsimonia. La señora Eulalia espera en el cuarto apoyada en el quicio de la puerta. Está pálida como un muerto, aunque es imposible saber si se trata de la impresión, de un efecto de la luz o del tiempo que hace que no ve el sol.

- Es aquí -anuncia con voz nerviosa.

El policía joven, sin decir palabra, empuja la puerta entreabierta y se pierde en la penumbra de la vivienda. El policía viejo se queda fuera haciendo las preguntas.

- Su nombre y su DNI, señora.
- Está harto usted de su trabajo, ¿verdad? -responde Eulalia después de observarlo de arriba a abajo.
- Señora, por favor...

Eulalia le mira a los ojos durante un instante con incredulidad y después se arrastra hacia la entrada de su casa para buscar el documento de identidad.

- Si lo sé, no aviso -gruñe para sus adentros mientras se levanta las solapas del batín. Sus viejas babuchas suenan cansadas sobre el pavimento sucio.

El policía joven sale de nuevo al rellano. Aleja el olor de delante de sus narices agitando la mano como si espantara moscas. El policía viejo espera una explicación sin decir palabra.

- Es una anciana. Debe llevar un par de días muerta. No hay signos de violencia ni de robo.
- ¿Está en la cama?
- No. Sentada en una butaca frente a la ventana. La puñetera la ha palmado con cara de felicidad.

Eulalia regresa con el DNI en la mano y se lo alarga al policía joven. El policía viejo la mira con cara de asombro pero no dice nada. Eulalia sonríe por dentro.

- ¿La conocía usted? -pregunta el policía viejo ignorando el desprecio de Eulalia.
- Somos las más antiguas de la finca -responde Eulalia mirando al policía joven-. Los demás van y vienen. Yo me cuidaba de ella y ella se cuidaba de mi, ¿sabe? Pero yo estoy muy delicada de los pulmones porque en mi juventud me dio por fumar. Y por los hombres guapos como usted -Eulalia ríe y el policía joven mira al viejo con cara de hastío-. Pues resulta que el otro día fui al médico con una tos que no me aguantaba en pie. Me tomó la tensión, la temperatura y me escuchó el pecho con el microscopio desbrochándome la camisa. Mire usted, así.

Los dos policías giran la cabeza y medio cuerpo hacia otro lado en un gesto más que elocuente. El más joven se lleva las manos a la cabeza.

- Señora Eulalia, por favor... -recrimina mirando al techo. Eulalia vuelve a reir- Que estamos aquí por una muerta.
- Bueno, pues la cuestión es que me envió al hospital. Y allí he estado tres días. Me han dado todo hecho, ¿sabe usted? Me han dado de comer, me han lavado... -el policía viejo la mira con mala cara por encima de las gafas y Eulalia detiene su discurso- Lucrecia ha aprovechado mi ausencia para irse de este mundo -pronuncia la última frase arrastrando las sílabas con el ceño fruncido y el dedo en alto.
- ¿Cómo ha sabido usted de su muerte?
- Pues porque tengo una llave de su casa, como ella de la mía. ¿No le he dicho que cuidábamos una de la otra?
- ¿Tiene parientes la difunta? -pregunta el policía viejo haciendo como que no ha escuchado la pregunta.
- Pobre Lucrecia -responde Eulalia-. Toda su vida cuidando de un cerdo borracho y maltratador. Los hijos le salieron rana. Se largaron hartos de gritos y peleas en cuanto pudieron y no volvieron nunca más. Hace dos meses murió el marido. O sea, que le ha dado una vida de perros hasta la vejez. El cabrón se tendría que haber muerto hace veinte años. O treinta, mejor. Lucrecia estaba ya demasiado vieja para comenzar a disfrutar de la vida. Solo morir Ramón, perdió la cabecita. Tenía fantasías, ¿sabe usted? -dice Eulalia con una sonrisa picarona.
- Bueno, pues parece que al final la vieja murió feliz -dice el policía joven-. Tiene una sonrisa de película.

Eulalia va a decir algo. El policía viejo tiene ganas de acabar. La coje de los hombros, le da media vuelta y la empuja suavemente hacia su portal.

- Bueno, señora, muchas gracias. No la molesto más. Ya nos encargamos nosotros de todo.

- Vale, vale... -protesta Eulalia. Antes de cerrar la puerta de su casa se para un instante para dedicarles una última delicia- Cuando me toque el turno a mi, hagan ustedes el favor de enviar a otros.

1 comentario:

  1. Ets boníssim escrivint, m'encaten els teus relats.

    Un petó... Silam

    ResponderEliminar