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sábado, 31 de marzo de 2012

EL HEREDERO DE ALDARA. Fragmento.

A medida que se ascendía, el sonido de los tambores iba perdiendo fuerza y la niebla consistencia, hasta que una ráfaga de aire fresco acarició el rostro de Ars. Había llegado a la cima y asomaba la cabeza por encima de aquel mar de brumas que escondía la peor de las pesadillas. Un par de escalones más y se encontró en lo alto de la torre, una pequeñísima explanada sobre una aguja rodeada por una balaustrada de escasa altura, sintiendo como si el sudario de niebla que llevaba ceñido al cuerpo cayera de repente a sus pies. Hasta allí llegaba el sonido de los tambores como un eco lejano y mortecino. Entonces, Ars comprendió la advertencia de Raindar. Allí arriba, con los pies dentro de la niebla y el cuerpo fuera, la visión era espeluznante; y la soledad, angustiosa. Y la sensación de que en cualquier momento podía surgir algo terrible de aquel mar que cubría los pies se hacía insoportable por más que abandonar aquella mortaja brumosa hubiera resultado un alivio.
Ars dejó que la brisa despertara sus sentidos abotargados intentando alejar de si los pensamientos más funestos, pero no podía dejar de sentir una especie de vértigo irracional hacia aquel infinito libre y oscuro sobre su cabeza, como si la profundidad de la noche, cuajada de estrellas sobre la bóveda más negra que había visto jamás, se hubiera convertido en una nueva y extraña amenaza. Instintivamente, se sujetó a la balaustrada, la única referencia que le proporcionaba algo de seguridad en aquel lugar solitario, y contempló la niebla que cubría sus pies. Como si se tratara de un juego, levantó uno de ellos y la niebla, que brillaba tenuemente en aquella oscuridad, se agitó lanzando unas volutas a escasa altura. Raindar tenía razón. Imaginar la vista que se debía tener desde allí arriba en un día tranquilo y despejado, aún produciendo vértigo, debía ser una delicia en si, pero la torre no era un buen sitio aquellos días. Aquél no era un lugar para valientes sino para temerarios. Ars pensó que allí no había nada más que ver y que era el momento de regresar.
El joven de Pristen levantó los ojos al cielo para echar un último vistazo antes de adentrarse de nuevo en la bruma cuando se sintió extrañamente inquieto. No sabía precisar el qué, pero había algo delante de él en lo que no había reparado antes. Pero no algo tangible, sino una sensación que le hizo detenerse un instante, como si alguien lo estuviera llamando. Incluso le pareció escuchar su nombre por un momento. Entrecerró los ojos para agudizar la vista, pero sólo la oscuridad lo envolvía con su traje frío y triste. Sin embargo, tenía la profunda sensación de no estar solo. No supo por qué su mano se introdujo entre sus ropas y asió la llama azul que colgaba de su cuello, ni por qué la sacó lentamente como para que contemplara el paisaje. La Llama de Endil estaba caliente, extrañamente caliente en aquella noche fría, y brillaba con su bella y pálida luz azulada. Y a esa luz espectral se dibujó, delante de Ars, aquella presencia que había percibido. Un rostro azulado vagamente humano, de mirada penetrante, le sonreía en mitad de la noche suspendido frente a la torre a unos pocos pasos de distancia. Una sonrisa amenazadora que escondía un mensaje que Ars comprendió sin duda alguna. El muchacho escondió la llama y comenzó el descenso.
- ¿Estás bien? –le preguntó Raindar a pie de la escalera- No sé qué habrás visto ahí arriba, pero estás pálido como un muerto.
- He visto mi destino –respondió Ars con la vista perdida.

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